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Nacionalismo, internacionalismo y fútbol

por 16 marzo, 2017

El triunfo del capitalismo y la democracia liberal empujaron el mundo hacia adelante abriendo el camino hacia la superación global de la pobreza y a una diferente concepción de los derechos individuales y ahora están exigiendo nuevas formas de relación y nuevas estructuras políticas globales.

Eric Hobsbawm, distinguido historiador británico, nos propone un escenario: Un estadio europeo en un partido de fútbol internacional, lleno de espectadores con banderas, escarapelas y rostros pintados con los colores nacionales, avivando fervorosamente al equipo de su respectivo país. Los jugadores son de Brasil, Chile, Zimbawe, Polonia y Hungría, algunos son locales, la minoría; los otros son “nacionales” porque tienen el pasaporte, no porque cultural, étnica ni emocionalmente sean de ese país; sus “pases” pertenecen a empresas transnacionales irreconocibles y juegan en beneficio de sus carreras y sus ganancias personales – que pueden continuar al servicio de otros clubes y países-.

Los espectadores vibran con su equipo nacional pero se siente atrapados entre sus sentimiento xenófobos y racistas contra los futbolistas extranjeros negros, latinos y balcánicos y el orgullo que sienten por su equipo y los colores nacionales.

En este ejemplo queda de manifiesto la dialéctica entre globalización, identidad nacional y xenofobia. Esta contradicción entre lo “nacional” pasión del mundo antiguo y lo “transnacional”, caballo de batalla del liberalismo del mundo nuevo, produce una esquizofrenia que hace sufrir a las naciones del mundo.

Creo que la primera incógnita por despejar es la dinámica de este cambio: en el mundo actual las naciones no se quedan estáticas –como lo hicieron Egipto o Corea en el pasado- , por lo que solo hay dos opciones, continuar “avanzando” o “retroceder” al estado anterior.

El triunfo del capitalismo y la democracia liberal empujaron el mundo hacia adelante abriendo el camino hacia la superación global de la pobreza y a una diferente concepción de los derechos individuales y ahora están exigiendo nuevas formas de relación y nuevas estructuras políticas globales.

Es otro mundo, que nos enfrenta a complejos problemas emergentes, que generan confusión y “rejuvenecen” caminos fracasados (nuevas izquierdas y neo fascismos).

Dado que el cambio que nos trajo a la condición actual se debió a la interacción de cambios morales, científicos, tecnológicos, económicos y sociales y que es imposible olvidar o esconder lo aprendido especialmente si ello a generado mas salud, mas riquezas y mas libertad, parece que no quedaría mas que “avanzar”; se podría discutir si ese avance nos llevará a una condición mejor o peor que la existente con anterioridad o a la actual, pero aun así, solo es posible seguir la marcha hacia adelante.

Gonzalo Cordero lo dice muy bien: Es inútil que la elite política o la empresarial se enfoquen en un regreso, sino que deben evolucionar y trabajar en cambios reales que contribuyan a lograr nuevas soluciones. No se trata de respondernos a dónde queremos volver, sino en concebir un punto al que queremos llegar. Este viaje no tiene retorno, se recorre por una vía de un solo sentido, allí radica la debilidad del conservadurismo estatista de izquierda, así como del autoritario de derecha.

Me parece que esta lógica se aplica también al sistema internacional. Trump no puede hacer que EEUU “vuelva” a ser grande reconstruyendo condiciones, comportamientos y relaciones internacionales que ya fueron superadas. Si quiere un EEUU grande, solo podría lograrlo construyendo un nuevo sistema internacional hegemonizado por su país, de características tales que el mundo lo acepte porque le parece conveniente y útil, es decir, compartiendo el poder desde una posición de liderazgo. Lo irónico es que EEUU estaba, de hecho, construyendo desde Silicon Valley un mundo así. No por una decisión presidencial de alguien sino como resultado de su propia vitalidad tecnológica y social

Cabe preguntarse que pasó. ¿Es que EEUU ya no quiere ser el líder mundial y aspira a ser una estado “grande de nuevo” actuando libremente en un mundo hobbesiano?, ¿que una mayoría de los ciudadanos norteamericanos se cansó de ser superpotencia y llevar las cargas que eso conlleva?. La historia muestra a un EEUU que solo ha asumido el liderazgo “en defensa propia” y casi a contrapelo.

