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El TPP y los socialistas: globalización neoliberal versus soberanía democrática

por 12 febrero 2016

En el XXX Congreso Nacional del Partido Socialista de Chile, después del proceso de congresos comunales y regionales realizado en las semanas previas, llegó de Concepción el voto político de rechazo al TPP como postura institucional del partido. La moción, discutida en la comisión política de la instancia nacional, fue aprobada con vítores y unanimidad por parte de los delegados. Así, el voto fue presentado íntegro en la plenaria que debía dirimir al respecto. Este voto no dejaba lugar a dobles interpretaciones: abogaba por la negativa unánime al tratado, justificándose en la defensa de la soberanía nacional, en la defensa del patrimonio cultural y del aseguramiento de las libertades civiles que se han conquistado en nuestra bicentenaria república sureña.

En la plenaria, Isabel Allende tomó la palabra. La senadora planteó que ese voto era una irresponsabilidad política y una deslealtad con el gobierno encabezado por Michelle Bachelet, dado que la Presidenta ya había comprometido su público apoyo al TPP y, por tanto, era una señal política equívoca que el PS, partido de la propia Mandataria, se desmarcara de este acuerdo, mientras se escucharon pifias por amplia parte de los asistentes. El diputado Fidel Espinoza, por su parte, señaló enfático que el PS debía rechazar el TPP, que no podía pasar lo mismo que pasó con la Ley Monsanto aprobada en su primer trámite constitucional, en el penúltimo día del primer gobierno de Bachelet, todo esto con la misma excusa de no quitar apoyo a la gestión de la Mandataria, y que, a juicio del parlamentario, pesó en esas elecciones como una decisión avalada por los socialistas, que atentaba contra el patrimonio natural y económico de nuestro país.

Por otro lado, mientras el diputado Daniel Melo señalaba su rechazo, el diputado Marcelo Schilling salía a defender la posición de la presidenta del partido, dando información equivocada a lo que el propio tratado plantea. Schilling señaló, como defensa del TPP, que este permitiría reducir los años de exclusividad de licencias farmacéuticas a 5 años. Al contrario de lo que plantea el diputado, esto es lo que ya existe, desde la instauración del TLC con EE.UU. el 2003, es decir, en este ámbito no ganamos nada. Es más, se supo por las filtraciones del secreto documento que originalmente el TPP pretendía aumentar a 12 años dichas licencias, lo que ya ni siquiera resulta neutro, sino que claramente perjudicial.

Finalmente, luego de una larga discusión guiada con poca objetividad por la mesa del Congreso, se morigeró el voto político. En vez de rechazo, se planteó una “observación crítica del TPP” por parte de los parlamentarios socialistas (¡como si eso no fuera actualmente el rol que les cabe por el solo hecho de ser parlamentarios!). Toda esta situación deja al menos tres elementos sobre los cuales creo importante reflexionar.

  1. La división de poderes es una entelequia cuando se es oficialismo

En el XXX Congreso, cuando se inició la discusión del siguiente voto político, una vez artefactualmente acabada la polémica suscitada por el TPP, una de las delegadas congresales gritó “¿para qué vamos a discutir?, preguntémosle al gobierno qué opinan mejor”.

El grito, que sacó risas a varios de los asistentes, no dejaba de evidenciar la inconsistencia fundamental del argumento de Isabel Allende: apoyar porque la Presidenta apoya. Sin más, sin sustento ideológico, sin siquiera defender el tratado (cuyo contenido ha sido solo parcialmente revelado en una de las afrentas más insultantes a la democracia desde que tenga memoria).

¿Y es que acaso la labor del Legislativo no debiese tener autonomía respecto al Ejecutivo? Este poder del Estado está constituido como tal precisamente para velar para que el Ejecutivo ejerza su mandato sin atentar contra, no solo principios legales, sino que también políticos en el más puro sentido de la palabra. Como señalaba Tomás Hirsch en su columna, el amarre de incorporarse como miembro al TPP, además de no mostrar beneficios, implica cesión de soberanía en ámbitos con los que ningún Estado ajeno debiese interferir.

La intervención de Isabel Allende viene a visualizar que la separación entre el Ejecutivo y el Legislativo no es del todo real, y un partido que se define republicano como el PS, mediante la voz de la propia presidenta partidaria, lamentablemente contribuye a que esta separación no sea efectiva y, peor aún, a que sea en desmedro de la ciudadanía.

  1. La democracia como sabiduría colectiva no está siendo respetada

Con todas las imperfecciones que puedan tener los sistemas democráticos, nada evidencia una mejor forma de gobierno al día de hoy, es más, las democracias más exitosas son aquellas que han podido profundizar los ámbitos de discusión pública y deliberación colectiva, superando el reduccionismo del sistema solo como elección de autoridades.

Del principio básico de la democracia, que es que el poder reside en el pueblo, se deduce que las decisiones colectivas sobre asuntos públicos son mejores, no solo por su representatividad intrínseca, sino porque quién mejor que el pueblo, la gente, sabe qué cosas le resultan beneficiosas o perjudiciales. Si se es demócrata, un asunto de tal relevancia como el TPP debiese ser así dirimido. Al no existir prácticas de democracia directa en Chile, la responsabilidad recae así en nuestros parlamentarios, a pesar de la legitimidad que tiene el actual Congreso por el origen antidemocrático de la Constitución vigente, y con ella de los mecanismos de elección (el binominal fue sustituido el año pasado, pero hasta las próximas parlamentarias seguirá expresando su lógica en el Congreso).

