Viernes, 30 de septiembre de 2016Actualizado a las 22:43

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Las fuerzas del mal y del bien en la política chilena

Las fuerzas del Mal y del Bien, como doctrina política, debe ser sustituida desde ya y prontamente por la doctrina del entendimiento y si alguien ha dicho, con total desatino, que no es tiempo de un Edgardo Boeninger, se equivoca. El espíritu de diálogo permanente, buen criterio, y reflexión profunda y democrática que llevó a cabo tan distinguido y recordado político chileno y que supo practicar y, por qué no decirlo, enseñar con su ejemplo, debiera volver a imperar en nuestro país.

Tras los atentados del 11 de septiembre del 2001, el presidente George W. Bush expresaba que: “Estados Unidos está unido. Quisiera dar las gracias a los miembros del Congreso por su unidad y apoyo. Las naciones del mundo amantes de la libertad están con nosotros. Esta lucha del Bien contra el Mal será monumental, pero prevalecerá el Bien”. Esta ideología que quiere ver únicamente en las relaciones sociales una lucha enconada entre “las fuerzas del Bien y las fuerzas del Mal”, desgraciadamente produce resultados profundamente negativos. Dividir una sociedad entre el Bien y el Mal, entre los buenos y los malos, revela una esquizofrenia o paranoia política.

En Chile, después de las experiencias muy dolorosas de la década del 70 y del quiebre de la democracia que se produjo con el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, en el proceso largo de reconstrucción de la democracia, muchos aprendimos que ésta, bien entendida, no es una lucha entre las fuerzas del Bien y del Mal. La democracia como tal reclama en su esencia un debate permanente de ideas, reflexiones y puntos de vista. En estas verdaderas conversaciones colectivas democráticas, ninguno de los participantes puede considerarse dueño del bien o de la verdad absoluta. Nosotros por lo menos hemos aprendido que la verdad, en temas sociopolíticos, es como una figura geométrica de infinitos lados.

Todo depende desde el punto de vista en que se vean las cosas. Siguiendo a Ortega y Gasset, las cosas se ven en forma distinta mirándolas desde el Mapocho o desde el río Bío Bío, del Guadalajara o del Amazonas. Sólo entendiendo que la democracia se construye armonizando racionalmente los distintos puntos de vista, se podrá construir una sociedad sólida que tienda a solucionar en forma colectiva y mayoritaria sus múltiples problemas, con perspectiva comunitaria.

Hoy, desgraciadamente, en Chile, pareciera ser que se está entronizando la ideología de Bush. Algunos personeros que manejan las finanzas públicas, según se desprende de sus muchas declaraciones e intervenciones públicas, creen, en el ámbito de la reforma tributaria, que han descubierto la verdad en dicho tema y que, por ende, representan “las fuerzas del Bien en la sociedad chilena”. Para ellos, todos quienes discrepan, proponiendo incluso alternativas, claramente más justas, dentro del espíritu del propio programa de gobierno, quedan incluidos entre las fuerzas del Mal. Por otro lado, la oposición o algunos personeros de la misma muy representativos, ya sean políticos o de los sectores empresariales, también se han contagiado con la doctrina Bush, con una única variante, las fuerzas del Bien son ellos y las fuerzas del Mal serían las autoridades de gobierno.

Las fuerzas del Mal y del Bien, como doctrina política, debe ser sustituida desde ya y prontamente por la doctrina del entendimiento y si alguien ha dicho, con total desatino, que no es tiempo de un Edgardo Boeninger, se equivoca. El espíritu de diálogo permanente, buen criterio, y reflexión profunda y democrática que llevó a cabo tan distinguido y recordado político chileno y que supo practicar y, por qué no decirlo, enseñar con su ejemplo, debiera volver a imperar en nuestro país.

Dentro de esa ideología de Bush se desarrolla también la conducta de quienes están entendiendo que el juego democrático excluye toda posibilidad de dialogar o conversar, real y efectivamente, con los adversarios o con las contrapartes. La democracia consistiría para aquellos solamente en imponer, con más o menos estética, las mayorías obtenidas en las elecciones parlamentarias y presidenciales. Obviamente si después de un verdadero diálogo social, que comprenda a todos los interesados, no se logran construir proposiciones o soluciones de consenso, habrá que votar y la mayoría necesariamente deberá pronunciarse utilizando el poder de la mayoría. Pero esto solamente se debiera producir luego de un amplio debate abierto y debidamente informado. Sin información, veraz, completa e idónea, cualquier tipo de debate no pasará de ser una parodia o una exposición pública de la nueva farándula política. Lo que está sucediendo en Chile es que tenemos muchas entrevistas a través de los medios de comunicación, aparentes debates o foros, pero sin información suficiente y consistente y, por ello, terminan por primar los eslóganes o frases propias de las propagandas o compañas publicitarias.

