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Escalona y la errada lectura de su papel en el pleno del PS

por 16 enero, 2014

Escalona y la errada lectura de su papel en el pleno del PS
En un ambiente sin mucha discusión estratégica y con muchos comensales comprándose ternos y esperando ser tocados por la varita mágica de calle Tegualda, la discusión central giró en torno a si hacer elecciones este año, como correspondía, o postergarlas.
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Los que asistieron al último pleno del comité central del PS, celebrado el sábado pasado, comentan que éste se desarrolló en un ambiente un poco tedioso y cuya monotonía sólo era rota por la novedosa entrega, cada cierto tiempo, de los nuevos carnés de militantes, que hicieron su estreno en primer lugar con los miembros del comité central, y las altas expectativas en torno a las próximas nominaciones en el gabinete. El certamen que se desarrolló en calle París y que sólo duró un  par de horas, hizo noticia en los medios tradicionales por la reaparición mediática del derrotado senador Camilo Escalona.

A pesar de las interpretaciones que dieron a la intervención del ex hombre fuerte del PS en el primer evento de la colectividad realizado con posterioridad al triunfo de Michelle Bachelet –“reapareció el hombre fuerte del PS”–, lo cierto es que su intervención, ampliamente difundida, estuvo lejos de representar aquello.

El hecho de que el ex mandamás del PS no hubiese tocado ningún tema controversial –el cambio del eje PDC-PS que él mismo patrocinó durante una década, al PPD-PS o el nuevo ciclo institucional (sólo hizo una breve referencia al problema de las pensiones)– es sinónimo de que su interlocución fue mucho más modesta de la que le atribuyeron esos medios, y evidencia empírica, además, de la aceptación del senador de su derrota personal y política.

Para no pocos asistentes, las dos principales imágenes que salieron del evento son un poco engañosas –el regreso de Escalona y el PS debatiendo los ejes del próximo gobierno–, pues en primer lugar no hubo debate –la intervención de Escalona fue sobre un tema menor, símbolo de que el senador ya asumió su nueva realidad, y la ausencia de una discusión en relación al cambio de eje político y al nuevo ciclo institucional que debiera ser la consecuencia lógica de una nueva coalición política–, sino sólo en torno a un tema que para muchos era de una absoluta banalidad: postergar unos cuantos días una elección y un Congreso y, segundo, que se observa, a diferencia del gobierno anterior de Bachelet,  que el peso de las decisiones ya no pasan por la directiva de calle París, sino por la mandataria y su entorno.

Y si bien había un acuerdo previo en torno a realizar Congreso primero y elecciones después –“elegir una mesa que fuera representativa del nuevo giro programático de la colectividad”–, éste fue roto por la asamblea, la que –con 57 votos a favor y siete en contra– decidió hacer elección primero –marzo de 2015– y Congreso después –mediados de julio del próximo año–.

En un ambiente sin mucha discusión estratégica y con muchos comensales comprándose ternos y esperando ser tocados por la varita mágica de calle Tegualda, la discusión central giró en torno a si hacer elecciones este año, como correspondía, o postergarlas. Con excepción de Letelier –quien es el nuevo prócer del tercerismo, único grupo que hoy, no mañana, podía reunir el consenso para romper la hegemonía de la Nueva Izquierda–, el resto de los asistentes consideraba de perogrullo concentrar el mejor esfuerzo de la organización en las tareas de gobierno que no son menores, pues, como se sabe, la Presidenta deberá enfrentar desafíos importantes como resultado de sus promesas de campaña. En ese contexto, los distintos intervinientes resaltaron, con mayor o menor énfasis, ese consenso. Y si bien la prensa sólo resaltó la exposición del senador de Los Lagos –era su primer evento interno postderrota electoral y podía ser significativo cómo abordaría su malograda relación con el  presidente actual Osvaldo Andrade, después del episodio de las primarias que rompió su histórica relación–, en un ambiente que tuvo un debate bastante pobre y tedioso, cuya principal evidencia es la breve duración del mismo, lo cierto es que el tema se prestó, también, para otras disimiles interpretaciones.

En un contexto estudiosamente preparado, Camilo Escalona escogió con pinzas sus palabras. Habló de que no era el momento de pasar facturas y  menos de “desviar  a la organización de su tarea principal: respaldar al gobierno, pues hay muchas cosas en juego en 2014… el PS es esencial para el éxito del gobierno de Bachelet”, reiteró una y otra vez. Lo que fue interpretado como su regreso a las lides internas de la colectividad –“Escalona reaparece”–. Y si bien es cierto que hubo consenso en torno a que el ex presidente del PS ofreció un discurso sensato, donde no hubo ninguna intención de embarcarse en disputas conflictivas –el fin del eje PDC-PS que él patrocinó–, éste estuvo lejos de alcanzar los ribetes que se le otorgaron.

Hay consenso en que su discurso fue el de un hombre derrotado personal y políticamente y, en ese sentido, su intervención no tuvo otra motivación que marcar presencia en vísperas del nombramiento del gabinete, y/o para ganar tiempo mientras se altera su complejo cuadro interno que hoy le es absolutamente desfavorable. Los más críticos incluso sostienen que su reaparición no alcanzó ni para un triunfo pírrico –después de todo, lo del macedonio fue por lo menos épico–, sino más bien sustentado en una banalidad: postergar en ocho semanas la elección partidaria que, por lo demás, era una cosa de sentido común que cruzó al grueso del PS –53 votos contra siete reafirmaron esa percepción– y que fue compartida por líderes tan disimiles como Schilling, Isabel Allende y un opositor acérrimo a Escalona, como lo es Gonzalo Martner. Bajo ese trasfondo, que la contienda electoral se pospusiese dos meses le daba exactamente lo mismo a todos los actores relevantes de la colectividad y en ese contexto sólo llama la atención el despliegue comunicacional del ex líder del socialismo, cuyo propósito es marcar agenda pública y a la vez entregar una señal a calle Tegualda –en los días previos a la nominación de los ministros  y donde él parece como uno de los interesados–, dando cuenta de su hipotético peso y ascendencia en la colectividad de calle París. “Si Escalona hubiese querido dar una pelea de verdad, habría puesto en la agenda la permanencia del eje histórico DC-PS”, indican quienes cuestionan su hipotética importancia en la definición del sábado pasado.

Es por ello que para no pocos asistentes, las dos principales imágenes que salieron del evento son un poco engañosas –el regreso de Escalona y el PS debatiendo los ejes del próximo gobierno–, pues en primer lugar no hubo debate –la intervención de Escalona fue sobre un tema menor, símbolo de que el senador ya asumió su nueva realidad, y la ausencia de una discusión en relación al cambio de eje político y al nuevo ciclo institucional que debiera ser la consecuencia lógica de una nueva coalición política–, sino sólo en torno a un tema que para muchos era de una absoluta banalidad: postergar unos cuantos días una elección y un Congreso y, segundo, que se observa, a diferencia del gobierno anterior de Bachelet,  que el peso de las decisiones ya no pasan por la directiva de calle París, sino por la mandataria y su entorno. Bajo ese panorama, y en vísperas del anuncio público del primer gabinete de la Mandataria, lo más sobresaliente del pleno no estuvo dado por la intervención de Escalona, sino por el alto nivel de expectativas de los miembros del comité central con el próximo gobierno y que lo evidenciaba muy bien un Ricardo Solari bromeando, mientras se subía a la testera para hacerse notar.

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Envíada por Rodrigo Reyes S | 16 octubre, 2018

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