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¿Tienen razón los humoristas del Festival de Viña?

por 26 febrero 2016

Viendo las noticias sobre la percepción de los políticos en Chile, recordé el día en que traicioné una confianza y no fui capaz de reparar los daños. Hubo un tiempo en que pude vivir de la poesía. No de la propia, ya que solo escribo narrativa, sino de los poemas de otros. Como decía un personaje de Il Postino, aquella película que muestra una temporada de Neruda en una isla del Mediterráneo: “La poesía no es de quien la escribe, sino de quien la necesita”. Yo siempre la he necesitado, y en aquella época también necesitaba pagar una matrícula.

Pues hubo un tiempo, breve, en que me pagaban por declamar poesías en un oscuro bar, mientras mi amigo, llamémosle Sam, me acompañaba al piano. Tendría unos diecinueve años, y recién habían cerrado la librería en que trabajaba para costear mis estudios universitarios. Así que no dudé en aprovechar la oportunidad de presentarnos como un dúo: Sam, al piano, y yo recitando poesías que inspiraban el arrebato de un beso o facilitaban cierto vandalismo sentimental. Usted sabe que la seducción tiene algo de vandálica, no en el sentido del acoso y la opresión, sino en esa acepción arrojada y heroica que cautiva a ciertos sujetos del enamoramiento.

Había un bar, en la zona bohemia de la ciudad, que nos compró la propuesta de “noches de piano y poesía para románticos intelectuales; nada-cursi, nada-rosa”. Había también público, por lo tanto, confluyeron la oferta y la demanda, y Sam y yo fuimos contratados para actuar los miércoles y jueves de once a una de la noche. Desde chico, yo tenía facultades para la declamación y para descubrir poemas que pulsaban el nervio de los amantes. Vibraba con el extracto aquel de Huidobro que dice: “Amo la noche/ sombrero de todos los días”.

El guion incluía ciertos datos exagerados sobre la vida y obra de los autores, y dos sets de unos quince poemas cada uno. No faltaban “El amenazado”, de Jorge Luis Borges, “Lo fatal” de Rubén Darío, este último para que el candidato a amante se mostrara perdido en el oscuro túnel de la vida, o “Relación para un amor llamado amanecer” de Víctor Valera Mora. Escriba en google “Huésped Elena Vera” o “Invierno caldo Valera Mora” y podrá leer algunos de estos versos.

La dramática caída de confianza en los políticos, en general, y en la Presidenta Bachelet, en particular, no se debe al caso Caval o a los múltiples casos que ha conocido la opinión pública en los últimos meses, sino a la manera en que los políticos, y particularmente la Presidenta, han respondido a estas revelaciones. Desde la Presidenta hasta Jovino Novoa, desde MEO hasta Andrés Velasco, desde Fulvio Rossi hasta Pablo Longueira, todos han sido timoratos en la asunción de sus responsabilidades, de cara a los ciudadanos. Ninguno ha aceptado explícitamente sus errores ni ha identificado plenamente la gravedad de estos.

Pero todo aquello duró solo dos meses. Resulta que se me ocurrió la insensata idea de susurrarle algunas de aquellas letras a la señora más elegante y hermosa de aquel bar, que no era otra que la novia del dueño. Yo estaba seguro que sus ojos brillaban con los poemas que yo vociferaba, y ella me escuchaba con ternura mientras yo le recitaba secretamente. Como era de esperarse, todo terminó con una golpiza de costillas rotas para mí, unos bofetones y espantosas amenazas para Sam y sus preciadas manos, y la promesa de no acercarnos de nuevo a la zona si queríamos terminar la carrera sin muletas.

Allí terminó mi amistad con Sam. Siempre me recriminé que quizás todo habría sido distinto si yo me hubiera disculpado y hubiese asumido mi responsabilidad frente a él, de manera oportuna y directa. Pero lo mío fueron evasivas y una voz quebrada y una minimización de mis hechos. Tiempo después nos encontramos en una fiesta de amigos comunes, y pese a que conversamos cordialmente, confirmé que algo se había quebrado de manera irrecuperable entre nosotros. La confianza, como el amor, acompaña su resistencia con una fragilidad muy especial.

