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¿Es Chile corrupto?: la falta de ética como fragmentador social

por 18 marzo 2016

Para comenzar, algunas aclaraciones conceptuales para que se entienda desde dónde digo lo que digo.

Según el entendimiento de la Biología-Cultural, la ética no es ni más ni menos que las consecuencias de mis actos no dañen a otro y hacerse cargo y responsable de estas consecuencias. Alguien podrá objetar: “¿Y si el otro vive sintiendo daño?”. En ese caso, si una persona siente que con mis actos la maltrato, surge el momento ideal para reflexionar y preguntarnos cómo hacemos lo que hacemos que generamos ese malestar en el otro. Es muy posible que no lo esté viendo y hasta altamente probable que lo esté vejando, aun cuando esta persona sea un resentido. Resentido, léase, no en un sentido peyorativo, sino en que esa persona ha sufrido y tiene tanto dolor o rabia que por donde la “toque” le duele. Ahora, no se trata de que, como todo lo que hago la “maltrata”, voy a dejar de ser yo o trataré de cambiar el mundo. Si esa persona no está dispuesta a reflexionar con uno, lo más que puedo hacer es entender desde dónde se mueve y dice lo que dice.

Eso respecto de la ética. La moral, por otro lado, es un conjunto de normas y acuerdos establecidos y acordados a priori.

De este modo, uno puede comportarse de manera moral y no ética, ser ético y no moral o puede ser ético y moral. Ejemplo de lo primero: puede ser moral que empresas millonarias usen fórmulas para pagar patentes comerciales más baratas que las de un kiosko, ¿pero es ético? Es absolutamente moral subirle el pasaje del Transantiago a los usuarios, ¿pero es ético? O que la Presidenta celebre la inauguración de un jardín infantil el 27 de febrero, ¿pero es ético? También sería moral pedir financiamiento a las empresas para las campañas, ¿pero es ético?

La División

En momentos en que la opinión pública empieza a hablar y a moverse en las afirmaciones de que “Chile es un país corrupto”, donde “son todos ladrones” y nadie con nombre y apellido es responsable de nada, sino que los culpables hay que buscarlos en conceptos o teorías –el modelo, la Derecha, la Izquierda, los “fachos”, los “comunachos”–, aparecen los de siempre para aprovechar este clima para generar división. Un caso claro de este afán de generar fragmentación lo vemos día a día en redes sociales –una amplificación de las conversaciones cara a cara– donde las personas emiten comentarios en una u otra dirección, sin preguntar siquiera “¿qué quieres decir?”, “¿por qué afirmas tal?”. Por el contrario, de inmediato surge la agresión porque “no piensas ni sientes como yo”.

En suma, la falta de ética, vista en varias etapas, es causa de nuestra fragmentación social. Cuando no se reflexiona sobre las consecuencias de nuestros actos y el daño que causan, cuando se ve el malestar generado y se hace caso omiso, cuando se alega inocencia en vez de asumir los propios actos, se abre el camino para otras transgresiones a la ética.

¿Puede alguien arrogarse el derecho de tildar de “facho” a alguien que está contra la reforma laboral? ¿O de tildar de “comunista” a alguien que aboga por la solución a los problemas de derechos humanos? Estoy seguro que no, porque cada individuo habla desde su experiencia y es obligación de los otros preguntar y entender desde dónde el otro habla. Eso, claro, si lo que queremos es convivir en sociedad. Si queremos ser irresponsables y poco éticos podemos dedicarnos a descalificar y agredir al que piensa distinto. Pero eso no es democracia y pinta más para totalitarismo. Algo así como lo que vimos, primero, en el tono del comentario de la secretaria del PC sobre una broma de Edo Caroe y cómo luego algunos aprovecharon de calentar el ambiente para así generar más polarización o, peor aún, para lograr más seguidores y captar la atención de otros.

En estos panoramas de aguda polarización surgen también los que buscan aparecer como salvadores de este “caos imperante”, como lo vimos en el video de Andrés Allamand para la conmemoración de los dos años del gobierno de la Nueva Mayoría.

