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La actualidad espectral de los desaparecidos

por 13 febrero 2016

Las declaraciones del recientemente asumido ministro de Cultura argentino, Darío Lopérfido, quien afirmó en una charla pública, el pasado 25 de enero, que las cifras que los organismos y agrupaciones de defensa de los DDHH han establecido en relación con los desaparecidos durante la dictadura argentina serían una “mentira que se construyó en una mesa para obtener subsidios que te daban”, han venido –otra vez– a reactivar la “presencia espectral” con la que los desaparecidos surgidos de la violencia política reciente –desde la propia a la estrategia de la guerra antisubversiva a las prácticas del narcotráfico– “penan” y asedian la estabilidad de nuestros estados-nación.

Esta “presencia espectral” no es una simple metáfora: dice relación con el modo en que se nos “aparecen” los desaparecidos –al enterarnos de una noticia, por ejemplo, hace ya más de un año, la que nos informaba de lo ocurrido con los 43 normalistas de Iguala; ellos, los desaparecidos, a diferencia de los muertos, y como todo fantasma, no dejan de aparecer como desaparecidos, lo que genera un tipo de angustia en sus cercanos difícil de describir e imaginar: imposible es, para ellos, transformar dicha desaparición en un verdadero acontecimiento, pues para que este “tenga lugar” debe existir justamente la posibilidad de determinar con certeza un espacio (un lugar) y un momento (una fecha) en el que puede “datarse” y “fijarse” lo que ha ocurrido–. En tal sentido, afirmar que una desaparición ocurre sin ocurrencia, pasa sin tiempo y tiene lugar sin lugar no son meros juegos de palabras y refieren a un “fenómeno” –que en rigor no puede serlo– cuyas consecuencias de desolación y desamparo –en primer lugar, para los familiares y cercanos, pero también extensible a todo ser humano sensible, dentro de los que no se cuenta el ministro de cultura argentino– nos es muy difícil medir.

Freud afirmaba, en un breve texto de 1901 titulado “Sobre el sueño”, que la conciencia humana no es capaz de asumir la muerte de un ser querido, y que por ello revivimos a nuestros muertos en sueños que suelen ser muy angustiosos; sin embargo, una vez despiertos y vueltos al estado de vigilia, podemos razonar que dicha muerte es efectiva y continuar, así, con el proceso del duelo.

Walter Benjamin afirmó alguna vez, respecto al horror nazi que se instalaba en Europa, que el “asombro” ante el hecho de que cosas así puedan ocurrir “hoy” –es decir, en plena modernidad– es un asombro muy poco filosófico. Tal vez la reacción ante declaraciones como las del ministro de Cultura argentino o a los sucesos recientes en nuestro país no deban quedarse en el mero asombro.

Es esto último justamente lo que les es negado a los familiares y cercanos de los desaparecidos que han sido tan violentamente agredidos por el ministro argentino: poder levantarse una mañana y decir: “Está bien, mis muertos no han salido de sus tumbas y están bien enterrados donde corresponde, yo puedo ir a dejarles flores y seguir con mi vida”. Esta certeza –lo saben los antropólogos y los arqueólogos– está en el origen mismo de la cultura humana, pues sabemos que el rito funerario es el comienzo de todo pensamiento simbólico y de allí el germen de toda institución humana; de tal suerte, los militares chilenos o argentinos, lo mismo que los agentes de los “narco-estados” mexicanos, no solo han negado una determinada corriente política o de pensamiento, sino a la cultura misma. La negación de esta negación por parte de un “ministro de la Cultura” no deja de ser una siniestra paradoja.

En Chile, esta “actualidad espectral” no es menos intensa. Aunque ya han pasado algunos años desde que, al instalarse la inscripción automática en los registros electorales, cientos de desaparecidos fueron inscritos y habilitados para votar, ya que no se ha realizado a su respecto ningún tipo de trámite ligado a la defunción, desde el 13 de septiembre del año pasado un joven esquizofrénico de Alto Hospicio –nuestro Juárez–, José Vergara Espinoza, se encuentra desaparecido luego de que un grupo de policías lo apresara ilegalmente y lo abandonaran en pleno desierto, perdiéndosele desde entonces todo rastro. Al mismo tiempo –en el contexto de una crisis de la representación política pocas veces vista en nuestro país como consecuencia de los innumerables casos de corrupción que se revelan diariamente– una medida infame, y propia del más viejo totalitarismo, como es la detención por sospecha –no es otra cosa lo que se le permitirá a la policía, aunque la bauticen con los eufemismos que quieran–, se ha aprobado por aquellos mismos que son cuestionados por la ciudadanía, como para recordarnos que entre ellos y nosotros (y a ellos esto no les incomoda en lo más mínimo) no puede haber ningún pacto de confianza.

Walter Benjamin afirmó alguna vez, respecto al horror nazi que se instalaba en Europa, que el “asombro” ante el hecho de que cosas así puedan ocurrir “hoy” –es decir, en plena modernidad– es un asombro muy poco filosófico. Tal vez la reacción ante declaraciones como las del ministro de Cultura argentino o a los sucesos recientes en nuestro país no deban quedarse en el mero asombro, y obligarnos a repensar nuestra propia condición de ciudadanos-votantes en estos regímenes de la “representación”.

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