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República independiente mapuche ¡ahora!

por 14 mayo 2014

El trabajo del hombre mapuche consistía en prepararse para librar una guerra que nunca ganó. Y ya que fracasó en ese intento, propongo que explore un nuevo estilo de vida.

Que la identidad del pueblo mapuche esté asociada a la tierra no tiene nada de particular. La mayoría de las culturas primitivas le asignan a ese bien un valor absoluto, precisamente porque no conocen otra forma de subsistencia.

Lo singular del pueblo mapuche tiene que ver, más bien, con su concepto de familia (polígama) y, sobre todo, con la división del trabajo a la que ella da origen. Porque, en la cultura mapuche, son las mujeres las que se dedican a trabajar la tierra y los hombres jóvenes, a la ganadería. ¿Qué significa eso? Que cuanto mayor es el número de esposas y de hijos que tiene un cacique, mayor es su posibilidad de enriquecimiento y, por chorreo, también de bienestar para la comunidad que depende de él.

El hombre mapuche, en cambio, cumple con una función de índole más bien militar, aunque asociada también a lo territorial. Su “trabajo” consiste en librar la guerra o en prepararse para ella, con el objetivo de apropiarse de nuevas extensiones de tierra. No obstante lo anterior, en los conflictos de menor intensidad que los mapuche sostuvieron con los criollos, aprovecharon también la oportunidad para tomar a sus mujeres como botines de guerra, a las que ofrecían matrimonio bajo la promesa de mantenerlas a cambio de que ellas oficiaran como mano de obra eficiente.

El trabajo del hombre mapuche consistía en prepararse para librar una guerra que nunca ganó. Y ya que fracasó en ese intento, propongo que explore un nuevo estilo de vida.

La identidad del mapuche no tiene que ver, por tanto, sólo con la tierra, sino con una forma de trabajo y de organización social que, desde un prisma occidental –muy subjetivo y discutible, por cierto– podría considerarse machista, expropiatorio y violento.

El punto es que, así las cosas, hablar de integración resulta complejo. Porque, seamos claros, las demandas actuales de esa etnia no tienen nada que ver con los asuntos (ya resueltos) de la mal llamada Pacificación de la Araucanía, sino con la exigencia de una especie de proteccionismo de parte del Estado hacia un estilo de vida que simplemente desconoce principios como el del respeto a la propiedad privada, o prohibiciones tales como las de reivindicar causas por la vía de la violencia.

Para demostrarlo, basta con analizar el historial de delitos de la Araucanía y con prestar atención a declaraciones como las que recientemente ha hecho el vocero de Celestino Córdoba, cuando dice, a propósito de la muerte del matrimonio Luchsinger-Mackay, que “nuestras comunidades van a quedar libres de acción, y si es por derramar más sangre, estamos dispuestos a eso para expulsar a todos los latifundistas de nuestra zona y de nuestra región”.

Ante conductas como ésas, al Estado de Chile no le queda más remedio que aplicar la fuerza o (lo que yo estimo mejor) aceptar la autonomía del pueblo mapuche, siempre y cuando se hable de autonomía en sentido estricto y absoluto. Es decir, que los chilenos se allanen a que aquellos que no se consideran como tales, funden algo así como una República Independiente Mapuche que se dé a sí misma sus propias normas, que se provea de servicios, que cree su parlamento, que construya su propio Estado de bienestar, en fin, que sean realmente independientes y no vivan, como hasta ahora, pretendiendo gozar de todos los beneficios de la civilización sin someterse a las reglas más básicas de la sana convivencia.

El trabajo del hombre mapuche consistía en prepararse para librar una guerra que nunca ganó. Y ya que fracasó en ese intento, propongo que explore un nuevo estilo de vida.

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