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Las secuelas del pleno del PS: el nuevo partido de centro

por 11 enero 2016

Las secuelas del pleno del PS: el nuevo partido de centro
Lo significativo de la decisión del pleno de comité central es que explicita una resolución que hasta hoy permanecía más o menos implícita o que era fácil de achacar (por su negatividad) al duro de matar, Camilo Escalona, quien siempre era el único dirigente que defendía a rajatabla su invento del eje histórico PDC-PS.

Como sucede siempre cuando se concurre a un acuerdo incómodo para una de sus partes, hubo dimes y diretes previos de esos que se ofrecen a la galería, que logran encender un poco el pálido debate y que sirven para catalizar la rabieta que provoca tener que tragarse el sapo entero que significaba concurrir a aliarse con el partido que le ha puesto más trabas a Michelle Bachelet. En particular, cuando la decisión ya había sido tomada por su comisión política –la que votó también la no realización de primarias de alcaldes y concejales–, cuya resolución, al igual que la de su comité central, pone en duda la validez de un congreso ya en marcha.

Más aún cuando la viveza del PPD dejó a la dirigencia del PS sin ninguna excusa para no explicitar, de una vez por todas, lo que se sabe desde hace tiempo: el nuevo rol de centralidad que el PS desempeña no solo en la coalición sino también en un sistema político en crisis.

El malestar reinante se extendió incluso hasta la propia inauguración del evento y se puso en boca de la senadora por Atacama: “Sería perfectamente entendible que algunos de los nuestros quisieran reprochar a nuestros aliados los errores innecesarios que han cometido”.

Pero la realidad siempre es más fuerte y, pese a las entusiastas declaraciones, primero de Osvaldo Andrade y luego de Isabel Allende, en torno a reponer un eje progresista cuando el lifting del triunfo de 2013 parecía hacer recuperar a los socialistas sus ímpetus transformadores y el cielo aún no era amenazado ni por Caval ni Soquimich, el acuerdo electoral municipal PS-PDC era un hecho no solo porque luego del pacto PPD-PC y PR los socialistas quedaron sin margen de maniobra, ni por la fuerte presión de Palacio para suscribirlo, ni porque a Isabel Allende quisiese posesionarse como un factor de unidad en vísperas de una potencial candidatura presidencial, sino porque lisa y llanamente la oligarquía metropolitana que conduce el PS –y más allá de los debates previos a las elecciones internas que a veces despiertan unas aporreadas bases y de unas resoluciones congresales nunca implementadas– tomó hace más de una década la decisión de transformar al antaño partido rebelde en un factor de moderación y orden. Y ahora no ha hecho más que explicitarlo.

No es casual que las intervenciones del vocero Marcelo Díaz, José Miguel Insulza, Isabel Allende o la propia Michelle Bachelet en su carta al pleno hayan defendido el rol del PS como el “partido eje” o “articulador” de la coalición de centroizquierda y ese no es otro que asumir que el socialismo local, por consenso de su dirigencia, es el nuevo referente de centro de nuestro desgastado sistema político.

Lo importante de la resolución es que ya no está la excusa perfecta de Escalona que expíe la responsabilidad colectiva del viaje al centro del PS aunque, como acostumbra, sí estuvieron sus argumentos del miedo para defender el acuerdo: “Yo grité ‘momio, gusano, democratacristiano’ cuando marchaba en la época de la Unidad Popular. No era un grito suave. Pero esa euforia causó un daño que fue más allá del Gobierno de Salvador Allende. Si rechazamos este acuerdo, hacemos fracasar al gobierno de Bachelet”.

El sábado pasado, como ya se ha hecho costumbre, con un alto ausentismo de sus integrantes  –sufragó apenas el 50% de un total de 112 miembros–, se aprobó la suscripción del pacto PS-PDC para enfrentar las próximas elecciones de concejales con apenas 54 votos a favor (48%), 1 en contra y 2 abstenciones. El resto de sus miembros se las arregló para no hacerse presente al momento de votar, sea por decepción o por tedio.

