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Escenario político cero

por 14 enero 2016

Escenario político cero
Para la coalición gobernante, la sola administración del Gobierno ha sido un drama. Instrumento político principal de su ejercicio de poder, la administración hace rato que se transformó en la fuente principal de las discordias dentro del oficialismo. El vínculo entre la Presidenta y sus ministros está sujeto, no a una voluntad política, sino al arbitrio de las simpatías o los buenos o malos modales.

Las pequeñas escaramuzas de la política cotidiana y los daños institucionales dominan un escenario político en el cual nadie tiene un poder determinante ni actúa con pretensiones de ordenarlo.

Los caudillos y jefes de los grupos políticos intentan tomar pequeñas ventajas frente a sus adversarios –de campo propio o de la pléyade antagónica–, más para defenderse de la incertidumbre sobre el curso de los acontecimientos que por el convencimiento de que hacen algo necesario.

Es inevitable que en un sistema político fragmentado y de escasa cohesión doctrinaria, todo se vuelva volátil. Las escaramuzas sin valor estratégico, alimentadas solo de ambiciones individuales o el temor de perder el control político, carecen de la fuerza germinal para construir un futuro. Todo es pasado, incluso la manera de percibir los hechos y los criterios para juzgarlos y procesarlos. La búsqueda de la estabilidad e intangibilidad del poder propio se torna obsesiva en medio de una generalizada desvalorización de las posiciones en la política.

Este es el diagnóstico de un escenario político dominado por el flujo incontrolable de hechos espontáneos y errores forzados por la tiranía de la incompetencia gubernamental, que transforma todo en problemas y desavenencias.

Las razones de que ello ocurra provienen de manera fundamental del ojo político aplicado a los temas y problemas, que da curso a una dogmática ideológica propia del pasado, tanto a izquierdas y derechas.

Miradas maniqueas y vacías de imagen del país que se desea construir, y que dan cuenta de bastos y vastos sectores políticos, totalmente degradados por el ejercicio del poder corrupto y sin responsabilidad frente a lo público.

A estas alturas, si algo existe de Nueva Mayoría, es un simple pacto electoral, que se mantiene solo por los beneficios y ventajas políticas enormes que otorga a un partido político el ser parte activa del Gobierno. Toda otra ilusión ha muerto o se encuentra en trance agónico, como ocurre con la reforma laboral en curso.

Para la coalición gobernante, la sola administración del Gobierno ha sido un drama. Instrumento político principal de su ejercicio de poder, la administración hace rato que se transformó en la fuente principal de las discordias dentro del oficialismo. El vínculo entre la Presidenta y sus ministros está sujeto, no a una voluntad política, sino al arbitrio de las simpatías o los buenos o malos modales. La generación de prioridades gubernamentales se resuelve entre la inercia y las presiones extrapolíticas. Hace mucho rato ya que La Moneda y los partidos de la coalición oficialista no tienen un sistema de relacionamiento entre ellos, y los mecanismos que se usan cada vez que accionan, arrastran la idea de una crisis política interna o una negociación forzada para mantener vigente la alianza gubernamental.

A estas alturas, si algo existe de Nueva Mayoría, es un simple pacto electoral, que se mantiene solo por los beneficios y ventajas políticas enormes que otorga a un partido político el ser parte activa del Gobierno. Toda otra ilusión ha muerto o se encuentra en trance agónico, como ocurre con la reforma laboral en curso.

Al desgano se suma la ambigua amenaza de partidos como la DC de terminar con la sociedad política. Pero ello es tan solo superestructural. En lo esencial, la DC no está en condiciones de abandonar el Gobierno para salir a ninguna parte. Y si un grupo como los 26 de la carta famosa decidieran hacerlo, tendrían el destino de Adolfo Zaldívar: el vacío político. Carecen de carisma y arraigo político social para abandonar un puerto seguro y confortable –aunque poco amable– en el Gobierno y cambiarlo por la promesa de una pieza en un altillo y un amor clandestino en su eventual maridaje con la derecha.

Esta misma derecha que, cercada desde siempre por su pasado pinochetista o los abusos de mercado, de los cuales es doctrinaria defensora, carece del oxígeno necesario para crecer o aumentar su poder político de manera segura. Dividida al infinito sobre la misma base de poder social y político, poco tiene para ofrecer. A menos que se descuelgue al populismo conservador de Ossandón o se entregue, lánguida, al neocaudillismo de Piñera.

La aparición de los viejos cuadros concertacionistas de la política consociativa con la derecha, Ricardo Lagos o Jose Miguel Insulza, aunque sin la resonancia que ellos esperaban, obtiene más simpatía en los núcleos de poder económico que las protocandidaturas DC o, incluso, de la propia derecha. Ofreciendo sensatez y racionalidad frente al neocaudillismo de Bachelet, visitando La Moneda subrepticiamente (Lagos) o recorriendo el país para “explicar” los problemas con Bolivia (Insulza), persisten en juzgar las cosas con los ojos del siglo pasado y creen que el smartphone es la revolución tecnológica de Chile.

El país está abierto en el curso de sus acontecimientos políticos. Empatado en voluntad, anulado en imaginación política, a merced de hechos espontáneos o espectaculares, todo está en cero.

La ciudadanía cambió la frecuencia y el escenario cero del 2016 significa que, si la mayoría se decide a ir a votar, puede haber grandes sorpresas. Nada está dicho de manera definitiva e, incluso –abstención o apatía electoral de por medio–, pueden salir elegidos los mismos que hoy experimentan el rechazo ciudadano.

Gabriel Boric o Giorgio Jackson son más que Ricardo Lagos o Jose Miguel Insulza en creatividad política y sentido de futuro. Y, en general, hay que abrir espacio al surgimiento de una nueva generación política. Con todo, queda una duda importante en el centro de este escenario: Marco Enríquez-Ominami y Andrés Velasco Brañes.
Ninguno de los dos puede ser dado por muerto.

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