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Economía: Crisis sistémica

por 10 mayo 2014

La economía chilena –al igual que la de todos los países capitalistas– cada día da cabida a menos sectores de la sociedad. En efecto, en nuestro país se ha desbocado el auge de la fortuna y de la miseria, mientras que a las políticas gubernamentales las aqueja un déficit crónico de resolución que ponga atajo a este verdadero escándalo social. La reforma tributaria podría ser un primer pequeño paso para disminuir la brecha entre ricos y pobres vía la educación.

El economista estadounidense, profesor de Harvard y director del Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia Jefrey Sachs nos relata en su libro El Precio de la Civilización que, a mediados del siglo XVIII, el filósofo Jean Rousseau rechazó la idea que provenía de Gran Bretaña y que pregonaba el libre intercambio de bienes y servicios, y la búsqueda del interés propio por los actores económicos genera prosperidad. Según el filosofo francés en una sociedad comercial las “personas son codiciosas, violentas, bribonas y ambiciosas” y todo esto genera miseria y la opulencia.

Aparentemente pareciera que la sentencia de Rousseau cobra actualidad en la economía global y particularmente en el Chile de hoy. En efecto, en su libro Sachs nos indica que posiblemente nos encontramos ante una crisis no sólo económica y política, sino en una “verdadera crisis sistémica que puede poner en riesgo a las democracias y repúblicas en Occidente “.

Las duras declaraciones del presidente de la AFP Habitat, José Antonio Guzmán, en el sentido de que “los empresarios descontrolados por la codicia causan desprestigio de la clase empresarial”, apuntando a los escándalos de La Polar, el caso Cascadas y el cuestionado aumento de capital de Enersis, parecieran coincidir con la idea de Rousseau en relación a la codicia y ambición de la clase empresarial. Para Guzmán no escapa que las malas prácticas empresariales han provocado que los empresarios ocupen los últimos lugares en la apreciación social. El empresario se hace la pregunta –y nosotros también– de cómo es posible que los directores de las empresas señaladas e imputadas como malos gobiernos corporativos que causaron daño enorme a sus clientes continúen en sus cargos. Y que los sectores políticos, “ni moros ni cristianos” como dice Guzmán, hayan reaccionado respecto a estos escándalos.

La pregunta del ex presidente de los empresarios chilenos pareciera tener algunas respuestas en el libro del economista norteamericano arriba mencionado y tiene que ver con la restauración de los valores de la responsabilidad social de los empresarios, por un lado, y el abandono de cualquier compromiso de responsabilidad de la élites gobernantes, los superricos, los altos directivos que “sólo persiguen la riqueza y el poder, y que los demás se busquen la vida”, nos dice Sachs.

La economía chilena –al igual que la de todos los países capitalistas– cada día da cabida a menos sectores de la sociedad. En efecto, en nuestro país se ha desbocado el auge de la fortuna y de la miseria, mientras que a las políticas gubernamentales las aqueja un déficit crónico de resolución que ponga atajo a este verdadero escándalo social. La reforma tributaria podría ser un primer pequeño paso para disminuir la brecha entre ricos y pobres vía la educación.

Mientras en nuestro país la derecha aboga por menos Estado y, por ende, menos intervención de Gobierno, en su libro El precio de la civilización Sachs plantea que hoy necesitamos más Gobierno que esté a la altura de las modernizaciones a que obligan los retos específicos de la economía interconectada.

Según el economista, bajo la crisis económica americana subyace una crisis moral: la élite económica y política cada vez tiene menos espíritu cívico y agrega que de poco sirve tener una sociedad con leyes, elecciones y mercados si los ricos no se comportan con respeto, honestidad y compasión hacia el resto de la sociedad y hacia el mundo.

La globalización, como lo hemos manifestado en otros artículos en El Mostrador, ha creado ganadores y perdedores: Los ganadores son los empresarios y las elites económicas, financieras y políticas en países globalizados, y los perdedores son las masas asalariadas de países como el nuestro.

Por otro lado, la globalización económica, según Sachs, también ha creado problemas serios, tales como: el aumento de la evasión fiscal debido a la rápida proliferación de paraísos fiscales en todo el mundo. Las empresas multinacionales en general –y los monopolios en nuestro caso– tienen mucho más posibilidades de evadir impuestos. Como sabemos, este fenómeno fue denunciado como una de las lacras por el último encuentro del Foro Económico Mundial de Davos en enero recién pasado. Otra lacra muy relevante es la amenaza de perpetuar las diferencias entre ricos y pobres, que hoy supone un nivel de desigualdad sin precedentes.

