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Visita de Obama a Cuba: expectativas más allá de la foto

por 23 marzo 2016

 Hacía 88 años que un presidente norteamericano no visitaba la isla de Cuba. Ha corrido mucha agua bajo el puente desde que el republicano Calvin Coolidge fuera a La Habana en el marco de las conferencias panamericanas. Estados Unidos era la primera potencia mundial, pero en virtud del aislacionismo post-Primera Guerra Mundial se orientaba básicamente a las relaciones hemisféricas y primordialmente el Caribe y México. Estados Unidos participó activamente en las guerras por la independencia cubana contra España en 1898 y con la enmienda Platt (1902) la ínsula pasó a ser un protectorado norteamericano en el que podía intervenir militarmente: como de hecho ocurrió en 1906, 1912, 1917 y aún en 1933.

A la llegada del conservador presidente norteamericano Coolidge, estaba en el poder Gerardo Machado, un general devenido en político. La influencia norteamericana se dejaba sentir. La isla se consolidaba como el casino y la casa de citas para muchos norteamericanos –aún no existía Las Vegas–, desde estrellas de cine, escritores, hasta los mafiosos de ascendencia italiana como Capone y “Lucky” Luciano. Es que sobre la anécdota, los 147 kilómetros que separan a Florida de la costa cubana, más que un óbice han sido un verdadero vínculo de sociedades que mantuvieron relaciones históricas y que están dando un nuevo paso.

Hoy, tras la reanudación de relaciones diplomáticas, Obama se encuentra por primera vez con Raúl Castro en territorio no neutral –antes fue en Panamá y la sede de Naciones Unidas en el marco de estos quince meses de aproximaciones– para marcar un nuevo hito que pasa a ser un eslabón más de todos los intentos por acercar a ambos estados, desde que primero la invasión de Bahía Cochinos y después la crisis de los misiles los terminara por separar. Varios presidentes norteamericanos mantuvieron un diálogo con Fidel Castro para cerrar la división. Sin embargo, a Obama le correspondió la foto que por estos días se toma la portada de los diarios del mundo. No es para menos: la Guerra Fría concluye en el hemisferio, aunque aún quedan temas pendientes.

En el pasado reciente se puede afirmar que fue un juego que con la ayuda de la diplomacia vaticana permitió construir puentes. Esto es llevar a la práctica el papel de pontífice del Papa para permitir que no fuese un resultado de suma cero, sino con dos ganadores. Raúl Castro y la revolución tienen un nuevo aliento en lo inmediato. Obama en casi las postrimerías de su mandato –periodo del denominado “pato cojo”– puede exhibir ciertos logros en su política exterior y el cumplimiento de promesas. En esa línea están la reanudación de las relaciones diplomáticas con Cuba y el acuerdo con Irán respecto a limitar el enriquecimiento de uranio. Por cierto, ambos temas corren peligros de desahucio dependiendo de quién sea el próximo habitante del salón oval.

Las leyes Torricelli y Helms-Burton seguirán operando mientras el Congreso estadounidense no disponga otra cosa y en un año electoral es difícil que pase aquello. La Habana ha sido categórica en expresar que para normalizar plenamente las relaciones, más allá de la apertura de embajadas, exige el fin del bloqueo.

Pero sobre la fotografía del apretón de manos y la declaración conjunta Castro-Obama, se apunta a las expectativas de ambos gobiernos. En primer lugar, la cuestión del embargo económico, verdadero nudo gordiano en las relaciones futuras de ambos estados. Dicho entramado legislativo norteamericano está aun plenamente vigente y nada presagia un cambio rápido. Las leyes Torricelli y Helms-Burton seguirán operando mientras el Congreso estadounidense no disponga otra cosa y en un año electoral es difícil que pase aquello. La Habana ha sido categórica en expresar que para normalizar plenamente las relaciones, más allá de la apertura de embajadas, exige el fin del bloqueo. En ello coinciden con Obama, como ha quedado claro en la conferencia de prensa que ambos mandatarios brindaron. Su legado en las relaciones cubano-norteamericanas es pasar del garrote económico al despliegue del poder blando –concepto acuñado por Joseph Nye–, y a través de la persuasión y el peso económico expresado libremente, la isla se transforme gradualmente.

Tampoco hay que olvidar el tema de Guantánamo, esta vez no un resabio de la Guerra Fría sino de la época del Gran Garrote y de la enmienda Platt. No olvidemos que una promesa de campaña de Obama fue cerrar la cárcel que allí opera. Los cubanos aplauden la medida, pero demandan la restitución integral del pedazo de dicha geografía a la soberanía cubana. Y en ese caso nuevamente no se trata de una decisión de la Casa Blanca sino que del Capitolio.

El gobierno demócrata saliente también tiene expectativas puestas en la visita de su jefe. La democratización de Cuba, el tema migratorio y el respeto a los derechos humanos son materias cruciales para la diplomacia de Estados Unidos con la isla. Por ello es que Obama junto con reunirse con Raúl previó encontrarse con sectores de la sociedad civil cubana y, a través de esta, con la disidencia. Hemos visto manifestaciones –encabezadas por las autodenominadas “damas de blanco”– y contramanifestaciones por estos días. Es que más allá de la reanudación de la aviación comercial, las facilidades para conectarse a Internet y el turismo norteamericano masivo; el gobierno de Obama apuesta por que el cambio de las condiciones externas gatille un cambio desde adentro en el mediano plazo.

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