Todos los parlamentarios del PS, si pretendieran cumplir con el deber encomendado, tendrían que representar a las ideas por las cuales, al amparo de la insignia socialista, lograron ocupar el escaño que actualmente utilizan. Estas ideas son el resguardo de la soberanía nacional, la protección de empleos estables y de las condiciones de los trabajadores, la defensa de la libertad no económica, sino civil, y la innegable necesidad de impedir las pretensiones hegemónicas e imperialistas, por parte del poder del capital estadounidense, sobre las costas del Pacífico, ya que si el anverso del TPP es la precarización laboral y la restricción de libertades civiles, el reverso resulta ser el interés geopolítico evidente de dar protagonismo a la potencia del norte, en un escenario marcado por una disminución progresiva de su influencia en estas tierras del 2000 a la fecha. Estas ideas tienen una sola traducción que para las bases del PS resulta sustancialmente más clara que para los propios parlamentarios, y esta es rechazar el TPP.

3) ¿El PS como medio o como fin?

Luego de la escueta argumentación de Isabel Allende, solo nos queda el ejercicio especulativo. ¿Por qué el apoyar una medida que venga del gobierno es un fin en sí mismo? Probablemente, en este caso, para mostrar unidad, pensando en que esta actitud sea premiada en las próximas elecciones, sin analizar, por cierto, el impacto negativo de aprobar algo que no se espera que un socialista apruebe, como este tratado.

Al respecto es importante señalar que la lealtad en la vida y en la política es sin duda una virtud. Pero así como los mejores amigos demuestran lealtad cuando dicen la verdad incómoda que no queremos oír, la lealtad primera del PS es con Chile y los chilenos, secundariamente con el gobierno, la institucionalidad propia de lo que se denomine partido o su coalición.

Si del Ejecutivo asumieron las negociaciones impulsadas por la administración anterior, y aún a la fecha no se ha entregado un solo buen argumento a la ciudadanía para defender este tratado, el rol del PS es velar por el bienestar del país y su gente. Marisa Matias, política portuguesa y reciente candidata a la presidencia lusa, señalaba en una entrevista una obviedad que a veces los militantes olvidamos: no somos de un partido político, sino que los partidos nos pertenecen a nosotros como ciudadanos.

¿Por qué el apoyar una medida que venga del gobierno es un fin en sí mismo? Probablemente, en este caso, para mostrar unidad, pensando en que esta actitud sea premiada en las próximas elecciones, sin analizar, por cierto, el impacto negativo de aprobar algo que no se espera que un socialista apruebe, como este tratado.

Los partidos políticos son la manera de canalizar nuestros sueños y visiones, y materializar así nuestros programas y medidas. Esta obviedad resulta evidente durante las primeras décadas de existencia del PS. Cuando Lagarrigue un año antes de la fundación del PS, en pleno establecimiento de la efímera República Socialista de Chile de los 12 días, señalaba como la finalidad de esta “alimentar al pueblo, vestir al pueblo, domiciliar al pueblo, entendiéndose por el pueblo al conjunto de los ciudadanos sin distinción de clase ni de partidos”, precisamente hablaba de esto mismo. Los partidos políticos son medios y no fines, de ahí que un partido, que además tenga pretensiones de ser representante legítimo de las clases populares, de las trabajadoras y trabajadores, en fin, de la gente común y corriente –como el PS pretende–, tiene el deber de velar por sus intereses, es por ello que independientemente del gobierno de turno, incluso si la Presidenta es militante de este mismo partido, la expresión de la finalidad de este partido está en rechazar un tratado que beneficia a las grandes corporaciones, y consagra el modelo de explotación y exclusión que vivimos desde la dictadura neoliberal de Pinochet.

Para finalizar

La discusión del TPP ha provocado amplios movimientos por parte de la ciudadanía en los países involucrados, es de esperar que estos muestren su vigor lo antes posible. En el plano académico o técnico si se quiere, el Premio Nobel de Economía estadounidense Joseph Stiglitz ha señalado que el TPP antepone intereses empresariales por sobre intereses ciudadanos, mientras que el activista del mismo país, Noam Chomsky, ha sido claro al decir que el TPP busca bajar salarios y aumentar la inseguridad laboral, precarizando la vida de millones de habitantes en los 12 países que son parte de él. En el plano político internacional, Bernie Sanders (posible candidato a la Presidencia de los Estados Unidos por el Partido Demócrata) ya calificaba a fines del año pasado al acuerdo como desastroso por afectar a los consumidores y atentar contra los trabajadores de todos los países participantes.

En lo nacional, dentro de la Nueva Mayoría, el Partido Comunista de Chile ha valerosamente hecho explícita su oposición al tratado, y la Izquierda Socialista –corriente de opinión del PS– también lo ha rechazado de manera unánime, con posiciones no unitarias dentro del resto de las facciones internas. Por fuera de la coalición, agrupaciones como Izquierda Autónoma, con el diputado Gabriel Boric, y Revolución Democrática, con el diputado Giorgio Jackson, también han hecho lo suyo. En las calles las más diversas agrupaciones civiles, y partidos y colectivos menores han manifestado su rechazo a la iniciativa. Más allá de las diferencias entre los partidos, y en mi propio partido más allá de las diferencias entre facciones, creo que tratados de tanta –y tan negativa– repercusión en nuestro país simplemente no pueden aceptarse, por mucho que desde el gobierno se haya dado el visto bueno.

No como socialista, sino como ciudadano, creo que este desafío requiere –aunque sea una excepción a la tónica de politiquería superflua a la que tristemente estamos habituados– que todas las agrupaciones políticas y sociales converjamos y defendamos a la patria independientemente de nuestros signos. En esta gran lucha por la defensa de la soberanía, tal como ayer, no sobra nadie; desde “Carrera a O’Higgins” son necesarios.

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