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Liderazgo presidencial y rutinas democráticas

por 12 marzo 2014

Liderazgo presidencial y rutinas democráticas
La transformación del carisma de Michelle Bachelet y el éxito de su diseño de Gobierno con cambio generacional y desarrollo institucional del país, de tener éxito, puede resultar en una renovación importante de la legitimidad de la representación política en Chile. Es deseable que así ocurriera y no fuera simplemente un ensayo fugaz terminado en caudillismo.

Tres son los dilemas políticos que quedarán despejados en las próximas semanas del nuevo Gobierno.

El primero es si el liderazgo carismático de Michelle Bachelet se institucionaliza y es capaz de rutinizar a su nuevo gabinete, no ya como delegado de su poder, sino como equipo legitimado de Gobierno. Dada la compleja agenda nacional, este debe funcionar de manera sincronizada y con autoridad propia en todos los sectores.

El segundo es si, hasta el 21 de mayo, La Moneda puede disciplinar a los poderes feudales de la Nueva Mayoría, hoy muy activos al calor de la renovación de las elites y el vacío de los escenarios políticos, y articular un Mensaje con proyectos concretos –no con anuncios– dotados de viabilidad y piso político.

El tercero es cómo genera una relación de intercambios positivos con los movimientos sociales, que diluya la crispación y las expectativas de movilizaciones de los sectores más radicalizados, y origina una ecología política de diálogos orientados al cambio con gobernabilidad, que tenga sentido para la “bancada parlamentaria juvenil”.

Cada uno de estos aspectos tiene sus propios afanes y requisitos, pero es en torno a su consecución donde se jugará la cintura y habilidad política del nuevo Gobierno en los primeros cien días.

Una cosa es cierta. La percepción de que no se debe ceder la iniciativa pondrá presión sobre el equipo comunicacional, el cual se esmera en reclutar a profesionales que faciliten el vínculo público del nuevo Gobierno, el cual ha demostrado una gestualidad hostil frente a todo lo que sea comunicación o transparencia. También sobre el hecho de que no hay espacio para nuevos conflictos. Con los riesgos esperados, basta y sobra.

Con todo, la rutina impuesta por Bachelet a sus equipos ahora debe cambiar. Hay que controlar la agenda para poder instalar al Gobierno con una imagen de solidez y capacidad. Por ello, las comunicaciones que han incorporado a sus equipos gente con experiencia en la venta de imagen pública inevitablemente tendrán un giro, o al menos así se espera.

A su vez, no parecen apropiados los juicios anticipados sobre la capacidad política de todo el gabinete, especialmente del Ministerio del Interior, porque la ruta de trabajo de la coalición está en pleno proceso de aggiornamento.

La Presidenta apostó a prescindir de los viejos poderes en la primera línea de gestión. Los partidos, si bien no han estado desplazados totalmente del núcleo formal de decisiones, están muy al margen en relación al poder que antaño ostentaban. Por lo tanto, presionarán al gabinete so pretexto de su inexperiencia política o falta de autoridad. El último discurso de Camilo Escalona fue una amarga queja del viejo poder político frente a la Presidenta y un llamado de atención al nuevo ministro del Interior.

La esencia de las viejas rutinas coalicionales de la democracia chilena –desde el retorno de la democracia hasta hoy– fenecieron. Eso es algo principal del cambio de ciclo político. La democracia normalizada –con alternancia en el poder– hizo resurgir con fuerza el alma plural e individualista de la política chilena, subrayando las dificultades de los gobernantes de ordenar el curso de sus administraciones, a ambos lados del espectro político.

Si bien el ejercicio del Gobierno es el principal artefacto de poder de nuestro sistema político, es insuficiente para generar orden. Este debe ir acompañado de un relato o de una negociación bien hecha, porque los partidos exigen participación en las decisiones a cambio de la disciplina que se les exige.

Como en la Nueva Mayoría no existe la épica doctrinaria de la recuperación democrática y, por lo tanto, debe construir un nuevo relato o hacer una negociación, ello requiere del arte político de erigir un sistema de relaciones que genere esa disciplina. Si ahí radica la duda sobre el nuevo gabinete, ahí también está su oportunidad, pues al frente tendrá una fronda política que va de salida, y está irascible y exasperada por su desplazamiento.

La Presidenta apostó a prescindir de los viejos poderes en la primera línea de gestión. Los partidos, si bien no han estado desplazados totalmente del núcleo formal de decisiones, están muy al margen en relación al poder que antaño ostentaban. Por lo tanto, presionarán al gabinete so pretexto de su inexperiencia política o falta de autoridad. El último discurso de Camilo Escalona fue una amarga queja del viejo poder político frente a la Presidenta y un llamado de atención al nuevo ministro del Interior.

El  universo político de la coalición Nueva Mayoría gira en torno al liderazgo de Bachelet. Tiene escasa vida propia, lo que quedó subrayado por la opción presidencial del recambio al momento de elegir los puestos claves de su gabinete. Es verdad que asume el riesgo de un desgaste directo pero, al mismo tiempo, junto con facilitar la coherencia de su ejercicio gubernamental, ejerce su poder con orientación al cambio. Una apuesta fuerte.

En estricto rigor, los partidos no son los entes más prestigiados ante la ciudadanía, y poco tienen de sintonía o poder de convocatoria en los llamados movimientos sociales que serían, según todos los analistas, la gran amenaza de gobernabilidad del Gobierno de Bachelet.

Si en el campo interno la labor de la Presidenta es estabilizar y disciplinar los poderes fácticos de su coalición, sobre todo en lo relacionado al cambio institucional y de libertades civiles, en el campo de su relación con los movimientos sociales será habilitar un sistema de intercambios positivos que habilite un clima de diálogo y gobernabilidad. Con el empresariado y la oposición, el marco del diálogo está trazado.

Más que una amenaza, los movimientos sociales pueden transformarse en una ventaja si se vencen prejuicios dogmáticos sobre los derechos sociales, si la cintura política de la Subsecretaría del Interior no da lugar a un talante represivo o conspirador y controla efectivamente a la fuerza pública. Aquí no hay un drama de autoridad sino de credibilidad y el Gobierno está en condiciones de generarla e instalar la idea de que los cambios prometidos van en serio, logrando con ello un apoyo cerrado y real de la bancada juvenil. Ello sería un golpe de imagen.

El gran mérito de los movimientos sociales, y ello en parte importante es resultado de lo hecho por los dirigentes estudiantiles que accedieron al Parlamento, es haber abierto un escenario nuevo en la política nacional, que tiene derechos sociales, libertades civiles y transparencia como valores de orientación de todo el sistema, y que piensa que la coherencia política es de la esencia de la representación legítima en una democracia republicana e igualitaria.

De ahí que la transformación del carisma de Michelle Bachelet y el éxito de su diseño de Gobierno con cambio generacional y desarrollo institucional del país, de tener éxito, puede resultar en una renovación importante de la legitimidad de la representación política en Chile. Es deseable que así ocurriera y no fuera simplemente un ensayo fugaz terminado en caudillismo.

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