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Opinión: El fin del juego de Metrópoli, un nuevo relato de derecha

por 19 mayo 2014

Opinión: El fin del juego de Metrópoli, un nuevo relato de derecha
Las derechas del mundo, en general, y la chilena, en particular, han relevado el valor de la libertad. Pero el actual escenario político abre la oportunidad para que ella integre a su lenguaje la igualdad –no sólo de oportunidades, que si bien puede halagar el pensamiento, difícilmente es percibida en “lo que le pasa a la gente”–, reafirmando un Estado subsidiario y solidario, que rectifique las asimetrías señaladas, sin perder las libertades conseguidas y apoye transitoriamente a quienes caen en el camino del progreso y a los que no pueden salir por sí solos de su situación de pobreza.

Un matutino resumió en su primera página los motivos de los diputados de oposición y del oficialismo para rechazar o aprobar la idea de legislar sobre el proyecto de Reforma Tributaria, señalando que los primeros criticaron la falta de diálogo y el impacto que la propuesta tendrá en la clase media y el crecimiento, mientras que los segundos refirieron sus efectos en la reducción de la desigualdad y el financiamiento de una educación gratuita.

Aunque, desde luego, se trata de una simplificación de los muchos argumentos técnicos, políticos y sociales que han circulado en torno a la polémica reforma, lo cierto es que la sinopsis periodística refleja “lo que quedó” en el sustrato mental de las personas, relatos que, por otro lado, permiten evaluar un aspecto de la actividad política, cuya esencia, en democracia, es la mayor o menor afinidad que los dirigentes alcanzan respecto de los estados de ánimo ciudadano y el lenguaje que los refleja mejor, so pena que en la asintonía la ilegitimidad campee, invitando al desorden social.

En efecto, la oposición, siguiendo la línea de defensa de los creadores de riqueza y empleo, marcó desde un comienzo su punto en la racionalidad y lógica de una reforma que trasladará unos US$ 8.200 millones desde los privados al Estado, hecho que, en el corto plazo, significará que esos recursos –que se pueden invertir en proyectos de mejor rentabilidad inmediata, haciendo crecer más rápido la economía y ocupación– serán manejados por funcionarios estatales en planes sociales, cuya renta económica es habitualmente más baja y de larga recuperación, amén de que, por lo general, en la administración de esos fondos, buena parte se queda en el camino de la burocracia, sin llegar realmente a quienes supuestamente favorecen.

En 2006, la ONU halló que el 1% más rico del planeta poseía 39,9% de la riqueza global, mucho más que lo que le tocaba al 95% de la población mundial. En 2011, desde el sector privado, el "Global Wealth Report" del Credit Suisse Research Institute detectó que el 10% más rico tenía el 84% de la riqueza, mientras que la mitad más pobre sólo 1%. A mayor abundamiento, James S. Henry, ex economista jefe de la consultora McKinsey y profesor del Centro para la Inversión Internacional Sostenible de la Universidad de Columbia, estima que hay unos US$21 millones de millones (90 veces el PIB de Chile) ocultos en paraísos fiscales. Esta riqueza está en manos de una élite y no forma parte de las mediciones. Multimillonarios de todo el mundo, asumiendo estas escandalosas diferencias, han estado donando la mitad de sus fortunas en el marco de la iniciativa “Giving Pledge”, campaña filantrópica lanzada por Bill Gates y Warren Buffet y a la que se acaba de unir Shelyl Sandberg, directora ejecutiva de Facebook. Ellos parecen haberse dado cuenta de que el juego de Metrópoli iniciado en los 90 terminó y que hay que comenzar uno nuevo.

El oficialismo, por su parte, no perdió el tiempo en racionalidades, sino que apuntó directamente al estado de ánimo de las personas, destacando que la reforma busca mayor igualdad –en un entorno social y comunicacional maduro para sintonizar con ese valor, a raíz de las múltiples asimetrías, escándalos y abusos develados por la prensa en los últimos años– e instalar en Chile una educación gratuita y universal, reivindicación que han venido poniendo en carpeta los estudiantes desde el 2006.

