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Entonces… ¿cómo vamos a abordar la calidad en Educación?

por 14 marzo 2014

Políticos, tecnócratas, periodistas y la opinión pública deben comprender la complejidad docente y sus aulas, si no la promesa de mejorar la calidad sólo será palabras al vacío.

Estamos en un momento crucial para los cambios que se podrían llevar a cabo en la educación en Chile, especialmente en la educación pública. En distintos espacios se han discutido aspectos como el lucro, la segregación escolar, la selección de estudiantes, etc., pero muchas otras aristas del problema han quedado fuera. Entre ellas, vemos la ausencia del debate sobre qué significa calidad en la educación o cómo se va lograr en nuestras escuelas públicas.

Pese al importante esfuerzo de la Concertación para mejorar la educación en muchos aspectos, como el aumento de cobertura, el currículum, textos escolares, etc., es la lógica que impera tras el sistema educativo chileno la que tiene profundos problemas. El tema calidad constantemente ha sido abordado desde la desconfianza y descrédito en nuestros profesores y profesoras que diariamente ejercen la docencia. Es por ello que creo necesario abrir el debate con tres aspectos que son preocupantes: el control, el tiempo y el ambiente propicios para la labor docente, aspectos que, prácticamente, no se están debatiendo en la opinión pública.

Durante los últimos 50 años los Gobiernos se han alineado con la era de la medición, han ido construyendo un tremendo aparataje de control sobre el sistema escolar, como las pruebas SIMCE y PSU, la supervisión de clases, revisión de la labor docente, el control de asistencia y libro de clases, por directores, jefes de UTP, sostenedores, DAEM, planes de mejoramiento de todo tipo, pruebas de nivel, pruebas a docentes, etc. La lista es larga, pero, por otro lado, no se han generado las más mínimas condiciones para que los docentes efectivamente puedan pensar en desarrollar una práctica pedagógica de calidad.

Los docentes chilenos ejercen más 40 hrs. de clases semanales (ningún país de la OCDE supera las 25 hrs. lectivas), que significa atender entre 400 y 800 estudiantes, y muchas veces más, con experiencias de vida distintas, generalmente muy complejas, sin un minuto y lugar para sentarse a planificar o reflexionar sobre su trabajo, ya sea individual o colectivamente. El sistema educacional espera que los docentes, cual conductistas, enseñen los contenidos del currículo, el cual está generalmente descontextualizado de la realidad diversa de nuestros estudiantes, pero además sobrecargado de contenidos.

Políticos, tecnócratas, periodistas y la opinión pública deben comprender la complejidad docente y sus aulas, si no la promesa de mejorar la calidad sólo será palabras al vacío.

No se discute tampoco sobre la figura de los directivos, puesto que entre sus funciones no está el apoyo y la generación de ambientes propicios para el desarrollo de los profesores, sino, más bien, estos se dedican a ejercer una labor administrativa, que los desvincula de la realidad directa del aula, y que genera un ambiente en el que los sujetos no son respetados en su labor, a tal punto que la relación con los docentes puede ser incluso represiva.

Escuchamos reclamar por la calidad de la educación, pero tácitamente la sociedad en su conjunto está responsabilizando a los profesores por ella, aunque prácticamente nadie menciona ni profundiza sobre la labor de un docente, que por definición es compleja. Sólo se mira la dimensión numérica y no se comprende la dimensión humana que son las escuelas, sus aulas y la difícil situación laboral que viven los profesores. El conjunto de la sociedad cree que la solución es seguir poniendo un látigo y, consecuentemente, gran parte del aumento de recursos se está destinando justamente a profundizar en sistemas de control. La última implementación es la Agencia de Calidad de la Educación, lo cual me recuerda los albores de la era industrial, cuando se creía que el control estricto de la labor de un obrero les iba a asegurar mayor eficiencia. Tras ese pensamiento estaba el convencimiento de que los trabajadores carecían de capacidades y que intrínsecamente eran perezosos: eso es justamente lo que se cree y dice del trabajo pedagógico hoy.

Otra de las consignas que se escucha es el asegurar la calidad de los futuros docentes chilenos y, para ello, se ha estado trabajando en la prueba Inicia que, se supone, será el filtro de futuros docentes para solucionar el problema de calidad en las escuelas. Sin embargo, nadie se ha preguntado si aquella prueba es gravitante, pues es muy probable que aquellos docentes recién titulados y bien evaluados, con posterioridad no estén dispuestos a seguir trabajando en las escuelas municipales, pues los sueldos y las condiciones laborales son precarios y los múltiples látigos que el sistema escolar ejerce sobre ellos imposibilita una labor de calidad.

Finalmente, quiero insistir, es necesario abrir esta discusión, ¿cómo, realmente, vamos a mejorar la calidad en educación?, ¿seguir aumentando los sistemas de control o generando las condiciones para que efectivamente se pueda ejercer una labor pedagógica adecuadamente? En este sentido, lógicamente, es fundamental mejorar radicalmente la Carrera Docente, y no por lástima, sino porque justamente la calidad de la educación pasa por allí: no es sólo aumento de sueldos, son horas lectivas y no lectivas en una mejor proporción, es espacio de trabajo colaborativo y de desarrollo, es humanización, respeto y reconocimiento. Políticos, tecnócratas, periodistas y la opinión pública deben comprender la complejidad docente y sus aulas, si no la promesa de mejorar la calidad sólo será palabras al vacío.

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