Sábado, 28 de mayo de 2016Actualizado a las 18:11

Opinión

Autor Imagen

No seas flojo, ni mentiroso ni ladrón

por 2 marzo 2016

No seas flojo, ni mentiroso ni ladrón
Es difícil pensar que en la primera opción su base política resulte intacta y que en lo que resta de su mandato Evo no tenga que buscar una alianza de poder más allá de las organizaciones indígenas y de los partidos, posiblemente con sectores militares nacionalistas.

La prensa boliviana y la internacional se están dando un festín con la vida familiar de Evo Morales. A la derrota electoral que lo dejó fuera de la reelección presidencial indefinida, (por el momento) se agrega ahora la prisión preventiva de una ex pareja por tráfico de influencias y la existencia de un hijo con la mujer, dado por muerto hace años a los pocos meses de haber nacido, y que estaría vivo.

La situación es un golpe profundo a la coherencia y credibilidad del Presidente boliviano, cuyo objetivo declarado es ser fiel a los principios de su gente y expresar una moral nueva en el ejercicio del poder. En la Constitución Política del Estado Plurinacional de Bolivia, como se denomina su Carta Fundamental, no se habla prácticamente en ningún lugar de familia como sí ocurre en el resto de las constituciones de la región, pero sí se pone un foco principal en los valores que orientan la vida del mundo comunitario indígena y que Evo declara permanentemente compartir.

En el artículo 8.I se sostiene lo siguiente: “El Estado asume y promueve como principios ético-morales de la sociedad plural: ama qhilla, ama llulla, ama suwa (no seas flojo, no seas mentiroso ni seas ladrón)”, además de otros como ñandereko (vida armoniosa), teko kavi (vida buena) o qhapaj ñan (camino o vida noble). Escritos así, en lengua indígena y español.

El impacto que los hechos pueden tener en la vida política de Evo es sustantivo. Tanto si se comprueba y profundiza el tema de la corrupción de su entorno familiar y de amigos y la desafección paterna respecto de un hijo vivo, como si se comprueba la tesis contraria sostenida por el gobierno de que todo es un complot de la derecha y el imperialismo.

Es difícil pensar que en la primera opción su base política resulte intacta y que en lo que resta de su mandato Evo no tenga que buscar una alianza de poder más allá de las organizaciones indígenas y de los partidos, posiblemente con sectores militares nacionalistas. En el segundo caso, de comprobarse un complot, su liderazgo resurgiría con mayor fuerza frente a sus derrotas anteriores y volvería a insistir sobre la presidencia permanente, ahora en un tono más autoritario.

Pocos en el exterior conocen el vínculo cotidiano y clientelar que Evo mantiene hasta hoy con varias organizaciones sindicales, particularmente la de los cultivadores cocaleros del Chapare.

Este Evo que opera políticamente de manera fina en la base de la sociedad boliviana funda su liderazgo, en primer lugar, en la confianza que la gente le tiene y en la credibilidad de sus acciones. Su historia se hace a partir de la clandestinidad, la lucha contra un Estado segregador y gobiernos manipuladores y violadores de los derechos humanos. Por lo tanto, sería un golpe demoledor que estuviera mintiendo, que en su gobierno permitiera el robo o que fuera un infractor de los valores de la comunidad.

En 1990 Evo Morales, cuya captura había sido puesta a precio por el Presidente de Bolivia, Jaime Paz Zamora, solo era conocido como el presidente de la Federación de Trabajadores Campesinos del Trópico de Cochabamba, una organización de campesinos cocaleros. Compromisos entre el gobierno boliviano y el de Estados Unidos, llevaron a una política de erradicación de los cultivos de coca que incluía la cárcel para el joven líder indígena. La masa de campesinos indígenas asentados por la revolución del MNR de 1952 como pequeños agricultores colonos en la zona del Chapare, lo apoyaba incondicionalmente. Él se movía en la clandestinidad, sin domicilio fijo ni familia directa, mientras la política de erradicación del presidente Paz Zamora minaba carreteras y ríos para impedir el aterrizaje de avionetas y patrullas del UMOPARE, asesorado por la DEA, y reprimía con enormes daños y lesiones a los derechos humanos a la población de la zona. De allí nació el mito político de Evo, quien por familia provenía del altiplano.