¿Qué discurso cree Ud. que es más eficiente para conseguir las simpatías ciudadanas? Como dice un amigo, “la gente se reúne por lo que le pasa y no por lo que piensa” y en este caso no puede ser más evidente: el discurso del Gobierno y sus partidos apuntó a lo que “le pasa a la gente” (angustia por una realidad económica media comprimida por bajos ingresos, endeudamiento y altas expectativas), mientras que la oposición se concentró –reactivamente– en lo que le pudiera llegar a pasar a las personas o, lo que es lo mismo, en las eventuales consecuencias de la reforma, es decir, en sus pensamientos.

Se podría rebatir el argumento señalando que, horas antes de la discusión en general de la reforma en la Cámara –cuyo resultado fue una “aplanadora” de 72 votos a favor, incluido un diputado RN, y 48 en contra–, una encuesta realizada por Plaza Pública Cadem reveló un fuerte deterioro en la adhesión al proyecto del Gobierno, el que cayó en sólo cinco semanas desde el 52% a 38%, mientras que su rechazo subió desde el 24% al 38%. ¿Indica esto un éxito de la estrategia de incidir en el pensamiento? Claramente no.

Si bien la encuesta indica que un 68% de los encuestados piensa que el proyecto afectará a la clase media y 63% cree que la Reforma terminarán pagándola los consumidores, los guarismos reflejan justamente la apreciación del sentido común sobre “lo que le pasa a la gente”: la clase media y los consumidores son los abusados de siempre y quienes terminan pagando. Aun así, la reforma sigue teniendo un apoyo de 38%, igual al porcentaje de rechazo, guarismos que bien podrían asimilarse a los ámbitos de influencia de la derecha y la izquierda, a lo que se suma un 24% que no se pronuncia (que podría querer un cambio aún más radical) y que, en conjunto, pudiera significar un nada despreciable 62% a favor o en contra, dependiendo de cómo evolucionen los “relatos”, pero, principalmente, cómo avancen los hechos.

Para efectos de lo que hay que hacer, economistas de la OCDE, el FMI, Banco Mundial e independientes como el muy de moda Thomas Piketty, han estado apuntando al tema de la concentración del ingreso mundial y aumento de las desigualdades, promoviendo acciones y medidas destinadas a reducir tales brechas, entre ellas, la tributaria.

En 2006, la ONU halló que el 1% más rico del planeta poseía 39,9% de la riqueza global, mucho más que lo que le tocaba al 95% de la población mundial. En 2011, desde el sector privado, el "Global Wealth Report" del Credit Suisse Research Institute detectó que el 10% más rico tenía el 84% de la riqueza, mientras que la mitad más pobre sólo 1%. A mayor abundamiento, James S. Henry, ex economista jefe de la consultora McKinsey y profesor del Centro para la Inversión Internacional Sostenible de la Universidad de Columbia, estima que hay unos US$21 millones de millones (90 veces el PIB de Chile) ocultos en paraísos fiscales. Esta riqueza está en manos de una élite y no forma parte de las mediciones.

Multimillonarios de todo el mundo, asumiendo estas escandalosas diferencias, han estado donando la mitad de sus fortunas en el marco de la iniciativa “Giving Pledge”, campaña filantrópica lanzada por Bill Gates y Warren Buffet y a la que se acaba de unir Shelyl Sandberg, directora ejecutiva de Facebook. Ellos parecen haberse dado cuenta de que el juego de Metropoli iniciado en los 90 terminó y que hay que comenzar uno nuevo.

