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Análisis

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Un cuarto de siglo después: la retórica de la transición en bancarrota

por 11 marzo 2016

Un cuarto de siglo después: la retórica de la transición en bancarrota
Lo sintetizó uno de esos protagonistas, que en una amena conversación llegó a simplificar el proceso vivido mediante una simbólica y autoflagelante síntesis: “Nosotros pasamos de la extrema izquierda a la socialdemocracia y de allí derechamente a la corrupción”. ¡Corrupción sustentable, venceremos!

Si estuviésemos en 1990 la palabra no se pronunciaría sin invocar la proeza –Lagos hablaba de “una gesta épica”–, sin asociarla a una modernidad exitosa después de años traumáticos. Acompañada siempre, y no sin exhibir una cierta pose progre, por el orgullo de haberla protagonizado. El vocablo, por entonces, se expresaba sin excesiva reticencia y con mucha franqueza.

Incluso, en el paroxismo de aquella borrachera, no hubo político del duopolio que no saliera a explicarle al mundo el papel de la transición en el éxito del modelo chileno, por entonces objeto de estudio, seminarios, comparaciones, así como de cuchicheos de esos envidiosos que nunca faltan. Por eso, en el clímax de esa borrachera, uno de ellos, al calor del entusiasmo (y de las copas) llegó a decir que “éramos un muy buen país en un mal barrio”.

El frenesí llegó a tanto que incluso los acérrimos adversarios de antes creyeron ser parte de un mismo relato unificador que rompía con una historia periódica de traumas y violencia, y ahora no cabía sino enorgullecernos por romper con siglos, décadas, de odios fratricidas, abrazarnos y, por fin, poder vivir en paz. Fue, según Gonzalo Martner, la época en que los actores de la transición hicieron de la necesidad una virtud. Por allá, en la segunda mitad de los 90, parte de los actores de la transición se sintieron unidos a tal punto que se mimetizaron.

Y a pesar de que Moulián nos advirtió del mito en ciernes, de la altísima abstención de las parlamentarias de 1997, que demostró que aquella chequera no tenía fondos o cuando ya, tempranamente, la crisis asiática evidenció los límites del modelo, o del debate autocrítico que se tomó El avión rojo, nadie prestó atención a ese mal augurio. Por el contrario, nuestros protagonistas, que se empezaron a llamar a sí mismos estadistas, hicieron lo inverso: dejaron de cuidar las apariencias y se pusieron a vivir, a vista y paciencia de todos, en concubinato.

Es la época en que bailan juntos para la Teletón, que arman transversales sociedades de asesoría comunicacional, que se visitan mutuamente y, más de alguno, empezó a ir a los matrimonios de los hijos de los otros. Otros pocos, incluso, se emparentaron.

El fin de la leyenda rosa sobre la Transición

Y entonces tuvieron crías –la camada más conocida fue la G-90– que, al ser concebidas al margen de la ley, es decir en el ethos de la renuncia a representar los intereses de quienes habían confiado en ellos, las mayorías ciudadanas que querían cambios en el orden social recibieron como respuesta el azote divino y se develaron como eran: planos, sin épica ni relatos y las más de las veces solazándose como frutos de pactos contranatura y con tres cabezas –la jerarquía eclesiástica, la oligarquía económica y los políticos–. Y, ahora, no sabemos por dónde empezar a cortar.

Sin embargo, esos mismos protagonistas hoy se nos enojan y, cual acusados en el banquillo, pillados in fraganti, nos profieren insultos cuando, después de Penta, Caval y SQM, ya sin ropa sobrepuesta fueron exhibidos desnudos en la plaza. Los que posaban de estadistas nos dicen, ahora, que somos “mala leche”, que “en el país se respira un cierto aire de envidia”, que “no son partidarios de los linchamientos populares”, que somos “chaqueteros”, dice uno de sus primogénitos, y otra cantilena de frases alambicadas dichas para sí mismos: añoran el orden perdido que unos bárbaros han arrasado.

Decía un antiguo filósofo: “Imaginaos unos hombres sin fe, sin creencias, corrompidos, con el corazón gastado y la inteligencia vacía; hombres que predican todas las doctrinas, según conviene a sus intereses, que adoran hoy lo que ayer quemaban y queman mañana lo que adoraban ayer; que hacen de la política un arte de logreros, de la religión una máscara hipócrita; que no buscan la virtud, sino el oro; que se ligan con todos los que pueden dar a sus pasiones alimentos; que encubren con grandes palabras intereses detestables… que odian a todos los que tienen elevación de ideas y rectitud de conciencia; imaginaos unos hombres de esta naturaleza arrojados a la plaza pública, ocupando la tribuna, dirigiendo los negocios de la república”. Y sin embargo, este relato, de más de 2.500 años, pareciera haber sido escrito para tipificar nuestra transición.

Y es que hasta hace apenas unos años nos regocijábamos de la misma: la propia derecha reconocía su valor, su ejemplo y a lo más, como sinónimo de complicidad, se atrevían a señalar, no sin razón, que su éxito se debía a que fue la continuación natural de la obra de Pinochet.

