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Opinión

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En el preludio de una nueva era

por 18 abril 2014

Mientras se elegía al Papa Francisco y la diplomacia rusa apoyaba a EE.UU. a salir del bochorno de una difícil intervención militar en Siria y del impasse con Irán respecto del desarrollo nuclear, a pesar de la furia de Arabia Saudí, que decidió marchar por su cuenta en ambos casos, caímos en las crisis ucraniana y venezolana.

En Chile se dice que vivimos en un cambio de ciclo. En el mundo ajeno, en cambio, hay indicios que van más lejos, un cambio de era. La base de esa afirmación es la declinación relativa de EE.UU., o de Occidente, y el ascenso del resto, que incluiría el fin de la hegemonía occidental iniciada por España en el siglo XVI, cuando en sus dominios no se ponía el sol.

Su último garante, del ahora llamado orden internacional liberal, ha sido EE.UU. Dicho orden, como dice el profesor Ikenberry, fue diseñado y construido por Occidente, definido como el noroeste. Brasil, China, India y otros estados emergentes, en cambio, tendrían un conjunto diferente de experiencias culturales, políticas y económicas, y verían al mundo a través de sus pasados antiimperiales y anticoloniales.

Excesos imperiales

Ese proceso comenzó con el fin de la Guerra Fría, seguido del colapso de la Unión Soviética y la decadencia de Rusia, acontecimientos que no eran ni siquiera hipótesis en la estrategia de la OTAN. Y se explicó primero con una visión mesiánica, el fin de la historia, debido a que el capitalismo decimonónico, renacido por la revolución conservadora (thatcher-reaganismo), para nosotros el consenso de Washington, era el único sistema viable. Y la aspiración por el modo de vida (nor)americano era universal, el mundo se aplanaba en modelos ideológicos. En seguida por una hipótesis más moderada, el momento unipolar.

Por cierto que la historia no se acabó con el momento unipolar. Ese poder, sin embargo, se desgastó en múltiples guerras asimétricas, Bosnia, Somalía, Kosovo, Afganistán, Irak y Libia, que tuvieron desastrosas consecuencias. Yugoslavia, un país ejemplar durante la Guerra Fría, se fraccionó, y después de 20 años no todas sus regiones encuentran la paz. Somalía es un centro de piratería. La medialuna islámica, desde Afganistán al Líbano, pasó de regímenes seculares al integrismo chiita y es cuna de Al Qaeda y de los talibanes suníes. Libia es hoy un caos tribal.

Mientras se elegía al Papa Francisco y la diplomacia rusa apoyaba a EE.UU. a salir del bochorno de una difícil intervención militar en Siria y del impasse con Irán respecto del desarrollo nuclear, a pesar de la furia de Arabia Saudí, que decidió marchar por su cuenta en ambos casos, caímos en las crisis ucraniana y venezolana.

La OTAN se extendió a Europa oriental, incluso a países que fueron soviéticos, mientras sus socios europeos históricos se desarmaban. El gasto militar de los EE.UU. llegó a ser más del 45% del mundial, a pesar de la privatización de las operaciones bélicas. El 2007 había 190.000 contratistas militares y de seguridad privados en Irak y, a fines del 2008, eran el 69% de la fuerza norteamericana en Afganistán. La empresa británica G4S, con 620.000 empleados que operan en 120 países, es la más grande en este negocio, que mueve 100.000 millones de dólares anuales.

EE.UU., así, cometió el mismo pecado que sus predecesores occidentales a partir del siglo XVI, se excedió en gastos y bajas militares para mantener su poder mundial.

Especulación desenfrenada

En contraste, durante ese período, Wall Sreet y demás mercados financieros cayeron en trance, transformados en alquimistas descubrieron una piedra filosofal: la producción de instrumentos de inversión derivados, cuyo valor llegó a ser diez veces el de la economía mundial anual.

Lehman Brothers, la banca de negocios cuya quiebra fue la chispa de la gran crisis que se inició el 2008, convirtió así un dólar en hipotecas en 30 de papel; su último patrón recibió 484 millones de dólares por sus servicios durante 14 años y sus 26.800 empleados, incluidos los porteros, tuvieron un sueldo anual promedio de cien mil dólares al año (más de 4 millones de pesos por mes), el más alto en la historia de EE.UU.

