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Entre Claudeliebers y destemplados

por 16 enero, 2014

No comparto en nada las declaraciones de Marcel, ni en forma ni en fondo, no vi ninguna elección fraudulenta, no tengo ninguna prueba que me muestre nada fuera de lo común; a mi parecer, estas elecciones no fueron ni más ni menos fraudulentas que cualquiera otra desde el noventa en adelante.
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Gran polémica se ha generado en los últimos días a propósito de unas declaraciones de Marcel Claude en Alemania, en donde sostuvo que en las pasadas elecciones presidenciales pudo haber existido un fraude electoral.

Por una parte, un sector de lo que fue el Movimiento Todos a La Moneda ha salido a cerrar filas con el que consideran legítimamente su líder y vocero, sosteniendo que es perfectamente posible que haya existido el fenómeno que describió el ex abanderado. En primer lugar, las atendibles dudas de un supuesto fraude, como también el síntoma subyacente, expresado por Marcel como el estado de corrupción que sufre nuestro país.

En la vereda del frente hay otras voces públicas, también parte del mismo sector durante la campaña, encabezados en el debate público por los ex voceros Tomas Hirsch y Karen Hermosilla. El primero de ellos sostuvo en prensa de manera tajante la inexistencia de fraude, defendió la solidez y seriedad del Servel y en última instancia cuestionó severamente el comportamiento en privado del ex candidato en el contexto de la campaña.

Karen generó una polémica digna de horario prime al tildar públicamente a Marcel como un psicótico, lo que evidentemente la desmarca de cualquier actividad pública o declaraciones del ex candidato.

No comparto en nada las declaraciones de Marcel, ni en forma ni en fondo, no vi ninguna elección fraudulenta, no tengo ninguna prueba que me muestre nada fuera de lo común; a mi parecer, estas elecciones no fueron ni más ni menos fraudulentas que cualquiera otra desde el noventa en adelante.

En mi opinión, estamos frente a una situación muy particular, pero que tiene elementos de fondo que vale la pena revisar.

El primero de ellos es la ausencia de juicios ponderados de la realidad, no he escuchado ninguna declaración equilibrada, que reconozca que nuestra campaña no obtuvo resultados electorales significativos por la inmadurez de todo el sector, los partidos, el candidato, los referentes sociales e independientes, es decir, todos los que trabajamos en esta campaña somos responsables de la votación que finalmente obtuvo.

Decir que somos autocríticos sin explicitar esa autocrítica y profundizar en ella, aunque sea doloroso, no es más que un testimonio inútil para la construcción futura, un simple lavado de conciencia público que no aporta elementos concretos del análisis del pasado proyectando las batallas futuras, en las que por cierto deberemos mejorar nuestro desempeño; la pregunta: ¿cómo conseguir este objetivo sin diagnosticar ni comunicar nuestras falencias?

La autocrítica sin desglose y, en el caso de la política, sin exponer abierta y públicamente las aristas de esa autocrítica no sirve absolutamente para nada, es un simple saludo a la bandera de la derrota, y derrotas nos sobran para coleccionar.

En lo personal y en lo colectivo no entregamos la conducción necesaria para resolver dos asuntos que fueron un problema a lo largo de toda la campaña. Por un lado, el discurso que entregábamos no era lo suficientemente convocante, error clásico cuando hay problemas de comunicación y equipos insuficientemente aceitados. En segundo lugar, fuimos incapaces de contener y motivar a todas las personas que en algún momento se acercaron a sumarse a nuestro esfuerzo, esto fue por debilidad orgánica y también un derivado del error anterior. Al menos hasta el momento, cargamos con esa cruz.

Otros cargan con otras responsabilidades, la más grave de todas, abandonar parcial o totalmente una campaña a medio andar por problemas en el ámbito de lo privado; no seremos nosotros quienes apuntemos con el dedo a nadie, la consecuencia política la definen los colectivos, la historia y sobre todo la ciudadanía.

No comparto en nada las declaraciones de Marcel, ni en forma ni en fondo, no vi ninguna elección fraudulenta, no tengo ninguna prueba que me muestre nada fuera de lo común; a mi parecer, estas elecciones no fueron ni más ni menos fraudulentas que cualquiera otra desde el noventa en adelante.

No me parece que el Servel sea una maravilla de institución, ha sido incapaz de hacerse cargo del nuevo padrón y del modelo de voto voluntario, ejemplo de esto es la inscripción del presidente Allende y su aún habilitación para emitir sufragio. Tengo el convencimiento de que la principal fortaleza electoral de Chile es su pueblo y el trabajo de la enorme mayoría por celebrar elecciones limpias, gran mérito, por cierto, no del Servel.

Los Claudeliebers deben cuestionar todo, incluso a su líder. Los líderes de opinión debieran ser los primeros en tratar los asuntos de nuestro sector con el cuidado y ponderación que merecen, no tanto por el presente y nuestras siempre desagradables peleas intestinas, sino pensando en el futuro y sus ingentes desafíos, los que no podremos ni debemos enfrentar divididos.

Al final del día, los únicos que ríen con este espectáculo son nuestros adversarios, hoy en los cómodos palcos de las dos coaliciones gobernantes.

Tampoco comparto esta pseudomoda de tratar a la campaña, sus resultados, al ex candidato y al Movimiento Todos a La Moneda como un fierro caliente que nadie quiere tomar; es el camino que escogimos libremente, nadie nos obligó, somos adultos y la coherencia se mide en el tiempo. Terminar una maratón aun cuando sea difícil, se corra en desventaja y las piernas nos flaqueen, siempre será más valioso que retirarse en la mitad, cuando nos damos cuenta que es imposible llegar al podio.

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