Lagos, grandilocuente como siempre y al borde de la realidad, en algún momento llegó a decir que la “Concertación era la coalición más exitosa en la historia de Chile”, cuando cundía el optimismo y luego que los gobiernos de la transición, desde el propio Aylwin, priorizaron el modelo agroexportador, y con mayor fuerza desde Frei en adelante –y su cambio del eje desde los temas de la transición, a los de la modernización–, no tuvieron sino como objetivo insertarse en la economía mundial como agente periférico priorizando solo el crecimiento, con el consenso de Washington como escenografía de fondo.

A pesar de que ese modelo estaba perdiendo dinamismo desde la segunda mitad de los 90 y que solo la bonanza del cobre lo mantuvo hasta ahora con respiración artificial. De allí su apuesta por ampliar la infraestructura, por modernizar el Estado, por privatizar, y los tratados internacionales cuyo epílogo es la obsesión por firmar el TPP.

Es más, aún durante el primer año del Gobierno de Piñera, sus propios actores se referían a esa administración como “el quinto Gobierno de la Concertación” (Longueira dixit), queriendo graficar con ello no solo la falta de originalidad del presidente-empresario sino, también, el peso del modelo heredado de la Concertación: no había nada nuevo que hacer. La coalición del arcoíris lo había hecho todo.

Los que posaban de estadistas nos dicen, ahora, que somos “mala leche”, que “en el país se respira un cierto aire de envidia”, que “no son partidarios de los linchamientos populares”, que somos “chaqueteros”, dice uno de sus primogénitos, y otra cantilena de frases alambicadas dichas para sí mismos: añoran el orden perdido que unos bárbaros han arrasado.

Pero el modelo había comenzado a hacer agua socialmente antes, allá por 1997, y su epílogo se precipitó a partir de las elecciones de 2009 que rompieron con el duopolio presidencial; el terremoto de 2010 que demostró que, en cuanto a prevención y seguridad, este país estaba en pañales; luego la epopeya de los 33 mineros, más allá de su heroico rescate, dejó en evidencia la ausencia de un Estado protector y fiscalizador y un humorista –¿se han dado cuenta de que ellos se han transformado en los verdaderos analistas políticos y estos últimos en los comentaristas de sus chistes?– graficó bastante bien lo que nos estaba pasando: “Este es el único país del mundo donde una tremenda cagá, se transforma en película”.

Y de ahí, los hechos se despeñaron: aparecen los deudores Corfo, se masifica la protesta estudiantil, Alberto Mayol anuncia el derrumbe del modelo y, el 2012, José Gabriel Palma escribe su famoso paper “La economía chilena se balancea sobre la tela de una araña”, que comunica el fin del ciclo de la bonanza del cobre. La transición había llegado al purgatorio… pero caería luego, durante 2015, al mismísimo infierno. Entonces, el tango de Discépolo volvió a ser contemporáneo: “Vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos… ¡todo es igual, nada es mejor! ¡Lo mismo un burro que un gran profesor! No hay aplazaos, ni escalafón, los inmorales nos han igualao”.

Las transiciones y las intervenciones preventivas

Hace exactamente 30 años, Guillermo O’Donnel y Philippe Schmitter publicaron Prospects for Democracy and Transition from Authoritarian Rule que, si mal no recuerdo, fue traducido al castellano como Transiciones desde un gobierno autoritario: conclusiones tentativas sobre las democracias inciertas. Un clásico para explicar los regímenes postdictaduras. El texto de cuatro volúmenes, que marcó la producción académica de la ciencia política sobre el tema, explicaba los distintos tipos de transiciones desde los 70 en adelante: las de Europa del sur o mediterráneas, las asiáticas, las de América Latina, y un cuarto volumen describía el procedimiento metodológico de la investigación. El capítulo concerniente a Chile era de autoría de Manuel Antonio Garretón.

Veinticinco años después de aquella señera publicación, Schmitter divulgó un balance del texto a la luz de los resultados de esos procesos democratizadores –Veinticinco años, quince hallazgos (2011)– y evaluó y revisó las hipótesis centrales que los marcaron. Y sus conclusiones no pudieron ser más clarificadoras: “La democratización no ha sido tan fácil como se esperaba… la democracia realmente existente ha sido decepcionante, tanto para sus beneficiarios previstos como para nosotros, los académicos… y los analistas compiten para encontrar el adjetivo más despreciativo para colocar delante o detrás de la palabra ‘democracia’”.

Según Schmitter, “la impresión general –reflejada en la opinión pública– de que la mayoría de los cambios en el régimen durante los últimos veinticinco años han dado lugar a regímenes de pobre calidad que son indignos de las luchas y sacrificios que fueron necesarios para alcanzarlos… Casi en todos lados la participación electoral ha declinado, como también lo ha hecho la afiliación sindical, el prestigio de los políticos, la percepción sobre la importancia de los parlamentos, la fortaleza de la identificación partidaria, la estabilidad de las preferencias electorales y los niveles de confianza en la mayoría de las instituciones públicas. Por el contrario, ha habido un aumento en los litigios, denuncias (y condenas) de corrupción y candidaturas populistas antipartidistas”. Había llegado el 2011.

