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Socialismo, reformas y socialdemocracia

por 4 mayo 2014

Lo que intenta expresar la derecha, ignorando, por cierto, años de crecimiento y autocrítica de la izquierda, es: el gobierno de Bachelet es una vuelta las ideas socialistas fracasadas de antaño, es decir, a los proyectos socialistas de matriz autoritaria y populista. Sin embargo, lo que no han leído –o lamentablemente no lograron entender– es que hubo un modelo socialista exitoso, en el que fue posible reunir libertades civiles, con la construcción de un Estado de derechos que promovió el pleno empleo y la imbricación entre movimientos sociales y partidos políticos.

Los dichos de diferentes personeros de la derecha chilena acerca de la vuelta del “marxismo” al gobierno han causado gran revuelo en la esfera política nacional. Por un lado, la UDI ha agudizado sus críticas hacia el programa de la Nueva Mayoría, haciendo alusión a que sus medidas están en la misma línea de “otros” gobiernos de Latinoamérica, en cuyos casos, han causado desastres económicos, políticos y sociales. Por otro lado, en la Nueva Mayoría les han bajado el perfil a esas palabras diciendo que el programa de Michelle Bachelet no significa una izquierdización del bloque, sino, más bien, la revaloración de ciertas ideas que no fue posible realizar en los periodos pasados, y que hoy, con la construcción de esta “Nueva Mayoría”, serían posibles de construir.

Más allá de las implicancias reales de las opiniones –fundadas o no– de la derecha, esta polémica trae a discusión dos problemáticas que durante los 20 años de gobiernos de la Concertación no se resolvieron.

En primer lugar, la incomodidad expresa de algunos sectores de la centro-izquierda chilena con respecto al programa de reformas que pretende inaugurar este gobierno de Michelle Bachelet. La antigua élite concertacionista mantiene aún añoranzas de aquella época donde cierta  ética de la responsabilidad impresa en la racionalidad del avanzar en la medida de lo posible, extirpó del proyecto de la Concertación las energías utópicas que cualquier proyecto político de largo plazo debiese tener. Restó importancia a las cuestiones ideológicas y éticas, inclinando la balanza hacía la técnica y el cálculo macroeconómico. De esta forma –situados en el escenario actual de legitimidad de una serie de reformas– la vieja Concertación mira con recelo la supremacía discursiva y política de sectores que han irrumpido en el mundo de la centro-izquierda aportando ideas para la construcción de un “nuevo modelo”, sumando nuevas visiones y energías a las antiguas lógicas tecnocráticas de lo posible. La antigua disputa autocomplaciente/autoflagelante se reedita, con la reconfiguración de las fuerzas y con una nueva legitimidad de las ideas de los sectores más reformistas.

Lo que intenta expresar la derecha, ignorando, por cierto, años de crecimiento y autocrítica de la izquierda, es: el gobierno de Bachelet es una vuelta las ideas socialistas fracasadas de antaño, es decir, a los proyectos socialistas de matriz autoritaria y populista. Sin embargo, lo que no han leído – o lamentablemente no lograron entender– es que hubo un modelo socialista exitoso, en el que fue posible reunir libertades civiles, con la construcción de un Estado de derechos que promovió el pleno empleo y la imbricación entre movimientos sociales y partidos políticos.

Por otro lado, la acusación que hacen los sectores neoliberales acerca de la construcción del “socialismo” tiene relación con un viejo debate de la izquierda tras la caída de los socialismos reales. Desde el mundo occidental la caída de la ex URSS significó el triunfo de dos pilares fundamentales del modelo neoliberal: la democracia y el mercado. Las experiencias socialistas, del este de Europa, así como de China y Cuba, en conjunto con otras experiencias revolucionarias, habían fracasado en su aspiración de construir un modelo de desarrollo basado en la igualdad, la apropiación de los medios de producción por parte del Estado y en el control de ciertas libertades para mantener la paz social. Este fracaso significó el repliegue de todas las fuerzas socialistas, socialdemócratas y laboristas, iniciando un ciclo de gobiernos neoliberales, que en algunos casos desmantelaron el Estado y removieron de raíz las antiguas conquistas de los movimientos obreros y nacional-populares. Sin embargo –tal como reflexiona el intelectual español Ludolfo Paramio en su libro La socialdemocracia–, la caída de los socialismos reales debió significar el triunfo de la otra estrategia socialista, de la estrategia del socialismo en democracia, más conocida como socialdemocracia.

Lamentablemente el ciclo neoliberal y las indefiniciones de los propios socialistas del mundo llevaron a los socialdemócratas, laboristas y progresistas, a transformar sus antiguas banderas de lucha en sólo símbolos estéticos, volcando su ética –tal como en Chile– a lo posible, al cálculo carente de ideas; pragmatismo expresado en los recortes fiscales, apoyar la guerra en Irak, deficitarias políticas contra el desempleo, privatización de servicios sociales, etc.

Las ideas socialistas democráticas están en crisis, pues sus propias élites desplazaron su ética de la convicción del socialismo en democracia, hacía la ética de la responsabilidad del neoliberalismo “social”.

Volviendo a la polémica de los dichos. Lo que intenta expresar la derecha, ignorando, por cierto, años de crecimiento y autocrítica de la izquierda, es: el gobierno de Bachelet es una vuelta las ideas socialistas fracasadas de antaño, es decir, a los proyectos socialistas de matriz autoritaria y populista. Sin embargo, lo que no han leído –o lamentablemente no lograron entender– es que hubo un modelo socialista exitoso, en el que fue posible reunir libertades civiles, con la construcción de un Estado de derechos que promovió el pleno empleo y la imbricación entre movimientos sociales y partidos políticos.

A pesar de que ese modelo ha sido profundamente cuestionado, tanto desde la izquierda por su coqueteo con el modelo neoliberal, como por la derecha por sus políticas ineficientes en materia macroeconómica, la socialdemocracia fue una respuesta efectiva en la tarea de balancear las libertades individuales con la construcción de instituciones que garanticen amplios niveles de bienestar y resguarden derechos fundamentales.

Chile está en un momento de definiciones. Los antiguos miedos de la élite de centro-izquierda chilena fueron sobrepasados por movimientos sociales, quienes con una nueva energía, pusieron en el espacio público nuevas demandas que se encuentran profundamente arraigadas en la idea de una construcción de un Estado de Derechos.

Los viejos imposibles de la racionalidad pragmática están hoy impresos en un programa de gobierno que pretende inaugurar un nuevo ciclo político. Frente a este contexto no es adecuado avergonzarse de las etiquetas y conceptos asociados a estas reformas. El nuevo ciclo político requiere de la construcción de un nuevo modelo, diferente del ciclo tecnócrata anterior, con definiciones en materia de políticas públicas, de reformas institucionales, de cuánto Estado y cuánto mercado y con energías utópicas que logren de una vez interpretar a una gran mayoría de chilenos y chilenas, construyendo un nuevo pacto social entre sectores populares, sectores medios, organizaciones de la sociedad civil y partidos políticos.

El éxito en la construcción de una democracia social de derechos, profundamente arraigada en nuestra cultura política y particularidades territoriales, dependerá del rol que jueguen los actores de la izquierda y centro-izquierda chilena en este periodo de definiciones. Al parecer, llegó la hora de dejar atrás los miedos de la transición y proponerle al país un nuevo modelo.

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