Y si miramos más atrás, tenemos muchos ejemplos en la historia. Como dice Javier Fernández Aguado, escritor y PhD en Economía, “la historia no sirve de nada, pero el que no sabe de historia, no sabe de nada”. Aparecen así Alessandri Palma en su momento, Ibáñez en otro, Allende en otro y, para no ser nacionalistas, Perón, la dinastía Kirchner, Evo Morales, Hugo Chávez, Silvio Berlusconi, Benito Mussolini, Hitler, Lenin y así podemos seguir en un cuenta casi interminable.

Por esto días vimos al diputado Hugo Gutiérrez comparando a Pablo Longueira con Sergio Arellano Stark. “Siempre, créame, siempre alegó inocencia”, dijo el parlamentario. Sería interesante saber en qué pensaba cuando hizo tamaña comparación, pero nunca sabremos, porque él no piensa de manera autónoma, sino de la mano de una ideología que lo tiene atrapado y no le permite reflexionar. Mejor que pensar por sí mismo, repite o hace lo que la ideología manda y esta, por manual, ordena generar división y fragmentar para después ganar.

Algo que también hacen muchas veces los socialistas, que aprovechan estas coyunturas para lograr masa de apoyo y es ahí cuando salen a criticar muy desfachatadamente las malas prácticas, en una suerte de “mirar al techo”. ¿O alguien cree que Andrade no se dio cuenta del beneficio a SQM cuando votó la ley del Royalty? Si no reparó, se muestra como un irresponsable e incompetente para el cargo y si sí, saque sus conclusiones.

Ahora bien, al ver los casos en que están involucrados Carlos Ominami, Patricio Contesse (que no se mandaba solo), Pablo Longueira, MEO, Jovino Novoa, Rodrigo Peñailillo, Jorge Pizarro y quizás cuántos otros, se puede caer en el facilismo de afirmar que está todo podrido y que hay que cambiarlo todo, desde la Constitución hacia abajo. Pero si uno es capaz de abstraerse y de pensar un poco desde sí, no desde una ideología, es decir, se reflexiona de manera autónoma, uno podrá al menos preguntarse algunas cosas: ¿podrá una nueva Constitución conseguir que seamos todos éticos? ¿Un gobierno con un 20 por ciento de aprobación puede éticamente decidir por el 100%? ¿Quiénes la van a redactar? ¿Los mismos o los amigos de los mismos? ¿Esta nueva Carta Magna tendrá a la persona como el centro del proyecto país que queremos?

En suma, la falta de ética, vista en varias etapas, es causa de nuestra fragmentación social. Cuando no se reflexiona sobre las consecuencias de nuestros actos y el daño que causan, cuando se ve el malestar generado y se hace caso omiso, cuando se alega inocencia en vez de asumir los propios actos, se abre el camino para otras transgresiones a la ética: el ingreso de los que tampoco reflexionan y que buscan generar división, de los que no escuchan y que hacen como que escuchan con el afán oportunista de ganar adeptos y aparecer como salvadores.

Como consultor, no creo en los meros diagnósticos. Por lo tanto, ¿qué recomendaría hacer? Primero, ampliar la mirada de las acciones y decisiones, pues tienen un impacto en lo social. Más allá de ganar o perder votos, impactan a las personas. Luego, iniciar un proceso de transformación cultural país, donde la ética y respeto por el otro sean la guía y donde quede claro qué queremos conservar como país, lo que hemos hecho bien y lo que es necesario cambiar. Ningún cambio o transformación que se sustente en derrotar al otro o en ganarle al otro, generará una convivencia democrática. Por el contrario, generará más de lo mismo o, peor, más división y diferencias y eso lo podemos ver hoy en temas como las reformas tributaria, educacional, laboral, el cambio de Constitución, la Ley de Pesca, Royalty, entre muchos otros. Por la lógica de la retroexcavadora o de desalojo se deja gente tapada de tierra o sin alojo y, por lo mismo, sin sentido de pertenencia a nada.

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