La pobre libertad del liberalismo - El Mostrador

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La pobre libertad del liberalismo

por 8 junio, 2014

Los críticos a este sistema de acumulación de bienes también confiamos en la capacidad de elegir. No sólo de elegir entre dos, tres o cuatro supermercados diferentes, o en cuál colegio matricular a nuestros hijos, sino en la capacidad de las condiciones en las que esta libertad se realiza, en exigir una igualdad de condiciones para todas y todos que sea heredera de una base social, no del marco mercantil, sino en la reapropiación para toda la sociedad. En conclusión, la pobre libertad del liberalismo muestra a un mercado que no sólo constriñe la libertad, sino que su lógica sienta los precedentes de las modernas desigualdades sociales. El mercado es finca para la especulación de algunos que gozan con holgura, mientras para otros no es más que una dictadura de una limitada ‘libertad’.

A propósito de la última columna de Axel Kaiser en El Mercurio.

Por supuesto que resulta imposible entender un contexto (entre ellos el actual en Chile) sin atender a sus bases ideológicas. Al fin y al cabo, se trata de un debate de visiones contrapuestas. Sin embargo, se falsea que una intención no pegada a la liberal sea una de más Estado o menos Estado. Kaiser reconoce que la libertad dentro del marco liberal trae consigo un concepto social, en tanto relaciones de personas, pero no repara en el hecho de que la libertad del liberalismo trae consigo una pobre libertad de elección sometida a los vaivenes del mercado.

 Justamente el problema en Chile ha sido entender la libertad bajo el alero de la tradición anglosajona que existe en el país desde los años 70. La tradición liberal es la que, abogando por una libertad del individuo, excluye con ello el hecho de que ella tiene lugar dentro de un marco histórico específico social y, por lo tanto, de relaciones intersubjetivas de voluntades y determinaciones recíprocas. Es decir, el ejercicio de la libertad es ese límite con los sujetos que componen la sociedad, es la acción libre realizada. Obligar a no fumar es privación y una agresión de la libertad, así como lo es el hacerlo en ambientes de no fumadores. La libertad de unos puede significar la privación de ésta para otros. No basta asociar la libertad con voluntad individual, decía Kant, no basta con la libertad entendida como individualismo, decía Hegel, la libertad es racional y se da en un marco universal, social y común. No es mera elección.

Los críticos a este sistema de acumulación de bienes también confiamos en la capacidad de elegir. No sólo de elegir entre dos, tres o cuatro supermercados diferentes, o en cuál colegio matricular a nuestros hijos, sino en la capacidad de las condiciones en las que esta libertad se realiza, en exigir una igualdad de condiciones para todas y todos que sea heredera de una base social, no del marco mercantil, sino en la reapropiación para toda la sociedad. En conclusión, la pobre libertad del liberalismo muestra a un mercado que no sólo constriñe la libertad, sino que su lógica sienta los precedentes de las modernas desigualdades sociales. El mercado es finca para la especulación de algunos que gozan con holgura, mientras para otros no es más que una dictadura de una limitada ‘libertad’.

 Centrar toda la contradicción del concepto de libertad con el de Estado es, aparte, ver la paja en el ojo ajeno. ¿No comporta la apropiación de los recursos una privación de la libertad de un otro respecto a una determinada cosa? ¿No es acaso la propiedad la limitación de la voluntad ajena? La visión de la libertad tiene que ir acompañada de la necesidad material, que coacciona la capacidad de movimiento individual. Se equivoca, sin embargo, el autor al entender esta visión como excluyente de un marco social.

 La versión alternativa al liberalismo –según Kaiser– recae en el aparato del Estado. Sin embargo, esta aseveración es de entrada falaz. Primero, yerra al limitar la libertad del pensamiento no-libremercadista al aparataje burocrático. Segundo, hace una caricatura de este mismo concepto a través de la supuesta entrega de poder a sus gobernantes. La crítica al Estado como ejercicio de violencia no sólo la planteaba Weber, sino incluso Marx en 1844, para quien el aparato estatal representaba un modo institucional que debe ser programáticamente desarmado. Ahora, esto no es limitar el poder político, sino al contrario, es que ese poder político vuelva a su origen, a la base democrática que la compone, a las personas de a pie, a las cooperativas y mancomunales. Claro que razón tenía nuestro amigo Trotsky –parafraseando su cita en el artículo de Kaiser– en que el control del Estado debe estar limitado, es decir, mientras más alejado de las imposiciones al individuo, mucho mejor. Sin embargo, el mercado no es el sacrosanto fiscalizador de la libertad, sino que limita arbitrariamente la autodeterminación del hombre en el control de las fuerzas productivas.

La intención de sentar bases teóricas sobre la libertad y el Estado en una columna de periódico (específicamente, El Mercurio), es una tarea que se quedaría corta. Bien se vislumbran malas lecturas sobre lo que Kaiser llama “proyecto de izquierda.”, la creencia de que ésta funda sus criterios en la maximización del poder de sus gobernantes, es una generalización grosera, pues ni sabemos lo que califica como “izquierda”, ni de dónde viene la confusión de ésta como aumento del poder representativo – siguiendo tal definición, hasta Pinochet descansa en ese “proyecto de izquierda”–. El reconocimiento de lo público y un supuesto papel del Estado sólo defenderán la libertad cuando haya una autodeterminación general.

 Los críticos a este sistema de acumulación de bienes también confiamos en la capacidad de elegir. No sólo de elegir entre dos, tres o cuatro supermercados diferentes, o en cuál colegio matricular a nuestros hijos, sino en la capacidad de las condiciones en las que esta libertad se realiza, en exigir una igualdad de condiciones para todas y todos que sea heredera de una base social, no del marco mercantil, sino en la reapropiación para toda la sociedad. En conclusión, la pobre libertad del liberalismo muestra a un mercado que no sólo constriñe la libertad, sino que su lógica sienta los precedentes de las modernas desigualdades sociales. El mercado es finca para la especulación de algunos que gozan con holgura, mientras para otros no es más que una dictadura de una limitada ‘libertad’.

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