El regreso del consenso y el cartel de las élites - El Mostrador

Domingo, 19 de noviembre de 2017 Actualizado a las 03:29

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El regreso del consenso y el cartel de las élites

por 10 julio, 2014

El regreso del consenso y el cartel de las élites
Es un proceso que al mismo tiempo autonomiza a la esfera política marginando de ella a la vida, los procesos y los movimientos sociales, por considerarlos fuentes de irracionalidad, violencia y división. Dicho de otra manera, ese modo de hacer política autonomiza a las minorías que representan las élites en la toma de decisiones políticas, al mismo tiempo que procura excluir o desmovilizar a las mayorías que se expresan en la calle y que tienen una agenda reformista más radical desde el punto de vista de sus reivindicaciones en derecho; incluso, si me permiten, excluyen a la débil mayoría electoral –pero mayoría al fin– que votó por Michelle Bachelet.

La llegada de Andrés Palma al Mineduc es la culminación de un proceso que, en su lógica política, es casi idéntico al proceso que le acomodó y hasta configuró lo que conocemos como los años de gobierno de la Concertación en la década de los 90, es decir, los años de consumación del modelo neoliberal en la vida cotidiana de nuestra realidad histórico-social.

Ligada al desarrollo y al modo de hacer política de la Concertación en los 90 –como es sabido– está la idea de entender la democracia como la consecución de un pacto, de un consenso. La estrategia para salir del autoritarismo y, por cierto, para no volver a él, al mismo tiempo que se instalaba desde La Moneda el tótem (y el tabú) de la gobernabilidad, fue la llamada “democracia de consenso”.

No obstante, dicho modo consensual de hacer política, propio de una coyuntura específica de salida del pinochetismo, acabó por desplazar con los años al sentido mismo de la democracia que se soñó recuperar, terminando por favorecer a las minorías que se expresan en las clases más acomodadas en lo social, económico, cultural y educacional del país: la lógica del consenso –lo sabemos por experiencia– es un traje a la medida de esas minorías más poderosas.

En consecuencia, nuestra cultura política ha sido sólo aparentemente democrática, pues en muchos sentidos –y creo que hoy en Educación lo estamos volviendo a presenciar– ha sido cooptada por el privilegio de negociación de las élites.

Pues sí, son y han sido las mismas élites las que pactan, explican los hechos y hasta sugieren la normatividad para orientarlos o salir de los conflictos cuando estos emergen, incluso si esta emergencia lo es, como en estos años, en cuanto movilización social: al mismo tiempo que sugieren los instrumentos de tecnología instrumental política, se autoerigen como garantes de la racionalidad de toda decisión, también política.

En un ya clásico libro del año 1986, O’Donnell y Schmitter llamaron a la creación de este club de actores que hacen política, desde esta muy particular lógica de pactos y consensos, la creación de un “cartel de élites”, que es en concreto una fórmula equitativa para distribuir prebendas de todo tipo… distribuir entre ellos, por cierto. La hipótesis de estos autores es que los pactos que implica esa confluencia restringida de las élites partidarias civiles predominantes (como, por ejemplo, las propias de la época de la transición desde el autoritarismo pinochetista) son mucho más perdurables de lo que se puede imaginar, pues su carácter pronto alienta naturalmente su perpetuación.

La intervención del Mineduc por parte del partido del orden, no es sino una expresión más de la lógica que ha seguido esta nueva reforma a la educación chilena, planteada como siempre desde arriba. Y en todo este juego –no se debe perder la brújula– lo que Palma representa es mucho más la agenda conservadora del “principado DC”, antes que a aquellos que tienen, al interior del partido, una apuesta más progresista. Valga lo mismo para lo que representan los demás “asesores” que tienen intervenida a la cartera de Educación.

No es difícil percibir que el “dispositivo Palma” fue instalado por el mismo Eyzaguirre, previo visto bueno de Ignacio Walker, para colaborar, primero, en el pacto al que necesariamente llegarán las élites (si es que ya no) en la ingeniería de los instrumentos reformistas; segundo, para plasmar bajo la fórmula de una negociación, en apariencia democrática, una agenda de cambio sin riesgos para los intereses económicos en juego; y, tercero, para articular un discurso que refuerce la idea de que los fines políticos perseguidos por la Nueva Mayoría no han sido traicionados por el vaivén del tejemaneje consensual, eso que ellos llaman “hacer política”.

En rigor, la clase política chilena no sólo entiende por esa práctica lo que llama “hacer política”, sino sobre todo lo que entiende por hacer “alta política” (es peor). Por lo tanto, no es difícil ensayar la tesis de que la Nueva Mayoría –dado lo que estamos viendo en Educación– aprendió al pie de la letra de su maestra, la Concertación, esta metodología.

Es un proceso que al mismo tiempo autonomiza a la esfera política marginando de ella a la vida, los procesos y los movimientos sociales, por considerarlos fuentes de irracionalidad, violencia y división. Dicho de otra manera, ese modo de hacer política autonomiza a las minorías que representan las élites en la toma de decisiones políticas, al mismo tiempo que procura excluir o desmovilizar a las mayorías que se expresan en la calle y que tienen una agenda reformista más radical desde el punto de vista de sus reivindicaciones en derecho; incluso, si me permiten, excluyen a la débil mayoría electoral –pero mayoría al fin– que votó por Michelle Bachelet.

En un ya clásico libro del año 1986, O’Donnell y Schmitter llamaron a la creación de este club de actores que hacen política, desde esta muy particular lógica de pactos y consensos, la creación de un “cartel de élites”, que es en concreto una fórmula equitativa para distribuir prebendas de todo tipo… distribuir entre ellos, por cierto. La hipótesis de estos autores es que los pactos que implica esa confluencia restringida de las élites partidarias civiles predominantes (como, por ejemplo, las propias de la época de la transición desde el autoritarismo pinochetista) son mucho más perdurables de lo que se puede imaginar, pues su carácter pronto alienta naturalmente su perpetuación.

“Chile cambió”, es el eslogan que se usa desde La Moneda como Leitmotiv de su agenda reformista en Educación. Sin embargo, por debajo del marketing comunicacional, desde las napas subterráneas que irradian vida política a la Nueva Mayoría, está este “cartel de las élites”, preocupado principalmente de su perpetuación. Ellos mismos le llaman a eso públicamente, con más sofisticación, “gobernabilidad”: eso de lo cual Boeninger no es sino su mejor profeta, y el “dispositivo Palma”, un eslabón más de una aceitada cadena de poder.

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