El punto siete de ese balance que el politólogo tituló “Los pactos negociados entre las elites del antiguo régimen y los grupos opositores parecen haber presentado una diferencia en el corto y mediano plazo, pero su efecto en el largo plazo es más dudoso”, casi proféticamente anunció lo que se destapó más tarde en Chile: “Las transiciones pactadas y las impuestas” parecían mostrar el problema concreto de queambas tienen una tendencia a “congelar” los privilegios existentes y hacer más difíciles las reformas redistributivas. Lo que es particularmente nocivo para el futuro de la democracia con dichos pactos es que tientan a las élites a extender sus acuerdos más allá del período de incertidumbre inicial y a reforzar un patrón de confabulación entre los partidos que genera corrupción y decepción en la ciudadanía”.

Es decir, antes de que Penta, Caval o SQM develaran la profundidad del concubinato entre políticos y empresarios, Schmitter diagnosticó la naturaleza del vínculo entre la oligarquía económica y los actores públicos. La transición, aquel animal brioso de los 90, había devenido en una criatura sucia y apestosa.

Algunos plantean, como mi querido amigo Gonzalo Martner, tal vez no sin una dosis de razón, que hasta cuándo seguimos pegados en lo que pasó 25 años atrás, en vez de aprender las lecciones y enfocarnos en el presente y en lo que está por venir, pues es inoficioso seguir anclado en lo que ocurrió hace un cuarto de siglo.

El mismo Jorge Arrate no se cansa de repetir, cuando le cuestionamos la transición de la que fue protagonista, que “claro, cómo no la van a criticar si las revoluciones son animales briosos, vigorosos, peludos y de buena estampa, aunque sangrientas. Las transiciones en cambio, son animales feos, fruto de pactos a regañadientes, revolcados y llenos de suciedad, pero que no engendran violencia, ni relatos románticos”, de esos que suelen gustar a las audiencias progres.

Las primeras anuncian un gran amanecer y tras de sí vienen esos personajes épicos: Danton, Robespierre, Lenin, Fidel, el Che y Allende. En cambio, las transiciones, oscuras y secretas paren a los Fouché, los González, Aznar, los Enrique Correa, los Longueira y los Zaldívar. “El sueño de la razón produce monstruos”, dice el grabado de Goya que está en El Prado.

La democracia que devino de la transición, veinticinco años después, está en una encrucijada: o se estanca en un régimen de protección de intereses oligárquicos en la era del capitalismo global o se transforma y evoluciona hacia un régimen de representación de los intereses mayoritarios, que empuja las fronteras de lo posible más allá de las pretensiones del “no hay alternativa” propio del neoliberalismo contemporáneo que hasta aquí domina la escena política.

Así como las dictaduras, las transiciones han sido parte de las intervenciones preventivas que los centros de poder que ganaron la Guerra Fría –en especial Estados Unidos– digitaron e implementaron para preservar el statu quo en caso de que, en cada país intervenido, hubiese una evolución adversa a sus intereses. Tal como lo sintetizó S.P. Huntington: “Lo que se necesita es una estrategia de intervención premilitar, intervención indirecta y acción positiva para conformar el curso político y fortalecer a los grupos comprometidos a nuestro lado o que con mayor probabilidad mantengan la estabilidad, antes de que la situación llegue a ser tan grave que plantee la cuestión de la intervención militar” (Inestability and the Non-Strategic Level of contact, pp. 21-36).

Luego de agotadas las dictaduras que se impusieron a sangre y a fuego en la Europa Mediterránea y en América Latina, la potencia diseñó el modelo de las transiciones que, mediante pactos explícitos o por omisión, pudieran poner fin a los regímenes militares acosados por movimientos sociales y de ese modo evitar que mudasen a gobiernos de naturaleza nacional-popular o radicales. Se renovó el cuerpo político y se seleccionó y estipendió a los líderes que llevarían a cabo ese proceso, se construyeron marcos normativos y electorales que mantuvieran el orden. Por último, se borró de los antiguos partidos de izquierda cualquier atisbo que los hiciera involucionar hacia posturas radicales como había sido en el pasado.

Y la transición chilena resultó en ese sentido perfecta y apegada al guión preestablecido.

Aunque hay una similitud entre ambos procesos: tanto ayer como hoy, los líderes de izquierda son detenidos. Ayer, incluso asesinados y desaparecidos por apegarse al cumplimiento del programa político ofrecido. Hoy, también están bajo amenaza, pero por corruptos. Y junto con perder por ese motivo sus respectivos gobiernos son procesados por enriquecimiento ilícito. O como lo sintetizó uno de esos protagonistas, que en una amena conversación llegó a simplificar el proceso vivido mediante una simbólica y autoflagelante síntesis: “Nosotros pasamos de la extrema izquierda a la socialdemocracia y de allí derechamente a la corrupción”. ¡Corrupción sustentable, venceremos!

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