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Peirano: una crisis necesaria

por 13 febrero, 2014

Peirano: una crisis necesaria
Los llamados a la gradualidad, más que un mecanismo de ejecución técnica, para algunos es un instrumento político de dilación y obstrucción frontal de la propuesta educacional.
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La crisis desatada en educación a partir del nombramiento de Claudia Peirano, no sólo ha significado su desistimiento a asumir el cargo de subsecretaria sino que ha revelado la existencia de todo un equipo de poder que ya tenía preparada la retoma del Ministerio de Educación, transformando un tema ético en un problema político de fondo.

No cabe duda que el tema Programático fue resuelto abrumadoramente por la ciudadanía en adhesión a la Presidenta Bachelet, cuyas propuestas, a pesar de las desconfianzas, exceden a la Nueva Mayoría, que obliga a su cumplimiento tanto a quienes sean designados en cargos de confianza como también a quienes desde la calle deben velar por que no se cambie su contenido, especialmente en lo relacionado con la gratuidad de la enseñanza.

Sin embargo, a algunos ex ministros de la Concertación les ha sobrevenido una tremenda crisis de fe y han adoptado una curiosa forma de oponerse a los cambios; se esfuerzan por colocar en duda su eficacia y, por tanto, notifican al país que “atornillarán al revés” por algo muy simple: no pueden traicionar lo que siempre han adorado.

Ello está abriendo un nuevo espacio de debate a partir de la puesta en práctica del Programa, dejando al descubierto que los llamados a la gradualidad, más que un mecanismo de ejecución técnica, para algunos es un instrumento político de dilación y obstrucción frontal de la propuesta educacional.

Es la hora de iniciar un debate profundo con quienes, al ver heridos sus intereses, formarán las más espurias alianzas en defensa del lucro, dejando en claro que algunos como Brunner, destacado compilador de investigaciones educativas, no tienen problema en participar del nuevo gobierno, pero manteniendo sus dudas sobre un Programa que relativizan al máximo, quedando en evidencia que su opción no es la Nueva Mayoría.

Todo ello, lejos de ser un signo de debilidad, muestra claramente la fortaleza del Programa, porque bajo la superficie se está organizando la contrarreforma por la eliminación del copago en educación por sectores ligados estrechamente a la Iglesia Católica, como la FIDE, escalada a la cual los sostenedores agrupados en la CONACEP, con fuerte influencia de Walter Oliva, terminarán por adherir.

Es la hora de iniciar un debate profundo con quienes, al ver heridos sus intereses, formarán las más espurias alianzas en defensa del lucro, dejando en claro que algunos como Brunner, destacado compilador de investigaciones educativas, no tienen problema en participar del nuevo gobierno, pero manteniendo sus dudas sobre un Programa que relativizan al máximo, quedando en evidencia que su opción no es la Nueva Mayoría.

Si este es el panorama actual, en quienes hemos apostado al Gobierno de Bachelet por convicción política y afinidad ideológica, debemos tener claro que estamos durmiendo con el enemigo. Que la Nueva Mayoría está aún en proceso de construcción, que ha funcionado electoralmente, que ha sido capaz de levantar un Programa, pero que no se ha incrustado aún en el acervo político-cultural de nuestro país.

El momento político actual que vive la Nueva Mayoría nos evoca al escritor paraguayo Augusto Roa Bastos, quien de manera sublime señaló: “Cuando lo viejo no muere y lo nuevo demora en nacer, entonces hay crisis, compañeros, y la tenemos que vencer”.

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