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No es narcisismo, es que no debemos olvidar

por 4 febrero, 2014

No es narcisismo, es que no debemos olvidar
Muchos de nosotros pedíamos también desmunicipalización, el fin de la educación particular subvencionada y la aplicación de una nueva filosofía de enseñanza, más inclusiva y basada en la confianza. Sobre estos últimos puntos no hubo acuerdo: personeros importantes de la coalición de gobierno y de la oposición eran sostenedores de colegios o estaban ligados al lucro en la educación a través de empresas contratistas.
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¿Recuerdan la revolución pingüina? ¿Recuerdan cuando todo Chile se emocionó al ver seis mil estudiantes secundarios marchar por la Alameda haciendo los primeros cuestionamientos al sistema? Yo me acuerdo de haber estado en sexto básico y haberme leído una ley de la dictadura completa, recuerdo haber estudiado con mis compañeritos en la sala de inglés, a escondidas del sostenedor furioso que veía amenazado su imperio en la Fundación Belén Educa.

¿Recuerda lo que pedían? Fin al lucro, fin a la LOCE, mejoras al sistema de protección social de los estudiantes, la gratuidad del pase escolar para los secundarios. Éstas fueron las demandas de un grupo de audaces antes de que la derecha llegara al poder, cuando todavía gobernaba esa nebulosa centroizquierda neoliberal bajo las órdenes de Michelle Bachelet. Esas movilizaciones antes de la creatividad del 2011, las tomas con hambre, frío y asambleas nocturnas. Aprender a organizarse y visualizar a lo lejos una posible victoria. El gobierno al fin y al cabo se autodenominaba progresista.

Y así nos golpearon el 2006. Progresista y todo el gobierno de la Concertación respondió a las marchas con agua sucia, lacrimógenas, golpes y llamados a la gobernabilidad.

Tuvimos mesas de trabajo, problemas con la farandulización de nuestros voceros (que por suerte no se han repetido) y finalmente logramos sacar adelante una ley, la LGE, llamada a reparar lo que la LOCE destruyó. A grandes rasgos, la misión de la LGE era consolidar la educación escolar de calidad como un derecho, impedir el lucro y elevar las exigencias para la apertura y mantención de colegios. Muchos de nosotros pedíamos también desmunicipalización, el fin de la educación particular subvencionada y la aplicación de una nueva filosofía de enseñanza, más inclusiva y basada en la confianza. Sobre estos últimos puntos no hubo acuerdo: personeros importantes de la coalición de gobierno y de la oposición eran sostenedores de colegios o estaban ligados al lucro en la educación a través de empresas contratistas.

Viendo los nombramientos de ministros y subsecretarios mi suspicacia frente a las intenciones del próximo gobierno van en aumento. Bachelet no sólo ha desechado la Asamblea Constituyente (algo grave, si es que lo que quiere es un Chile más justo y democrático), sino que ha vuelto a posicionar a personas vinculadas al empresariado y el lucro educativo en puestos clave. Evidentemente es un acto deliberado si consideramos el espaldarazo que recibió la subsecretaria de educación el día 30 de enero.

El 2008, después de muchas indicaciones, la presidenta Bachelet aprobó la LGE en medio de protestas estudiantiles (de las que fui parte). La ley fue firmada mientras la Concertación se tomaba de las manos de la Alianza. La LGE, lejos de servir a su propósito inicial, desmembraba al ministerio de Educación (quitándole atribuciones), consolidaba veladamente el lucro en la educación escolar y establecía la competencia como el único mecanismo asegurador de calidad en la educación. Es consecuencia de la LGE que políticas tan tontas como el semáforo de Lavín tuvieron cabida en el sistema. Es la misma lógica.

Por eso, ahora que vuelve Bachelet, muchos de nosotros recordamos y miramos todo con suspicacia. En un momento quise tener fe y creer que la lógica neoliberal había sido trastrocada por la fuerza del movimiento del 2011 (del que fui partícipe y vocero). Viendo los nombramientos de ministros y subsecretarios mi suspicacia frente a las intenciones del próximo gobierno van en aumento. Bachelet no sólo ha desechado la Asamblea Constituyente (algo grave, si es que lo que quiere es un Chile más justo y democrático), sino que ha vuelto a posicionar a personas vinculadas al empresariado y el lucro educativo en puestos clave. Evidentemente es un acto deliberado si consideramos el espaldarazo que recibió la subsecretaria de educación el día 30 de enero.

Por eso cuando en Revolución Democrática, movimiento del que participo, al que quiero y en el que confío plenamente, llamamos a empujar los cambios necesarios en una relación de colaboración crítica con el nuevo gobierno, el pasado me hace cada vez más ruido.

El gobierno de Bachelet no sólo fue malo para el movimiento estudiantil. El pueblo mapuche también fue severamente reprimido (siguiendo una tendencia dejada por gobiernos anteriores, pero no deja de ser). Sobre causas de verdad y justicia se hizo poco y nada, lo mismo respecto de causas medioambientales. Aunque con sendas diferencias ideológicas, para el mundo social Bachelet y Piñera fueron muy parecidos entre sí, y las soluciones a los conflictos siempre estuvieron en el mercado.

Ahora la Concertación cambió de nombre y mantuvo a sus caras habituales, pero incorporó exitosamente al Partido Comunista. Aplaudo ese hecho y a muchos nos da esperanza que esas viejas caras digan que “todo cambió” y que ahora se vienen cambios importantes, pero los hechos de los últimos días dan señales que no son consistentes con esas declaraciones. Mi llamado es a no olvidar, a no perder la memoria respecto de ningún gobierno, o nos arriesgamos a cometer los mismos errores del pasado. No debemos confiar en la Nueva Mayoría ni en Michelle Bachelet, y debemos presionarlos a ganarse nuestra confianza con algo más que declaraciones de buenas intenciones. Los nombramientos recientes de ministros y subsecretarios, partiendo por un ministro del Interior relacionado con la aplicación de la Ley Antiterrorista, por ejemplo, con que todo indica que personeros de gobierno seguirán vinculados con las redes de poder del empresariado, que el ministro de Educación diga que el gobierno no se interesa por lo que el pueblo opine, no son llamados a la confianza, sino a la movilización, recordarles a quién se deben. El mejor regalo que le podemos hacer al país en tiempos de Bachelet es la presión constante, no ser permisivos, ni displicentes, ni confiados, ni sus amigos.

El 2006 nos enseñó que hay que cambiar la herencia de Pinochet, el 2008 que la Concertación y sus partidos no son de fiar y el 2011 que sin movilización no hay cambios.

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