¿A qué viene todo este cuento y cuál es su relevancia para la actual situación de los políticos en Chile? Pasemos entonces de la literatura al análisis.

Según el último estudio del Consejo para la Transparencia, el 91% de los chilenos tiene poca o ninguna confianza en los políticos para la solución de los problemas del país; entre 2012 y 2015, el porcentaje de personas que creen que los organismos públicos son “muy corruptos” aumentó de 51% a 57%, y el porcentaje de personas que califican con nota de 6 o más a su confianza en el sector público cayó desde 30% en 2012 a 20% en 2015. Un correlato, anecdótico pero potente, de estos datos es la confluencia de los humoristas de Festival de Viña de este año alrededor de fuertes críticas y burlas a los políticos.

Si bien esta es la apreciación generalizada sobre los políticos, la situación de la Presidenta Bachelet no es sustancialmente distinta. Según la encuesta Adimark de enero de 2016, la desaprobación de la gestión presidencial marcó un 64%, frente a un 28% de aprobación. Uno de los datos más llamativos de esta medición de opinión es que el atributo peor evaluado es la generación de confianza por parte de la Presidenta Bachelet: 63% de los entrevistados dice que la Presidenta le genera poca o ninguna confianza.

La respuesta más obvia es “el caso Caval” y sus imbricaciones en el entorno familiar directo de la Presidenta. Pero yo propondré una hipótesis alternativa: la dramática caída de confianza en los políticos, en general, y en la Presidenta Bachelet, en particular, no se debe al caso Caval o a los múltiples casos que ha conocido la opinión pública en los últimos meses, sino a la manera en que los políticos, y particularmente la Presidenta, han respondido a estas revelaciones. Desde la Presidenta hasta Jovino Novoa, desde MEO hasta Andrés Velasco, desde Fulvio Rossi hasta Pablo Longueira, todos han sido timoratos en la asunción de sus responsabilidades, de cara a los ciudadanos. Ninguno ha aceptado explícitamente sus errores ni ha identificado plenamente la gravedad de estos.

Así como algunas civilizaciones no conocieron la rueda, estos políticos chilenos parecen no conocer la manera en que los líderes deben identificar abiertamente la magnitud de sus errores, cómo deben asumir sus propias responsabilidades y cómo pueden ofrecer disculpas de manera creíble.

En un artículo publicado en 2013, en el International Journal of Business and Social Science, Tessa Basford responde a la pregunta sobre cómo pueden los líderes organizacionales reparar sus imágenes después de haber obrado mal. En particular, esta investigadora evalúa cómo los seguidores evalúan las disculpas de sus líderes. Dentro de los factores que Basford encuentra, como principales moldeadores de la percepción de los seguidores sobre la conducta de los líderes, resaltan (para nuestro análisis) los siguientes:

  1. La asunción de responsabilidades. La sinceridad que los seguidores perciben en la respuesta de los líderes al haber obrado mal depende crucialmente de que el líder asuma su propia culpa en el incidente central. Cuando el líder evade su propia responsabilidad o trata de inculpar a otros, entonces la respuesta es catalogada como poco sincera;

  2. El reconocimiento de la severidad del incidente. El peor error es tratar de reducir la gravedad de la situación;

  3. La explicación de los eventos. La percepción de las respuestas de líder es moldeada por la calidad de la explicación ofrecida por este, sobre los detalles de la naturaleza y las causas del incidente; y

  4. La oportunidad de la respuesta. La sinceridad adjudicada por los seguidores a la respuesta de líder depende críticamente de cuán oportuna haya sido esta. Respuestas y explicaciones ofrecidas inmediatamente después de los eventos son vistas como más sinceras que respuestas tardías.

Como ocurre con muchas investigaciones académicas, estas conclusiones pueden parecer obvias o triviales. Sin embargo, estas no son triviales porque se sustentan en evidencia empírica robusta. No son obvias, porque parece que muchos de nuestros políticos aún no han descubierto la rueda. Piense en las explicaciones ofrecidas por la Presidenta Bachelet, o por Jovino Novoa, o por Andrés Velasco, y quizás podemos apostar por esta hipótesis alternativa para explicar una gran parte de la crisis de nuestro sistema político.

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