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La educación no tiene caso, ni siquiera la de la élite

por 4 junio 2014

Como si lo anterior no fuera suficiente, en los mejores colegios, el profesor suele hacer pruebas de selección múltiple. ¿Qué significa esto? Que el alumno no está acostumbrado a desarrollar un texto, lo cual afecta no sólo su capacidad de redacción sino también (lo que es más grave) su capacidad de contextualizar y de profundizar sobre un tema.

Hace un par de días, un italiano me hizo revisar la prueba que los estudiantes de su país debían rendir al terminar la secundaria, o sea, la prueba equivalente lo que es nuestra PSU. La conclusión del ejercicio fue demoledora: nuestra educación no tiene caso.

Y para explicar por qué, no hay que hacer referencia a la educación municipal, que objetivamente dispone de pocos recursos y que recibe, además, a niños socialmente vulnerables; para explicar por qué, hay que poner atención a la educación privada. Esa que obtiene los mejores resultados en mediciones como el Simce o la PSU y que garantiza un buen estándar de vida. Esa que se estima “buena” y que lo es sólo en términos relativos, relativos a algo que ni siquiera puede llamarse “educación”.

La educación en Chile no tiene caso, insisto. Y no la tiene, porque ni siquiera los mejores colegios del país comprenden cuestiones básicas como que más horas de clases (o de años en el colegio) no importan una mejora en la educación. El cerebro humano tiene un límite que hace estériles ciertos esfuerzos, como, por ejemplo, el de la jornada escolar completa, tal y como ella está concebida… como tiempo para que los profesores dicten clases mientras los alumnos intentan, sin demasiado éxito, poner atención.

Como si lo anterior no fuera suficiente, en los mejores colegios, el profesor suele hacer pruebas de selección múltiple. ¿Qué significa esto? Que el alumno no está acostumbrado a desarrollar un texto, lo cual afecta no sólo su capacidad de redacción sino también (lo que es más grave) su capacidad de contextualizar y de profundizar sobre un tema.

Nuestra educación no tiene caso, tampoco, porque las horas que un estudiante pasa en el colegio van, la mayor parte del tiempo, en desmedro de algo que es esencial: su trabajo personal. Trabajo que ni la asistencia a clases ni la realización de tareas garantiza, aunque a primera vista pareciera que sí. En parte porque no hay tiempo pero fundamentalmente porque aquello que debe realizar fuera del horario de clases es, casi siempre, algo puramente mecánico que sólo demanda memoria, ayuda de los padres o subsidio de Google.

La educación no tiene caso, porque al profesor le está encomendada una labor que casi nunca realiza, y que consiste en despertar el interés del niño (exactamente lo contrario de lo que generalmente logra). ¿Y por qué no lo hace? Porque no entiende que motivar es algo más que captar la atención haciendo algo extravagante al inicio de la clase o echando mano de la tecnología. Despertar el interés es despertar la curiosidad, conseguir que el estudiante se haga una pregunta, ¡y no cualquier pregunta!, sino aquella que la materia de clases puede responder. Esto, sin embargo, requiere de mucho tiempo, tiempo que hay que estar dispuesto a perder, en la confianza de que con el aprendizaje de la información que, por decreto ministerial, los alumnos deben saber, no se gana nada.

El profesor podría, en todo caso, suplir el tiempo que “pierde” con la elección correcta de textos de estudio, textos que claramente no son los que de hecho se utilizan y que, en mi calidad de multípara añosa, puedo asegurar que son casi siempre muy malos, pésimos, para ser exacta.

Como si lo anterior no fuera suficiente, en los mejores colegios, el profesor suele hacer pruebas de selección múltiple. ¿Qué significa esto? Que el alumno no está acostumbrado a desarrollar un texto, lo cual afecta no sólo su capacidad de redacción sino también (lo que es más grave) su capacidad de contextualizar y de profundizar sobre un tema.

Nuestra educación no tiene caso porque ni los que educan, ni los que pagan por educar, ni los que protestan en su nombre, ni  los que quieren reformarla, han visto la prueba que los estudiantes italianos deben rendir al terminar la secundaria.

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