No me llama la atención la virulencia de los ataques del empresariado a la reforma tributaria del Gobierno, es parte de la creencia –ideología ciega la llama el economista Ricardo Ffrench-Davis– que todavía pueden seguir manteniendo el estado de cosas imperante hasta ahora. No se dan cuenta de que la situación de injusticia en la distribución de la riqueza tocó fondo y que amenaza la estabilidad democrática. La economía chilena –al igual que la de todos los países capitalistas– cada día da cabida a menos sectores de la sociedad. En efecto, en nuestro país se ha desbocado el auge de la fortuna y de la miseria, mientras que a las políticas gubernamentales las aqueja un déficit crónico de resolución que ponga atajo a este verdadero escándalo social. La reforma tributaria podría ser un primer pequeño paso para disminuir la brecha entre ricos y pobres vía la educación.

La derecha se ha escandalizado con la reforma presentada y que tiende a estrechar las diferencias. Lo que sí es un escándalo es la incapacidad de ponerse en el lugar de los sectores que viven con el sueldo mínimo. De acuerdo con la reciente declaración de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) en París, para enfrentar la brecha entre ricos y pobres las políticas gubernamentales tienen que enfocarse no sólo en los ingresos, sino también en un mejor acceso a la educación, salud e infraestructura pública de calidad. En todo caso, no hace bien que ciertos sectores de la Nueva Mayoría se cierren a un diálogo de ideas que enriquezcan la reforma tributaria.

Según el libro Desigualdad, de Richard Wilkinson y Kate Pickett, citado por Zygmunt Bauman, la calidad de vida de una sociedad no se mide a través del ingreso medio, sino mediante el grado de desigualdad en los ingresos. El alcoholismo, la violencia, la criminalidad y demás patologías sociales aumentan cuando lo hacen las desigualdades, aunque la riqueza global se incremente, nos dice el sociólogo en una entrevista que publicó el diario El País.

Lo anterior hace reflexionar a Bauman en su último libro ¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?, donde señala que en los treinta años posteriores a la Segunda Guerra Mundial las políticas estatales intentaron que aumentase la riqueza total, pero que también la distribución de la misma alcanzara a la mayor cantidad de gente posible, de modo que cada vez más personas se pudieran incorporar a una situación de bienestar. Sin embargo, a partir de la década de los setenta, esta tendencia se invirtió, acelerándose ahora de modo preocupante.

Según el Papa Francisco –citado por Bauman–, para señalar cómo estas diferencias de ingresos se han hecho evidentes: “Las Ganancias de una minoría están creciendo exponencialmente, lo que provoca que también crezca la brecha que separa a la gran mayoría de la prosperidad que disfrutan esos pocos felices”.

Las consecuencias sociales de esta desigualdad y la masiva concentración de los recursos económicos en unos pocos trae como consecuencia –entre otras– que la llamada clase media y el proletariado formen parte de una nueva clase conjunta que el sociólogo polaco llama El Precariado. Según Zigmunt Bauman el Precariado es: gente que no está segura de su futuro.

Las leyes del mercado implican que la empresa en que trabajas pueda ser devorada por otra y tú te vayas a la calle, perdiendo de pronto todo lo ganado en una vida: nadie está seguro, nadie confía en el porvenir, de un día para otro pasas de ser parte de la difusa clase media a la gran masa de los sin empleo, sin leyes de mitigación que te amparen. Chile es un caso paradigmático de cómo sectores que se toman como “capa media empobrecida” desvelan una pobreza indignante después de los recientes terremotos del Norte y el incendio de Valparaíso.

Según Bauman y Sachs la brecha de las desigualdades ha roto la cohesión social y ha dejado a las sociedades privadas de los beneficios de la confianza social. Para ambos, los ricos han cavado sus trincheras y se han parapetado en sus castillos respecto al resto la población. A mi juicio, este es el problema que enfrenta nuestro país y con ello la pérdida de confianza de los ciudadanos en sus instituciones.

La crisis de los valores de la solidaridad y cooperación entre clases: de la obligación que tienen los más ricos de devolver vía impuesto lo que corresponde a toda la sociedad. La desigualdad es corrosiva y destruye a las sociedades desde dentro y hace que Chile viva una crisis sistémica que no tiene solución por la ceguera de sus élites. Por lo anterior, el suicidio de jóvenes y ancianos ha dejado de ser un patrimonio doloroso de los países desarrollados.

Hay un precio que no podemos permitirnos pagar y que es que la ceguera de unos pocos hipoteque el horizonte de nuestros jóvenes y lance a nuestros ancianos a la precariedad más absoluta. El futuro incierto para millones de ciudadanos hace más imperativo que nunca el retomar la senda de una distribución de la riqueza que genera el trabajo más justa y equitativa.

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