Viernes, 26 de agosto de 2016Actualizado a las 20:15

Autor Imagen

Podemos y lo político

por 5 enero 2016

La elección general del 20D en España deja muchas lecciones, pero una en particular es relevante para lo político: Podemos mostró que la fractura de lo social y lo político no es una brecha insaturable. Que es posible transitar desde un conjunto de demandas sociales insatisfechas y muchas veces indiferenciadas entre sí (“los indignados”) a una articulación de todas ellas, agrupadas tras un nombre que en su vaciedad las significa a todas: la casta.

Podemos mostró que la articulación política no anula la especificidad de las demandas sociales, como a menudo alegan los defensores extremos del purismo de lo social, sino que es la manera en que sus potencialidades transformadoras se vuelven realmente incidentes –cuando alcanzan la universalidad que la demanda local no le provee–.

Mostró que la horizontalidad de la protesta social requiere de una frontera que trace con claridad los contornos del dispositivo hegemónico que se quiere desafiar. En esto, Podemos dio cátedra, pues advirtió que dicha frontera pasa muchas veces por lugares impensados. Atraviesa territorios otrora inundados de lucha social, obrera y de izquierda, como lo fue el PSOE, pero cuyos dirigentes hace tiempo han devenido “miembros originarios de la casta”.

Supone, finalmente, rechazar el mote “le hacen el juego a la derecha” y reemplazarlo por la respuesta prístina de Pablo Iglesias: ¡pero si ‘ustedes son la casta’!

En ello, el símil con el caso chileno es innegable. Atreverse a antagonizar esos actores y territorios requiere agudeza, audacia y liderazgo político. Exige estar dispuesto a convertirse en ‘los intrusos que llegan a patear el tablero’, como recuerda a menudo Germán Cano (el que mejor lee a Podemos en palabras de Íñigo Errejón). Supone, finalmente, rechazar el mote “le hacen el juego a la derecha” y reemplazarlo por la respuesta prístina de Pablo Iglesias: ¡pero si ‘ustedes son la casta’!

Pero, por sobre todo, Podemos mostró que el tiempo de lo político no es lineal, que tiene saltos de aceleración en el que los días no se cuentan en horas, sino en batallas; en que las reuniones y mítines no se registran en actas, sino en liderazgos y voluntades nuevas; y en que las adherencias, simpatías y militancias crecen geométricamente y a borbotones. La no-linealidad de lo político que se opone a la rutina de la administración política (la “pseudopolítica” a decir de Moulián), deja en su justo lugar la tesis de que “no hay atajos en política” –que solo revela un pesimismo que termina siendo sistémico–.

En esto, Rosa Luxemburgo tenía razón al oponerse a aquella actitud supuestamente ‘objetiva’ de esperar por “el momento correcto” –cuando las circunstancias estén maduras para producir un acontecimiento político, pues si se espera por el tiempo “justo”, nunca nada cambiará–. Si algo hizo Podemos en España fue no esperar.

Una última nota a la mentada influencia de Laclau en Podemos. Desde Laclau, lo político es una lógica, no un programa. En tal sentido (formal) podría interpretar el Mas boliviano, el Kirchnerismo argentino, pero también el Podemos español. Más aún, Podemos acude a Laclau no por lo que dicen los párrafos de sus textos, las letras de sus oraciones o los acentos de sus frases, como solía hacerlo la vieja izquierda ortodoxa con los libros sagrados –manualizados en su decadencia–. Si Podemos acude a Laclau –como dicen algunos de sus dirigentes– lo hace, me parece a mí, por el formalismo que la teoría laclausiana provee a la actividad más propiamente ilógica de la vida: lo político. Un formalismo articulatorio que no puede, por definición, capturarlo de una vez y para siempre, pero que tampoco esconde su coparticipación en el empeño de formularlo. Esa es la última lección de Podemos: la teoría sirve como lógica, nunca como manual.

Compartir Noticia

Más información sobre El Mostrador

Videos

Más Noticias

Blogs y Opinión

Encuesta

Mercados

TV

Cultura + Ciudad

Deportes