Hay una reflexión que no podemos dejar de insinuar, estamos viendo que esta doctrina de Bush, que se está aplicando en el nivel nacional entre la oposición y gobierno, también tiene una manifestación al interior de la Nueva Mayoría. Sectores de ésta se entienden dotados de la facultad o de los atributos para interpretar de una forma única, exclusiva y excluyente el programa de gobierno. Todos quienes apoyamos con mucho entusiasmo y energía al actual gobierno y aspiramos a que tenga un resultado exitoso por el bien de Chile, cuando formulamos observaciones a las políticas específicas de gobierno también pasaríamos a engrosar, según el sentir de algunos círculos de la Nueva Mayoría, las despreciadas “fuerzas del Mal”.

Si se sigue por este camino, y no se enmienda drásticamente el rumbo, el resultado final será nefasto. No se impondrán las fuerzas del Mal ni del Bien, sino que se creará un clima tóxico e irrespirable que entrabará el funcionamiento racional de la democracia y que dañará gravemente al país.

A nuestro modo de entender, y desde de nuestro punto de vista, los dirigentes políticos, de uno y otro lado, las primeras autoridades de país, los parlamentarios, y quienes ocupen roles relevantes deben hacerse una pregunta: ¿Qué le sucedería al país si nos equivocamos? Estamos ciertos de que si esta reflexión es llevada a cabo seriamente, el resultado será fructífero. Por el contrario, si siguen bebiendo las malas hierbas de la doctrina que hemos llamado “Bush”, nos podremos desbarrancar, comenzando por la Nueva Mayoría que tantos años costó conformar, que debe estar estructurada sobre la base del diálogo fraterno, proscribiendo los ataques recíprocos, en un clima de sana convivencia, sin despreciar a los partidos políticos que la componen y equilibrando las fuerzas internas. Si no hay verdadera reflexión en la Nueva Mayoría, los resultados de este gobierno serán muy negativos y eso electoralmente se paga.

El clima de entendimiento que reclama el país y que debe sustituir al clima de confrontación, de resentimientos y de odiosidades múltiples, debiera ser oído por todos los actores de la vida nacional. Se reclaman recursos para la reforma educacional. ¿Qué mejor idea que dichos recursos los proporcionen los doce principales grupos económicos del país que son dueños del 85% de las utilidades retenidas mediante el FUT? ¿Qué mejor aporte sería el que las grandes compañías del cobre se abrieran a contribuir en una forma significativa a los recursos financieros que se necesitan? ¿Qué mejor fórmula que disminuir la concentración en los mercados y en los activos financieros, para dar espacio a las nuevas empresas? Abramos un debate verdadero en Chile, sin dogmas políticos o económicos, sin pensamientos únicos y unilaterales. Sin esquizofrenia y sin paranoia.

Sin entender que nuestros adversarios son “enemigos”.

Preocupándonos del bien común, que no es el bien de tal o cual partido político o de tal o cual autoridad de gobierno o personeros de oposición o de sectores empresariales. Que es el bien de todos. Este bien de todos sólo se puede construir con sanidad mental, sin sembrar odios ni emprender campañas públicas o encubiertas de unos contra otros, sin recurrir al cómodo expediente de sacar las castañas con la mano del gato de comentaristas internacionales que han aparecido en las últimas horas diciendo lo que algunos sectores de oposición no se atreven o no quien decir en Chile, de modo que buscan a Yanaconas que, desde sus cómodos asientos en el extranjero, nos hacen recomendaciones y críticas despiadadas respecto del actual gobierno.

Las fuerzas del Mal y del Bien, como doctrina política, debe ser sustituida desde ya y prontamente por la doctrina del entendimiento y si alguien ha dicho, con total desatino, que no es tiempo de un Edgardo Boeninger, se equivoca. El espíritu de diálogo permanente, buen criterio, y reflexión profunda y democrática que llevó a cabo tan distinguido y recordado político chileno y que supo practicar y, por qué no decirlo, enseñar con su ejemplo, debiera volver a imperar en nuestro país.

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