El objetivo de la campaña, que ya reúne más de US$ 500 mil millones (dos veces el PIB de Chile) es apoyar el desarrollo de acciones sociales y emprendimientos que generen más riqueza y bienestar, en el entendido de que los propios administradores de fortuna ya no pueden reemplazar la capacidad innovadora de millones de personas que, teniendo buenas ideas, no cuentan con los recursos para impulsarlas, debido a la citada concentración de riqueza.

Todo parece indicar, pues, que se ha llegado a un punto caracterizado por la colisión entre los intereses de mejor gobernanza de las clases políticas y los de mantener la reproducción del capital de los empresarios. La cuestión es si esa contradicción se resolverá por la vía normativa o voluntaria.

Hasta ahora, las derechas del mundo han luchado por el derecho de propiedad, tan ligado al valor de la libertad, la responsabilidad individual, el respeto a las normas establecidas en democracia, la resolución pacífica de las controversias, un Estado subsidiario que no sea una carga mayor para los creadores de riqueza, en un entorno de competencia mundial despiadada que exige empresas livianas y ágiles. Tales ideales campearon en el mundo desde los 80 hasta el 2000. La economía mundial creció a gran velocidad, generando milagros como el de China, entre otros. El mercado asignó recursos de modo eficiente. Pero la crisis de 2008, desatada por la audacia y “creatividad” financiera de unos pocos, desbarató la economía internacional, con efectos que se arrastran hasta hoy y que seguramente continuarán, despertando así la indignación de millones de personas que vieron cómo sus expectativas se frustraban y desaparecía parte de sus ahorros y esfuerzos.

La convicción surgida de tal desastre es que, mientras el 1% de la población mundial siga definiendo por sí y ante  sí la inversión de más de la mitad de los recursos del orbe, el mundo peligra caer en el círculo vicioso de seguir apostando a proyectos “probados” o de alto riesgo financiero que aseguran la reproducción del capital, pero que siguen aumentando la concentración, cerrando las puertas a nuevas iniciativas económicas y de bienes sociales que, como la mayor igualdad exigida en las calles, podrían permitir mejor gobierno, aumentando la demanda y respondiendo a las expectativas desatadas por la propia acción del capital.

El actual  atolladero de ralentización, derivado en buena parte de la súper acumulación, ha obligado a EE.UU. a seguir emitiendo dólares para debilitar su moneda, exportar más y reducir su enorme deuda externa, impulsando ahora a Europa a continuar por el mismo camino para evitar su propia deflación. Sumado al hecho de que estas decisiones están afectando el desarrollo de emergentes como China y Rusia, el cuadro puede derivar en una guerra de divisas que terminaría hundiendo nuevamente a la economía mundial.

En este marco, para las izquierdas, sintonizar con lo que le pasa a la gente ha sido simple, en la medida que su discurso ha valorado tradicionalmente la igualdad. Las derechas del mundo, en general, y la chilena, en particular, han relevado el valor de la libertad. Pero el actual escenario político abre la oportunidad para que ella integre a su lenguaje la igualdad –no sólo de oportunidades, que si bien puede halagar el pensamiento, difícilmente es percibida en “lo que le pasa a la gente”–, reafirmando un Estado subsidiario y solidario, que rectifique las asimetrías señaladas, sin perder las libertades conseguidas y apoye transitoriamente a quienes caen en el camino del progreso y a los que no pueden salir por sí solos de su situación de pobreza.

Para tamaña tarea, como ya lo comprobó la derecha en su paso por el Gobierno, el Estado requiere recursos que pueden surgir de la voluntad o la norma, pero cuyo uso debe ser rígidamente fiscalizado por toda la ciudadanía, desde cómo se administra, hasta dónde se gasta. Sólo así la tradicional contradicción entre izquierdas y derechas, entre igualdad y libertad, puede ser superada y los representantes políticos de todas las tendencias sintonizar mejor con “lo que realmente le pasa a la gente”, consolidando, con solidaridad y una mayor dignidad para las personas, la tan necesaria estabilidad social, política y económica.

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