Y es que votar el acuerdo electoral con el PDC era para muchos de ellos un trámite tedioso que hay que hacer nada más por un deber (y algo de vergüenza), esperando que el trámite pase lo más rápido posible para irse pronto. Y es relevante el ausentismo observado, pues aun estando mediada la votación por “la cooptación”, el peso de La Moneda y la responsabilidad de ser el partido eje de gobierno, el pacto apenas se aprobó por menos de la mitad de los miembros en ejercicio. Es que la oligarquía política que conduce al PS no ignora la indignación de sus militantes con la actitud de una parte de la dirigencia del PDC, pues creen, sinceramente, que traicionan el programa de Gobierno comprometido y, con ello, a su militante más destacada.

Fue Osvaldo Andrade, sin más sofisticación que Escalona pero con mucha mayor viveza, quien se dio cuenta tempranamente que se podía conducir al PS sin tener que pagar el costo de liderar su viaje al centro.

El rol moderador del PS: ¿qué tipo de centro?

En la clásica teoría política los partidos de centro son clave para la permanencia/explosión de los sistemas políticos. En ese sentido, la trágica experiencia chilena sirvió como modelo para explicar cómo la existencia de centros “desbordados” –como el PDC y el PR– provocaron la erosión del sistema político, generando una fuerza centrífuga que acabó con nuestra vieja democracia, al punto que Sartori llegó a sintetizar que “si una posición de centro requiere un ‘papel mediador’, ese es un papel que nunca han desempeñado bien ni los radicales, ni después el PDC” en Chile.

De allí que una de las obsesiones de Guzmán y de quienes diseñaron el binominal fue la eliminación de un sistema multipartidista competitivo (o polarizado) y su remplazo por un modelo binominal que atenuase la pulsión centrífuga del sistema y que ordenara a los partidos en torno a dos bloques con alta tendencia a la moderación y a buscar la centralidad política, disminuyendo el rol de las posiciones extremas, lo que se vio favorecido por un contexto histórico-político –el fin de las utopías de cambio– que hizo, además, que los partidos que ocupaban posiciones de centro tuvieran un alto pragmatismo.

Ese rol, a lo largo de toda la década de los 90, lo cumplió a cabalidad el PDC chileno, que fue el puente o catalizador que en los primeros diez años de la transición moderó a los impulsos centrífugos de dos polos históricamente opuestos: la UDI y el PS.

No es casual que la unidad socialista se logre recién en diciembre de 1989 y con la idea de constituirse en un frente de contención (“la casa común de la izquierda”) al ímpetu conservador democratacristiano, a fin de generar un polo progresista junto al PPD, papel que se extendió hasta enero de 2005, en que la defenestración de Gonzalo Martner y el ascenso de Camilo Escalona cambió el rol progresista del socialismo chileno y se reemplazó por un pacto con el PDC –no es casual que la primera competencia electoral oficial entre el PS-PPD se produjera ese año en la 9° Circunscripción senatorial  de O’Higgins, entre Juan Pablo Letelier y Aníbal Pérez– que se estrenó oficialmente en las elecciones de concejales de 2008 y cuando la DC venía en evidente descenso electoral.

El PS desde allí abandonó su rol articulador de la izquierda, pues la nueva dirigencia decidió, en aras de mantener la vigencia de la coalición, convertir al partido en el eje de la Concertación, factor de moderación, para mantener la vigencia de la misma, asumiendo conscientemente dos costos no menores: el subsidio electoral permanente del PDC para hacer viable la sobrevivencia de la alianza, lo que hizo trizas el diseño e inició su diáspora y fragmentación.

No está de más recordar que tres  de los candidatos presidenciales de 2009 provenían del PS: Navarro, ME-O y Jorge Arrate, así como –en paralelo a la asunción del rol moderador del PS en la coalición– fueron proliferando los referentes de izquierda: MAS, PRO, RD, IA, etc., que el papel de “casa común de la izquierda” había, hasta allí, contenido.

