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Bachelet: infalible e inimputable

por 5 febrero, 2014

Bachelet: infalible e inimputable
Que el primer conflicto grave se hubiese iniciado ahora y que su foco fuese la controversia por las designaciones, da cuenta del frágil liderazgo y de la feble alianza construida.
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No hay nadie que no hubiese pensado que este gobierno iba a enfrentar dificultades. Sin embargo, que ellas comenzaran desde el momento mismo de su instalación –los “no”, el veto a Goñi, los que no querían ser ministros, el lío con las Subsecretarías cuya punta de iceberg es Educación, pero de la que no escapan ni Pesca, ni Minería, ni Salud, ni Bienes Nacionales, el retraso y la polémica en la designación de los intendentes por la pelea a muerte entre los senadores PPD y ahora la renuncia de Peirano–, era algo impensado.

Menos lo era que fuese la propia administración Bachelet la que se generara estos autogoles, incluso antes de empezar el partido. Quien más, quien menos, discernía que su gabinete iba a tener, como todos, su veranito de San Juan que se disfrutaría intensamente y que los primeros tropiezos, tal vez, empezarían con  el ingreso del invierno.

Empero, que el primer conflicto grave se hubiese iniciado ahora y que su foco fuese la controversia por las designaciones, da cuenta del frágil liderazgo y de la feble alianza construida. Por cierto, poco han ayudado los líderes de los partidos políticos de la coalición, todos los cuales, con excepción del PC, han tenido una actitud más próxima a la vieja Concertación y lo evidencia por estos días el feo espectáculo de lucha a muerte por los cargos, donde ya ni siquiera los argumentos que se exponen son de carácter profesional o de perfiles, sino, lisa y llanamente, las designaciones se sustentan más en el vínculo parental o de subordinación política de las nuevas autoridades con alguno de los parlamentarios más influyentes.

La renuncia de la subsecretaria da cuenta de un tremendo error político –en el PDC sí había gente pro reforma, como lo evidencia el voto de su último Congreso, que apoyó el “fin al lucro” en educación– y de un diseño comunicacional propio de la era de los socialismos reales: “Los presidentes son infalibles”. Por más que su equipo estratégico se esmere en ocultar la responsabilidad de la Presidenta en esta equivocada decisión, de cualquier modo deja el saldo en su entorno y veremos si ella seguirá apostando por la infalibilidad de sus decisiones o se abrirá a reconocer que los mandatarios también se equivocan.

La punta del iceberg de los nombramientos la simbolizó bastante bien la renunciada subsecretaria, pues los jefes de partido, que quedaron en desmedro en las nominaciones ministeriales, instalaron con la venía presidencial a gente próxima a sus entornos, sin –al parecer (y al contrario de lo que se decía)– un mínimo de control y chequeo de las sugerencias propuestas por parte de senadores, presidentes y grupos fácticos. Sólo de ese modo se explica el nombramiento de Peirano en una de las carteras donde, se suponía, habría más pulcritud en vista no sólo de los desafíos y promesas de campaña, sino también de la alta sensibilidad de este tema en la agenda pública y de quien ya había sido nombrado ministro.  Sin embargo, un error comunicacional, que se pudo haber corregido rápidamente, la misma Presidenta lo transformó en una bola de nieve que creció día a día: al creciente número de ministros (primero Elizalde y luego Eyzaguirre) que Bachelet hizo inmolarse en esta cruzada personal por mantener su criterio, se agregaron sus propias declaraciones. En tanto, en la vereda de enfrente, se fueron sumando los gestos públicos en sentido contrario: las declaraciones de Camila Vallejo, Giorgio Jackson, la reunión de la bancada estudiantil, las señales que dio el Colegio de Profesores y los representantes de Andime y las recientes declaraciones de los diputados electos Daniel Núñez y Yasna Provoste, profundizando aún más la crítica situación que pudo haberse solucionado rápidamente de haber reconocido el error. Pero prevaleció el diseño comunicacional implementado por Michelle Bachelet –“los presidentes no se equivocan”–, con una Peirano que hasta ayer guardaba el más absoluto silencio. En tanto, se sugería la responsabilidad de su entorno (y los políticos) por el desaguisado, argumento que se cae por sí solo cuando se contrapone con la declaración que hizo el propio presidente del PS.

