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El gobierno de excelencia: un caso de gestión política errática

por 8 marzo 2014

Más que cerrar su gobierno, Piñera parece estar intentando proyectar su reelección para el próximo periodo presidencial. Exhibiendo cifras macroeconómicas en azul, aunque cuidado con la letra chica; por ejemplo: la inflación está controlada, pero la sensación de la población es que los productos básicos están en un flujo de permanente alza, esto es, bencina, alimentos; las cifras de aumento de fuentes laborales deben contemplar la identificación del porcentaje de trabajos ocasionales y los trabajos remunerados con el sueldo mínimo, antes de proclamarlas como logro.

Una vez instalado el gobierno de Piñera en La Moneda, se apresuró el cambio de logo del mismo e instaló la meta de realizar una gestión de excelencia, con bombos y pitos proclamó la supremacía de la gestión privada por sobre la pública, por ende, los profesionales provenientes de la primera serían capaces de efectuar una gestión pública por sobre los estándares de lo realizado por los “políticos tradicionales” precedentes.

Los efectos materiales y emotivos del terremoto permitieron al nuevo gobierno tener tiempo y tranquilidad para instalar y desarrollar sus nuevas concepciones de gestión pública, más aún, el accidente y posterior rescate exitoso de los 33 mineros en el norte le endosó importantes niveles de popularidad. Sin embargo, al cabo del primer año no fue capaz de levantar políticas públicas enfocadas en cumplir con buena parte de su programa presidencial.

Salvo el proyecto de extensión del postnatal, mejorado en el Congreso por la oposición, no logra instalar otros proyectos que reflejen el espíritu del nuevo gobierno.

Los dos años siguientes, a saber, 2011 y 2012, el gobierno debió enfrentar múltiples movilizaciones sociales, que sobrepasaron el marco de la política tradicional; los casos son varios, Punta Arenas, Aysén, Freirina, Calama. En las regiones más extremas pusieron sobre la mesa y con fuerza sus exigencias que en general apuntaban a considerar sus propias particularidades y problemáticas regionales en la toma de decisiones públicas; todos estos conflictos, no fueron anticipados por los “expertos profesionales del gobierno” y saltaron en el rostro de intendentes, ministros y del propio Presidente. No hubo un manejo adecuado y, peor aún, el gobierno se cerró ante la opción de dialogar hasta cuando los conflictos escalaron en gravedad.

El estallido de los movimientos sociales conlleva la característica de autonomía política respecto a los referentes partidarios tradicionales, en consecuencia, el gobierno equivocó el rumbo cuando trató de descalificarlos tratándolos de movilizaciones politizadas de la oposición política a su gobierno.

Los estudiantes secundarios y universitarios se plegaron a una larga movilización pública que planteaba dos ideas fuerza: educación de calidad y gratuita para todos; coparon las calles, pararon los establecimientos educacionales, ocuparon los mismos, y llenaron los noticiarios y la prensa del país y del extranjero, no sólo fueron capaces de establecer el tema en la discusión pública, sino que, además, obtuvieron el respaldo del mundo académico, de la oposición política, de instituciones públicas de nuestra sociedad, y sus dirigentes, varios hoy día instalados en el hemiciclo de la Cámara de Diputados, alcanzaron notoriedad pública por su capacidad de liderazgo y la claridad en sus propuestas educacionales.

Más que cerrar su gobierno, Piñera parece estar intentando proyectar su reelección para el próximo periodo presidencial. Exhibiendo cifras macroeconómicas en azul, aunque cuidado con la letra chica; por ejemplo: la inflación está controlada, pero la sensación de la población es que los productos básicos están en un flujo de permanente alza, esto es, bencina, alimentos; las cifras de aumento de fuentes laborales deben contemplar la identificación del porcentaje de trabajos ocasionales y los trabajos remunerados con el sueldo mínimo, antes de proclamarlas como logro.

El gobierno de Piñera, repitió la receta, o sea, desconoció la fuerza y legitimidad del movimiento, rechazó el diálogo, no negoció ningún aspecto, prosiguiendo con su propia agenda de cambios educativos, y el tema del lucro en educación se tomó la agenda pública por el resto de su gobierno.

El último año, 2013, ya con la derrota en las elecciones municipales del año pasado, el gobierno se debilitó en forma notoria, ante la fuerza que tomaba la candidatura de Bachelet, intentó intervenir en el proceso de definición del candidato de continuación, situación que presentó salidas de ministros del gobierno, descalificaciones cruzadas, adelanto de la campaña, escándalos, renuncias mediáticas, en fin, un espectáculo más digno del reality de turno de la televisión.

Donde la crisis gubernamental fue más delicada es donde alardeó con soberbia que serían superiores; hubo casos de graves errores de gestión en distintas instituciones públicas, cabe mencionar el caso INE, con el malogrado CENSO 2012, y el caso de la Encuesta CASEN y las cifras de pobreza. El CENSO fue un fracaso, se perdió una inversión pública millonaria para terminar con un instrumento invalidado e inservible para fijar políticas públicas en ese ámbito.

El manejo de la encuesta CASEN, arrojó más sombras que luces respecto a la disminución real de la pobreza en nuestro país. La dureza y calidad académica de las críticas provocó que el gobierno terminara silenciado, y dejara de proclamar la baja de esta condición.

En ese escenario, la derrota electoral, la más dura desde las parlamentarias de 1965 para la derecha, era previsible. La aprobación legal de proyectos como la Ley Zamudio o el levantar proyectos por el tema de las enfermedades graves costosas, obedecieron a la presión de los medios y de organizaciones varias, pero no responden a los contenidos programáticos del gobierno.

Le reconstrucción material de los efectos del terremoto terminan siendo una asignatura aprobada en forma deficitaria, pues quedó inconclusa, a pesar de todos los discursos y promesas esgrimidas durante estos años respecto a la rápida solución prometida.

Finalmente, este verano, Piñera, no su gobierno, sino el político, se ha dedicado a recorrer el país “despidiéndose”, realizando una serie de inauguraciones, que en muchos casos levantan sospecha acerca de lo pertinente de realizar las ceremonias aun cuando las obras no estaban concluidas.

Más que cerrar su gobierno, Piñera parece estar intentando proyectar su reelección para el próximo periodo presidencial. Exhibiendo cifras macroeconómicas en azul, aunque cuidado con la letra chica; por ejemplo: la inflación está controlada, pero la sensación de la población es que los productos básicos están en un flujo de permanente alza, esto es, bencina, alimentos; las cifras de aumento de fuentes laborales deben contemplar la identificación del porcentaje de trabajos ocasionales y los trabajos remunerados con el sueldo mínimo, antes de proclamarlas como logro.

La duda que deja es la siguiente: ¿Piñera intentará volver a postularse con el discurso de la excelencia del mundo privado? De ser así, el fracaso es evidente, pues si algo queda claro después de su gobierno es que la gestión pública es compleja por las variables y problemáticas que enfrenta, y los personeros, por más capaces que sean en sus especialidades, si provienen del mundo privado, deben ser cautos en sus opiniones previas, pues es fácil caer en cierta demagogia, que finalmente termina por sepultar un gobierno, una propuesta, una idea.

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