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Falsa democracia, verdadera política

por 24 febrero, 2014

Falsa democracia, verdadera política
Los estudiantes, al asumir la posición imposible del “ciudadano”, del que “hace política”, demostramos que cualquier otro puede asumir la posición de un cualquiera ante el problema de lo común. Dado que lo político no es más que el problema que tenemos todos en común, y no un conjunto de problemas técnico-numéricos que sólo los expertos pueden resolver, es que los estudiantes demostramos que cualquiera se puede hacer cargo del problema de todos.
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Muchas voces han criticado la declaración de la FECh respecto a los sucesos revolucionarios que ocurren en Venezuela. Otros tantos han llevado eso a la pregunta política por las prácticas que se dan en las organizaciones estudiantiles, cuestionando el estatus mismo que la “democracia” tiene en ellas. Lo relevante, en estos cuestionamientos, radica en el propio cuestionarse: lo que está en juego, en este sentido, es el modo en que leemos lo político. Y, por lo pronto, tenemos dos lecturas: una que se hace de la verdad de la democracia de acuerdo a sus resultados y otra que sitúa su existencia en su práctica.

La primera de las lecturas fue perfectamente expuesta por Valentina Verbal en su columna “La falsa democracia de la Confech” (El Mostrador, 21 de febrero de 2014). En ella cuestiona el estatus de lo democrático preguntándose: “¿En qué democracia creen los dirigentes de la CONFECH?”. La autora no responde esa pregunta, pues no se hace cargo del proceso político que sitúa una pregunta como esa: dice que la Confech se parece al sistema capitalista que critica, que se parece al corporativismo de Mussolini, que es oligárquica, que se parece y se diferencia del Partido Comunista… Características negativas que no son de mucho interés, siendo la más relevante de ellas la de reprocharles el pecado de no creer en una democracia formal, con un rayado de cancha común para todos, como tampoco creer en una noción medieval (cita a Boecio) de individualidad.

Quedémonos con la primera parte del pecado: que el movimiento estudiantil (y aquí doy el salto cualitativo hacia lo profundamente político de la pregunta sin respuesta que presenta Verbal) no cree en una democracia en que la cancha y el juego están rayados perfectamente para todos. Esto es lo fundamental, dado que la respuesta evidente es: no. El movimiento estudiantil, cuya germinación está en 2006 y su maduración en 2011, nos legó un espíritu: que lo político se juega en todos los planos, y principalmente en el plano de la propia constitución de la identidad. Lo político dejó de estar en manos de los expertos, pasando a estar en manos de aquellos que no deben hacer política, en manos de aquellos que deben estudiar, de aquellos que deben aprender de sus maestros. Los estudiantes, al asumir la posición imposible del “ciudadano”, del que “hace política”, demostramos que cualquier otro puede asumir la posición de un cualquiera ante el problema de lo común. Dado que lo político no es más que el problema que tenemos todos en común, y no un conjunto de problemas técnico-numéricos que sólo los expertos pueden resolver, es que los estudiantes demostramos que cualquiera se puede hacer cargo del problema de todos.

La falsa democracia que expone la autora, es falsa porque no opera de acuerdo a lógicas funcionales de meta-objetivo-consenso, es falsa porque cree que la cancha es más amplia que sus propios límites, es falsa porque no sitúa al individuo y su testimonio como paradigma de lo político.

Saltarse eso para hablar de política universitaria hoy, convierte el intento en una mera explicación de intereses. Así, cuando la autora reprocha a la Confech no creer en la “verdadera” democracia (recordemos que le arroga al movimiento estudiantil creer en una “falsa” democracia), lo que hace es posicionarse bajo una lectura de lo democrático como un proceso de deliberación objetivo, aséptico, neutral e higiénico en que todos pueden participar, pero deben salir con un resultado bajo el brazo: con un consenso. Cosifica, por tanto, lo político como una máquina de construcción de consensos. Tal como se posicionara la política de la institución en que participó la autora (Fundación Iguales), lo político se transforma en un Reino que viene, en donde todo será mejor: donde tendremos cambios de sexo expeditos, matrimonios entre personas del mismo género sin problemas, uniones patrimoniales civilmente perfectas, en donde las organizaciones estudiantiles se ocuparán de aquello que les compete (las cuestiones gremiales y propias de su sede universitaria, y nunca LA POLÍTICA). Esta lectura de lo político, sin embargo, ya no tiene rendimiento en Chile. Esta lógica rawlsiana-habermasiana del consenso, la deliberación y la esfera pública como motores de lo político, sólo produce una reducción de lo “verdadero” de lo político a un montón de aburridos procesos que sólo los interesados van a seguir paso por paso.

La falsa democracia que expone la autora, es falsa porque no opera de acuerdo a lógicas funcionales de meta-objetivo-consenso, es falsa porque cree que la cancha es más amplia que sus propios límites, es falsa porque no sitúa al individuo y su testimonio como paradigma de lo político. Ante lo que habría que responder que sí, que efectivamente es una falsa democracia, porque es un verdadero modo de hacer política: uno que sitúa la construcción de la propia identidad en armonía con la construcción de la identidad de la comunidad, una que instala la producción política de la democracia en su despliegue y no en sus resultados y consensos, una que se funda en el disenso y que comprende que la política se constituye en el juego del hacerse parte constantemente de la comunidad en que vivimos, y de cuya historia no debemos olvidarnos.

Esta democracia falsa, que es verdadera política, es el escenario en que se seguirá articulando la participación de todos los ciudadanos y ciudadanas en la construcción de la comunidad, no como expertos en la materia, sino como un cualquiera que se hace cargo del problema común.

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