Los viejos concertacionistas suelen a menudo quejarse sobre el distinto calibre con que se mide a los gobiernos de Aylwin y Lagos, en relación con el resto de los mandatarios de la coalición –Frei y Bachelet– e, incluso, con el mismo Piñera, cuyos desaciertos se han hecho célebres y han quedado en la memoria popular como Piñericosas. En la queja se enfatiza el contrapunto entre el disímil criterio con que la prensa juzga a los dos primeros mencionados, versus la vara con que se mide a los segundos. A esa percepción sobre Aylwin y Lagos, pudieron haber contribuido sus liderazgos muy serios y presenciales y de permanente disposición a no escabullir la crítica o a reconocer las limitaciones del cargo (“en la medida de lo posible”), razón por la cual, se sugiere, se les endosa todo lo negativo que ocurrió durante la transición. Tal situación, sin embargo, no sucede ni con Frei y menos aún con Michelle Bachelet, cuyos liderazgos –comunicacionales, próximos al chileno medio y con historias  familiares trágicas– parecieran eximirlos de antemano de un juicio equivalente de la opinión pública. Sus administraciones no son computadas con los mismos parámetros, pese a que durante ellas ocurrieron hechos o se implementaron medidas que contribuyeron a empeorar el panorama político. Hay que recordar que Frei no sólo inició la privatización de las últimas empresas públicas que quedaban y que bajo su mandato se inició la desafección y apatía de miles de chilenos respecto del régimen democrático, sino que, como corolario, le pidió al entonces presidente del Consejo de Defensa del Estado (CDE) que, “por razones de Estado”, no se investigara lo de los “pinocheques”, sentando un fuerte precedente sobre el uso indebido de recursos públicos, que tendría consecuencias más tarde.

Respecto de Bachelet, el asunto también es similar: puso en marcha el Transantiago, profundizó la crisis política a tal punto que su gobierno no tuvo sucesión, no fue capaz de emprender reformas profundas y sólo se controló el conflicto estudiantil que más tarde reapareció con mucha más virulencia. Sin embargo, cuando se hace el balance sobre lo obrado por la coalición de centro-izquierda, pareciera –y en ello es razonable el argumento de los litigantes–, que sólo hubo dos mandatarios: Patricio Aylwin y Ricardo Lagos; en tanto, los dos segundos parecieran eximirse de los desaciertos de la Concertación y pasan, en consecuencia, incólumes el juicio crítico. Es posible que ello también se deba al estilo de los dos primeros, que cansó a los chilenos, los que después de ellos se inclinaron por liderazgos menos intelectuales y más corrientes, con más complicidad ciudadana, como si los votantes hubiesen decidido instalarse por sí mismos en La Moneda. Eso explica, también, la disímil evaluación. Tal vez el estado actual de deterioro institucional lleve pronto a los chilenos a dar nuevamente un giro en sus preferencias, esta vez, en sentido inverso y es posible que se vuelvan a inclinar por líderes menos empáticos, pero más acordes con la concepción tradicionalista del cargo.

La crisis de gobernabilidad instalada por la propia Mandataria nos inclina a pensar que nuevamente se apostará por salvaguardar su imagen cuando arrecien los conflictos y las crisis y que la responsabilidad de estos recaiga sobre sus asesores más próximos o bien en los alicaídos partidos políticos y sus figuras, tarea que, dada la situación actual, resultará bastante fácil.

La renuncia de la subsecretaria da cuenta de un tremendo error político –en el PDC sí había gente pro reforma, como lo evidencia el voto de su último Congreso, que apoyó el “fin al lucro” en educación– y de un diseño comunicacional propio de la era de los socialismos reales: “Los presidentes son infalibles”. Por más que su equipo estratégico se esmere en ocultar la responsabilidad de la Presidenta en esta equivocada decisión, de cualquier modo deja el saldo en su entorno y veremos si ella seguirá apostando por la infalibilidad de sus decisiones o se abrirá a reconocer que los mandatarios también se equivocan.

Puede ser comprensible que la propia Bachelet y su entorno se la jueguen nuevamente por una estrategia cuyo propósito sea generar la inimputabilidad pública de la figura presidencial cuando la agenda se complique. Sin embargo, lo que no es razonable es que, para lograr este fin, se someta permanentemente al desprestigio a las ya alicaídas instituciones y representantes democráticos o se haga pasar la vergüenza pública que tuvo que enfrentar Peirano. Es temerario apostar permanentemente por mantener la popularidad a costa de enterrar nuestra desprestigiada institucionalidad política y, de ese modo, también, impedir que se inicie el proceso de transformaciones que la ciudadanía mayoritariamente espera. El estilo RDA ya no es compatible con los niveles de apertura que hoy tiene la sociedad chilena.

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