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El fin de los consensos, tiempos de turbulencia

por 10 enero 2016

Como en la política doméstica, podemos apreciar cómo se erosionan los consensos que han permitido una cierta estabilidad en el sistema internacional. No es que no se hayan registrado crisis o conflictos cruentos con anterioridad a las disputas ocasionadas por la creación del Estado Islámico, es que pareciera que nos acercamos rápidamente al final de los consensos mínimos que la Carta de las Naciones Unidas representaban entre los países en el contexto post Segunda Guerra Mundial. ¿Cómo explicar ello?

Occidente, encabezado por Estados Unidos y sus aliados, se han presentado como la encarnación del “Gran Satán”, de hecho algunos internacionalistas destacaron el fin de la sociedad internacional luego de la invasión a Irak por parte de Estados Unidos en la década de los noventa del siglo pasado, acción realizada al margen del derecho internacional y cuyo objetivo habría sido  rediseñar los mapas de países árabes.

Es sistemático que se escuche y lea en los medios de comunicación social la visión desde distintos actores del Islam e incluso dentro de las corrientes pacifistas que tienen asiento en el mismo occidente, de que durante el siglo XIX y XX Occidente creó, según sus propios intereses, los mapas de África, gran parte de Asia y medio oriente. Este orden internacional habría puesto camisas de fuerza entre las disputas que hoy apreciamos en el seno de la comunidad musulmana. Estas diferencias teológicas y políticas provenientes desde el siglo siete de la era cristiana entre Chiítas y Sunnitas, hoy se descongelan con gran rapidez entre los países de población musulmana.

La discusión sobre el alcance que tienen los derechos de la persona y su reconocimiento por parte de las civilizaciones, nos motiva a entrar al tema de la evolución respecto del reconocimiento de los mismos, para así sortear elementos que pudieran corresponder más bien a coyunturas políticas en un juego de poder más que a otras consideraciones.

Por un lado, la inconsistencia de los países occidentales entre sus doctrinas políticas (democracia liberal) y los intereses de las potencias en lo económico y militares, van apoyando la erosión de tesis de tipo universalistas, que brindan abrigo a los consensos mínimo en conducta entre los actores del sistema internacional. Hoy, más que ayer, queda en evidencia que dichos consensos expresados en normas imperativas, es decir, sobre una supuesta moral rectora, no habían sido internalizados por todos los individuos miembros de distintas comunidades culturales. Es más, pareciera que los actores centrarles en la edificación de esas normas, simplemente las instrumentalizaron para ampliar su poder.

Las teorías universalistas de respeto a la persona nacieron básicamente desde el republicanismo francés, ellos levantaron los valores de protección universales de carácter político, social, económico y cultural apartadas de las ideas teológicas y corrientes humanistas adscritas a la moral  que ya habían avanzado en esa dirección mucho tiempo antes. Estas teorías políticas crearon un contexto en que se admitía la necesidad de la imposición de estas normas superiores por medio de reformas (cruentas si fuera necesario), para así hacerlas parte de los cimientos de la nación. Esto queda en evidencia tras la caída del Muro de Berlín, momento en que surgieron como principales hipótesis de conflicto las reivindicaciones culturales o civilizacionales, que primeramente han sostenido que los derechos contenidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y en los estatutos de las organizaciones intergubernamentales del sistema internacional (en especial el de la ONU), no son coincidentes con las tradiciones de algunas civilizaciones.

La discusión sobre el alcance que tienen los derechos de la persona y su reconocimiento por parte de las civilizaciones, nos motiva a entrar al tema de la evolución respecto del reconocimiento de los mismos, para así sortear elementos que pudieran corresponder más bien a coyunturas políticas en un juego de poder más que a otras consideraciones.

Si vamos un poco más lejos, resulta ilógico que a tres años de terminada la confrontación mundial sea consensuada la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, cuestión que en definitiva nos plantea dos hipótesis. Por un lado, tras la hecatombe de 60 millones de muertos y el lanzamiento de dos bombas de atómicas, entre otros crímenes y actos genocidas, el hombre se descubrió a sí mismo, comprendió su dignidad, ocurriendo el “milagro” del surgimiento del nuevo hombre. De hecho, recordemos que la Sociedad de las Naciones, según Carl Schimtt, había fracasado con el intento de terminar con la guerra desde la abolición de la misma en el plano jurídico.

Es decir, la Primera Guerra Mundial no había sido suficiente, pero si consideramos al iusnaturalista Francisco de Vitoria, éste ya había desarrollado el concepto de justa causa belli, doctrina sepultada en la conformación de la sociedad internacional moderna, en la cual tuvieron primacía las doctrinas de Clausewitz, para quién la guerra era la continuación de la política (sus objetivos) por otros medios. Con dicha mentalidad, actualmente aceptada, se hace complejo afirmar que la idea de los derechos de las personas estaba arraigada en el período de post Guerras Mundiales, y se hace más difícil de que la llega del siglo XXI haya traído mayor presencia personalista en la creación de sustentos mínimos o principios básicos de protección de las personas en medio de las relaciones interestatales.

Pareciera que el consenso es precario en tiempos de relativismo, así Occidente se ve más expuesto, porque al relativizar sus cartas magnas y los principios basales de la democracia que están presentes en las Normas Imperativas que rigen la Carta de la Naciones Unidas, los principios de la propia Unión Europea, entre otros, facilita que quienes habían sido presa de las imposiciones geopolíticas de Occidente y que hoy presentan posturas disruptivas en el escenario internacional, puedan traer de regreso posibles conflictos armados de alta intensidad, ya que pareciera que muchos actores centrales del sistema internacional han renunciado a la convicción de vivir en paz y estabilidad, de denunciar (aunque en algunos casos solo declarativamente) los abusos a los derechos humanos cometidos por algún Estado.

Tal vez ahora se ha sincerado más la política exterior. ¿hay o habrá espacio a la defensa de las personas en sus derechos básicos en las relaciones entre Estados?, ¿o siempre quedará al vaivén de las coyunturas internacionales?. Desde la historia, la libertad nos revela que ello dependerá de quienes posean el poder y que siempre habrá ocasión para avances y retrocesos.

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