Por cierto, a diferencia del pasado el rol de centralidad del PS en el actual modelo político y como miembro articulador de la coalición de Gobierno no es el de la sobreideologización que jugó el PDC en la vieja república y que expulsó a la radicalización a los extremos. Por el contrario el PS desempeña hoy la función de un centro bastante pragmático –baste revisar las radicales medidas que toman sus bases en los eventos congresales versus la práctica política conservadora de sus directivas–, que se diferencia en algunas cosas del viejo Partido Radical, pero que en otras se asemeja bastante  –la empleomanía fiscal, por ejemplo–.

Y es que, en definitiva, al igual que en la vieja república, la figura que mantiene unida a la comunidad política chilena, en particular aquella que constituye Gobierno, sigue siendo la Presidencia de la República y las prebendas y beneficios que se derivan  de estar próximos a ella.

De allí que algunos planteen que, en realidad, el PS ni siquiera es un partido de centro sino un colectivo que hace de la obtención de cargos en el Estado su razón de ser en política y que la coincidencia de que una de sus militantes esté a cargo del Ejecutivo hace que el PS mute, rápidamente, a miembro conspicuo del partido del orden con el objeto de mantener ese estatus.

Lo significativo de la decisión del pleno de comité central es que explicita una resolución que hasta hoy permanecía más o menos implícita o que era fácil de achacar (por su negatividad) al duro de matar, Camilo Escalona, quien siempre era el único dirigente que defendía a rajatabla su invento del eje histórico PDC-PS. El que fuese una directiva encabezada por Isabel Allende, la principal opositora a la gestión del ex senador, la que formalizó el acuerdo electoral municipal con el PDC da cuenta del consenso al interior de la oligarquía partidaria metropolitana en torno al rol de centralidad y articulación del PS en la compleja coalición de Gobierno. Función que se acrecienta por la pulsión centrífuga hacia la derecha de una DC cada vez más desorientada, a la cual es necesario seguir cobijando dentro de la coalición oficialista.

En ese contexto resulta explicable que a Isabel Allende, tal vez miembro no conspicua del partido del orden pero con el trauma latente de la Unidad Popular, le resulte mucho más cómodo suscribir y afianzar un acuerdo que no es propio pero que, ante la incertidumbre, le permite seguir vigente, pues sin hacer un gran esfuerzo la coyuntura política la tiene como favorita en las encuestas. Para qué cambiar esa inercia que bien la podría llevar hasta alcanzar la Presidencia sin hacer grandes sacrificios ni experimentos.

La senadora por Atacama sin exhibir un proyecto político alternativo al del orden ni destacándose por el patrocinio de grandes iniciativas legislativas, ha logrado administrar bien una pesada herencia que la podría catapultar a la primera magistratura. En tal sentido, ganar la confianza del PDC es un paso más en esa ruta, aunque sea a costa de administrar un modelo político que es funcional a Camilo Escalona, quien sigue detentando no solo la autoría del acuerdo que su principal adversaria interna acaba de ratificar sino que, además, dirige una corriente política al interior –de la cual es parte la propia Presidenta de la República– que ostenta la mayor cantidad de cargos en la administración del Estado, la cual –pese a su estrepitosa derrota de abril pasado– en la nominación de cargos, aun después del triunfo de la senadora, continúa siendo absolutamente favorable a la Nueva Izquierda: la nominación del Intendente de O’Higgins, la de Viera-Gallo en la embajada en Argentina, la de Insulza en La Haya, dan cuenta del predominio del ex senador y de su corriente en la administración del Estado.

Fue Osvaldo Andrade, sin más sofisticación que Escalona pero con mucha mayor viveza, quien se dio cuenta tempranamente que se podía conducir al PS sin tener que pagar el costo de liderar su viaje al centro.

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