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Una movilización sin identidad

por 1 abril 2014

Verse ahí, marchando juntos, no es sólo entonces la dimensión puramente juguetona de una masa desfilando, es la conjunción de actores que se ven obligados a preguntarse por los otros que caminan junto a ellos y abrirse a sus demandas.

Una reciente columna publicada en este medio por el profesor Juan Pablo Paredes ha analizado de forma crítica la “Marcha de todas las marchas”, llevada a cabo hace algunos días en las calles del centro de Santiago. En dicho texto, el autor señala que el evento, aunque cumplió algunos de los objetivos más importantes que tienen este tipo de actividades –como los de enarbolar demandas que hagan sentido a la ciudadanía y conseguir masividad en su convocatoria–, habría fallado en el más importante de ellos: “... la coherencia que existe entre la puesta en escena de la marcha y la causa o demanda que impulsa, es decir, cierta idea de identidad o identificación, entre ellas”. Para el académico de la UDP, la movilización convocada por una treintena de variopintas organizaciones no habría sido capaz de articular en un discurso coherente la multiplicidad de demandas que convivían en su interior.

En su columna, Paredes toca un tema fundamental para la discusión política venidera. Habiendo constatado casi hasta el hartazgo que las movilizaciones de 2011 han abierto un nuevo “ciclo político” en el que estaría cambiando, tanto discursiva como técnicamente, lo que la deliberación en torno al poder puede hacer por cambiar el rumbo del “sistema”, hoy resulta necesario entender cómo se comportará el actor más relevante –la vedette, podríamos decir– de esta nueva etapa: la manoseada “calle”. La respuesta que avanza en la columna, sin embargo, parece quedar presa de una forma de entender la política que olvida aspectos importantes del cambio de perspectiva que se ha producido en la movilización social en los últimos años, después de treinta años de crédito y ortodoxia tardoliberal.

Es cierto que la movilización del sábado 22 presentó las características más conspicuas de la manifestación postmoderna (pese a que su nombre grandilocuente evocaba más bien una protesta de dimensiones cinematográficas): cuerpos, colores, demandas, edades ultradiversificadas; discursos (casi) contradictorios conviviendo literalmente apretados uno tras otro; variadas alteraciones de conciencia –decenas de vendedores ambulantes ofrecían cerveza de medio litro a $1.000 y de 333 cc a $500; a cada cuadra se podía sentir el aroma de un pito encendido–; un ambiente carnavalesco y desestructurado que cualquier observador formado en la teoría política moderna no dudaría en menospreciar o mirar con recelo. Pero quedarse en ese análisis obvia las importantes potencialidades que se esconden tras esta forma descentrada y “sin identidad” de salir a marchar.

Verse ahí, marchando juntos, no es sólo entonces la dimensión puramente juguetona de una masa desfilando, es la conjunción de actores que se ven obligados a preguntarse por los otros que caminan junto a ellos y abrirse a sus demandas.

No nos malentendamos: no se trata aquí de hacer una apología a la “deconstrucción”, la “repetición”, la “trayectoria” u otras fantasías postestructuralistas porque sí. La exotización de lo miserable, de lo desplazado, de lo marginal, tan apreciada por la cómoda intelectualidad europea post 68 y por algunas vanguardias latinoamericanas en los 80, ya tuvo su momento de gloria y hoy también ha debido pagar sus cuentas desde que Mil Mesetas fuera usado por el ejército israelí para incrementar la efectividad de la represión al rizomático enemigo palestino, o Slavoj Zizek, paradigma del intelectual posmo, recomendara el regreso al leninismo (!) para salir del obsecuente impasse postpolítico en que nos tiene sumido el neoliberalismo, por poner sólo dos ejemplos sabrosos.

Así las cosas, más que lamentarse por la falta de un programa o una demanda articulada en la calle o masturbarse sobre la belleza performática de lo diverso, lo que se debe hacer es tomar en serio el problema que pone esta multiplicidad y tratar de entender cuál puede ser su potencial político efectivo. La filósofa norteamericana Judith Butler ha trabajado este tema desde hace al menos veinte años y aun cuando su teoría queer ha contado con un beneplácito a veces mal informado de parte de la misma escena posmoderna que aquí miramos críticamente, lo cierto es que ha propuesto una mirada que podría resultar más que motivadora para entender este nuevo escenario.

En sus cátedras tituladas “Política más allá de la identidad” (Politics beyond identity), Butler se cuestiona precisamente por la posibilidad de articulación política que tienen grupos de personas con demandas diversas, a veces francamente contradictorias, pero que se disputan un espacio público común, compartiendo normalmente un difuso contradictor –el “¿contra quién se marcha?”, por el que se pregunta Paredes– que suele encontrarse en los espacios tradicionales de poder: el Estado, la Iglesia, el ejército, la patronal. A diferencia del autor de la columna, Butler plantea una interesante manera de concebir la potencial relación política de estos grupos identitarios para el caso norteamericano –new left, negros, latinos, LGBT, feministas, enfermos y un largo etcétera nacido a partir de los años 60– que no pasa por la búsqueda de un consenso salido del trabajo de acción comunicacional o la creación a priori de una alianza estratégica o electoral. Por el contrario, lo que propone la autora de El Género en disputa: Feminismo y la subversión de la identidad (1990) es el despliegue lo más resuelto posible de cada una de las demandas particulares en ese mismo espacio disputado para configurar un campo de lucha donde la tensión entre cada identidad produzca por conflicto, y no por voluntad de comunicación, un acuerdo político en la acción, en la práctica misma de lo que se pugna. En ese contexto, el espacio público de la marcha, metafórico y concreto, sirve de escenario para una dinámica de esa índole.

En esa perspectiva, marchar entre miembros de la Garra Blanca indignados con la administración privada del fútbol profesional, veganos luchando por el respeto a la vida animal, queers enarbolando diversas banderas de la lucha por la diversidad, miembros del PRO y RD agarrando la demanda por una Asamblea Constituyente, agrupaciones de endeudados exigiendo un cambio en las reglas del juego de los créditos públicos o movimientos por la despenalización del aborto y el cultivo de la marihuana, aunque pueda parecer pintoresco o inconducente dada la tensión de demandas que muchas veces se topan con fuerza en sus límites, puede también significar la creación práctica de un espacio de consenso que, sin ser discursivo ni articulado previamente, bulle políticamente.

Cualquiera de los que fuimos a la marcha podría atestiguar que la capacidad de reconocimiento que se produjo entre los manifestantes permitió un acuerdo mínimo, no-verbal ni previamente conocido, que resulta hoy tan importante como la crucial adscripción a un programa común o la configuración de un pacto para disputar el poder “real”. Verse ahí, marchando juntos, no es sólo entonces la dimensión puramente juguetona de una masa desfilando, es la conjunción de actores que se ven obligados a preguntarse por los otros que caminan junto a ellos y abrirse a sus demandas. Y es que, como añade Butler, este ejercicio de tensión ayuda a los grupos participantes a desdibujar las fronteras de su propia identidad y hacerse más permeables y porosos a la penetración de otros valores, ideas y críticas, haciéndolos así más democráticos y menos ensimismados en su propia disputa política.

Los acuerdos políticos, la estrategia, la disputa por los espacios de poder son cruciales y Paredes hace bien en recordárnoslo. Pero esas instancias no se obtienen estableciendo una “identidad” previa surgida del acuerdo únicamente técnico y comunicacional. Antes que eso, resulta fundamental generar una confianza activa, que sirva de demostración –una de cuyas acepciones en inglés significa protestar– de nuestra voluntad de alianza, aun en un episodio menor como el vivido hace unos días.

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