A mediados del 2012, el 22 Congreso Ordinario de la Federación de Trabajadores Campesinos del Trópico de Cochabamba lo reeligió como ejecutivo de la organización, cargo que aún ejerce. Evo Morales, reconociendo que eso era simbólico y no práctico, aceptó el cargo y se declaró agradecido, dejando en claro el maridaje histórico entre su carrera política y su liderazgo cocalero: “Si solo me habrían nombrado dos o cuatro años no habría Evo presidente”, declaró, recordando que desde siempre ha sido dirigente de ellos.

Quienes conocen el mundo de las organizaciones cocaleras, hacen énfasis en las contradicciones internas entre los antiguos asentados en la zona de Chapare y los llamados nuevos colonos, que obligan a Evo a un constante equilibrio entre unos y otros.

La revolución del año 52 estableció un promedio de 8 hectáreas por propiedad en la zona, que son cultivadas en catos (un quinto de hectárea aproximadamente) con diversos plantíos: un cato de yuca, uno de cítricos, otro de granos y siempre, siempre, un cato de arbusto de coca, que opera como la gran alcancía no solo de los campesinos del Chapare sino en su época también de los mineros del estaño, que obtenían así los recursos que les permitían sostener sus largas huelgas.

El arbusto de coca no requiere de cuidados, es resistente a las plagas vegetales, y puede ser raleado hasta por un niño unas tres veces al año. La cosecha se lleva a los mercados de coca, que son instalaciones de secado y bodegaje controladas por los sindicatos, los cuales, mediante un mecanismo de stocks reguladores, son los que transan la venta legal de la hoja a transportistas con permiso especial, los que a su vez abastecen a laboratorios y entidades que forman el mercado legal. Por el lado, se transa también ilegalmente con los laboratorios de la industria del narcotráfico, los que por cierto precisan volumen y ojalá pasta prelavada.

El interés del sindicato es el volumen o tonelaje, el interés del campesino que cultiva en cato es el mejor precio de su carga (así se llama el quintal de hoja de coca) en el mercado, pues de ello obtienen los ingresos que estabilizan su economía cotidiana. Ello lleva a que la relación entre sindicato y los campesinos sea muchas veces tensa, pues estos, que trajeron los cultivos desde las yungas altiplánicas por razones culturales, no desean ser cultivadores extensivos de coca sino mantener la variedad.

Prueba de esta tensión es que en el congreso mencionado expresamente se ratificó el respeto al cultivo de un cato de coca por afiliado, y Evo Morales reiteró su oposición a la política de “coca cero”. Refiriéndose al papel de los sindicatos y la estrategia dijo: “El mejor aporte que tienen es respetar el cato de coca, porque jamás va a haber coca cero”. “Que no haya coca cero, que se respete la soberanía y dignidad, que no estén los norteamericanos mandando en Bolivia”. Al mismo tiempo le señala como tarea a esa Federación que busque y lidere la coordinación con el resto de las federaciones sindicales del trópico de Cochabamba.

Este Evo que opera políticamente de manera fina en la base de la sociedad boliviana funda su liderazgo, en primer lugar, en la confianza que la gente le tiene y en la credibilidad de sus acciones. Su historia se hace a partir de la clandestinidad, la lucha contra un Estado segregador y gobiernos manipuladores y violadores de los derechos humanos. Por lo tanto, sería un golpe demoledor que estuviera mintiendo, que en su gobierno permitiera el robo o que fuera un infractor de los valores de la comunidad, hoy elevados a rango constitucional, y que pretenden, según su significado más profundo, teko kavi, la vida buena para Bolivia.

Más información sobre El Mostrador

Videos

Más Noticias

Blogs y Opinión

Encuesta

Mercados

TV

Cultura + Ciudad

Deportes