La fiesta se acabó al descubrirse que el dinero que producían esos alquimistas era virtual, es decir, tenía existencia aparente pero no real. Y así agravó la crisis causada por excesos imperiales.

Obama al rescate

Obama fue elegido para enfrentar los problemas. Sin embargo, como la mayoría de los norteamericanos es reacia a aumentar los tributos, la medicina keynesiana probada para curar crisis económicas, solo logró subir la tasa marginal máxima del impuesto a la renta del 35% al 39,6%. Y la crisis económica se ha prolongado por casi seis años.

En contraste, entre 1944 y 1964, el ciclo que Galbraith llamó sociedad opulenta y los británicos la edad de oro, llegó a ser mucho más alta, alrededor del 90% en ambos países, y permitió recuperarse con éxito de los desgastes de la Segunda Guerra mundial.
Con la misma intención intenta reducir el gasto militar, ahora es el 38 % del mundial. Sacó sus soldados de Irak y comienza a retirarlos de Afganistán y en Libia dijo dirigir desde la retaguardia, es decir, por aire, más comandos. Disminuyó el ejército a niveles previos a la Segunda Guerra Mundial, reducido a fuerzas especiales, dejó de comprar tanques y reemplaza los aviones tripulados por teledirigidos, limitados a ataques quirúrgicos.

Curiosamente, la política exterior de Obama, que satisface el cansancio popular con las guerras más largas de su historia, sólo es apoyada por el 36% de los norteamericanos.

Estas contradicciones, el rechazo a los altos impuestos y al bajo gasto militar, que han traído bienestar a Occidente, miremos a los países nórdicos, no tienen una explicación clara, salvo que los seres humanos, como sostienen los economistas, hacen elecciones racionales pero también tienen espíritus animales. O sea, somos el animal más racional, pero seguimos siendo animales.

La otra hipótesis es que en los dogmas de la religión civil norteamericana el Estado es el problema, no la solución, pero su nación, América la llaman, fue bendecida en sus comiezos e inició un nuevo orden de los siglos, como lo indica su escudo reproducido en los billetes de un dólar.

El avance del resto

Entretanto, los países en desarrollo crecieron en silencio y paz. Japón se adelantó. Tuvo una brusca occidentalización que lo llevó a un conflicto bélico que terminó con bombardeos nucleares. Después, ascendió al volver a sus raíces, el desarrollismo asiático, una combinación de industrialización y exportaciones bajo dirección estatal, más un bajo gasto militar, 1,0 % del PIB (el de Chile es 2,1 %, a pesar de que Piñera lo bajó en un tercio). Recordemos que Japón en 1960 tenía un PIB per cápita inferior al de Uruguay, Argentina, Chile, Venezuela y México.

Recientemente le siguieron los BRICS (China, Brasil, Rusia, India y Sudáfrica) y otras siglas de países en desarrollo. El G 7 (Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido) se transformó en G 20, con la suma de los BRICS más Arabia Saudí, Argentina, Australia, Corea, Indonesia, México, Rusia, Turquía y la Unión Europea.

China en el año de inicio de la crisis, 2008, tenía una economía que era la cuarta parte de la norteamericana; hoy es la mitad y la segunda del mundo. Y Corea del Sur, que en 1960 tenía un PIB per cápita inferior al de todos los países latinoamericanos, incluido Haití, hoy nos supera sin excepciones, con 33.189 dólares anuales; en América Latina primero le sigue Chile con 19.067 (en 1960 el nuestro era 3.130 y el de Corea 690).

En el inicio de una nueva era

Mientras se elegía al Papa Francisco y la diplomacia rusa apoyaba a EE.UU. a salir del bochorno de una difícil intervención militar en Siria y del impasse con Irán respecto del desarrollo nuclear, a pesar de la furia de Arabia Saudí, que decidió marchar por su cuenta en ambos casos, caímos en las crisis ucraniana y venezolana.

Esos, entre otros indicios, nos señalan el comienzo de una nueva era que, por lo demás, anuncia Las tendencias globales 2030: mundos alternativos, cuyo autor es el National Intelligence Council, un organismo oficial norteamericano, que reúne a altos funcionarios con la academia y al sector privado.

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