La teoría del chorreo ¡en educación! - El Mostrador

Domingo, 22 de octubre de 2017 Actualizado a las 23:24

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La teoría del chorreo ¡en educación!

por 11 junio, 2014

El hecho es que las críticas de que ha sido objeto el Gobierno no tienen que ver con la mayor o menor radicalidad de sus iniciativas, ni con el tiempo que demora en llegar a lo esencial, sino con su pretensión de obtener resultados en un área, mientras no hace referencia alguna a lo que, según la OCDE, es el esqueleto de la educación: los profesores y las familias.

“Donde hay educación –dice Confucio– no hay distinción de clases”. El Gobierno cree, sin embargo, que la inversión en los términos de esa afirmación del filósofo chino no altera en absoluto su sentido.

De otra forma no se explica que una reforma de proporciones (que puede implementar el presupuesto destinado a educación en más de un punto del PIB), estime como prioritarias aquellas medidas que apuntan a la supresión de las clases sociales (o de la segregación) bajo el supuesto indemostrado, ¡e indemostrable!, de que ese solo hecho “produce” educación.

Eyzaguirre reclama, entretanto, paciencia; mientras Bachelet insiste en el único diagnóstico que es compartido: “Se requieren cambios profundos a la educación y no sólo arreglos cosméticos”. Cambios que el Gobierno pretende hacer pero que no tocan –para usar una expresión que está de moda– el corazón de la educación, aunque estén en el centro de la reforma tal y como ha sido concebida por este Gobierno.

El hecho es que las críticas de que ha sido objeto el Gobierno no tienen que ver con la mayor o menor radicalidad de sus iniciativas, ni con el tiempo que demora en llegar a lo esencial, sino con su pretensión de obtener resultados en un área, mientras no hace referencia alguna a lo que, según la OCDE, es el esqueleto de la educación: los profesores y las familias.

El Gobierno no puede, por tanto, llamar a la unidad (y mucho menos esperar paciencia) si es que da señales de estar engendrando a un monstruo informe que, con razón, despierta la sospecha hasta de sus aliados.

Cualquier reforma –eso es obvio– se debe pensar por etapas; y la gradualidad en la implementación de ciertos cambios es, casi siempre, señal inequívoca de realismo y, en consecuencia, también de seriedad.

El hecho es que las críticas de que ha sido objeto el Gobierno no tienen que ver con la mayor o menor radicalidad de sus iniciativas, ni con el tiempo que demora en llegar a lo esencial, sino con su pretensión de obtener resultados en un área, mientras no hace referencia alguna a lo que, según la OCDE, es el esqueleto de la educación: los profesores y las familias.

Es cierto que, donde hay educación, no hay distinción de clases. Confucio lo dijo ya hace 2.500 años. También es cierto que la educación contribuye a la equidad y al crecimiento económico de un país, porque las externalidades positivas de la educación trascienden siempre al individuo. El gran error del Gobierno radica en pensar que puede lograr un objetivo invirtiendo el orden jerárquico natural que se debe seguir para hacerlo.

La reforma educacional reincide, en definitiva, en un error habitual: creer en la teoría del chorreo, pensar que la educación puede ser un epifenómeno derivado de algo que, en definitiva, no es educación.

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