Y la segunda pregunta que me parece clave es el de la identidad -problema que se da en todo el mundo, pero con características y efectos peculiares en cada caso- y de si el abandono del multiculturalismo y el internacionalismo es alternativa válida para que EEUU siga siendo una sociedad de vanguardia y el mundo continúe avanzando hacia un mundo globalizado.

Trump tomó la bandera del resentimiento contra la “desigualdad”, la “globalización”, de los que “el sistema dejó atrás”, y se da por probado que eso fue también lo que condujo al Brexit en Reino Unido; a Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos y que puede desembocar en victorias para Marine Le Pen en las próximas elecciones en Francia.

Se están mezclando cosas, algunas se repiten, como las quejas económicas y el rechazo visceral hacia lo que sienten como creciente pérdida de identidad y otras que son propias y características de países específicos. Es un error amontonar circunstancias diferente bajo un solo nombre. La “primavera árabe” fue todo un ejemplo”.

Finlandia, Suecia y Noruega miran con alarma la creciente agresividad de Putin en el Mar Báltico y en Ucrania lo que los lleva a potenciar sus sistemas militares, incluyendo la reposición del servicio militar obligatorio. Pero esa actitud rusa amenazante es mas atribuible a la disminución del protagonismo norteamericano en Europa que a xenofobia o amenaza a la identidad cultural en esos tres países.

Otros países europeos como Alemania, Francia, España e Italia se sienten amenazados por la reciente inmigración masiva desde Medio Oriente, EEUU teme la agresión terrorista de Medio Oriente, pero también resiente el efecto acumulativo de años de inmigración ilegal desde Centro América, el Caribe, México y algunos países sudamericanos y sobre todo por una creciente conflictividad interna. Así, pareciera que, en estos países, el síntoma común es un conflicto de identidad en dos tiempos, gusto o disgusto por la situación cultural y social actual, y discrepancia respecto al tipo de sociedad que se está construyendo hacia el futuro.

La economía siempre es un un factor social y político importante, pero no es la principal explicación del fenómeno político que define nuestra era actual en Occidente. No se trata de la lucha de clases clásica entre ricos y pobres. Estamos presenciando que la división social se define no por el dinero sino por los valores, por dos conceptos opuestos de las que deben ser las prioridades morales de la sociedad. El enfrentamiento político era de la izquierda contra la derecha; redistribución económica contra el mercado libre; la nueva polarización emergente es entre cultura abierta contra cultura cerrada, o internacionalismo contra nacionalismo. Ya no es un conflicto de clases, es un conflicto de identidades, ¿quiénes somos? y ¿quiénes queremos ser?. Es un problema político solo por derivación, no por origen o base conceptual.

Para los seguidores de Trump, la inmigración es mas significativa que la economía y el Muro es el símbolo del rechazo a la inmigración y al cosmopolitismo en general. Este sentimiento es mas fuerte en los EUU que en países europeos que recientemente han recibido centenares de miles de refugiados islámicos; en EEUU, en los años cincuenta, el 90% de la población de EE UU era blanca; hoy, lo es solo el 63%, es decir el desafío cultural y étnico es mas intenso en EEUU que en Europa. ¿Es posible “blanquear” de nuevo a EEUU?, ¿es necesario?, ¿es conveniente?, ¿resuelve algún problema?.

Cabe entonces replantearse la cuestión: “Es inútil que la elite política o la empresarial se enfoquen en un regreso, sino que deben evolucionar y trabajar en cambios reales que contribuyan a lograr nuevas soluciones. No se trata de respondernos a dónde queremos volver, sino en concebir un punto al que queremos llegar.

Es imposible determinar si en el cambio identitario esos países ya alcanzó el “punto de no retorno”, pero aun si ello aun no hubiera sucedido, es impensable llevar a cabo un nuevo “holocausto”, que sin incinerar a sus víctimas, las empuje a la miseria y el desarraigo.

Así las cosas, pareciera que el objeto de nuestros desvelos sería imaginar un nuevo orden mundial que permita seguir adelante en la globalización corrigiendo sus aristas mas ásperas, bajo la guía de un EEUU que retome su liderazgo o con otra potencia que tenga la voluntad de hacerlo. La única voluntad para intentarlo parecería ser la Rusia de Putin, pero por lejos es la mas débil.

Volviendo al caso del fútbol, la final entre dos equipos “nacionales” europeos se parece mas a una justa entre dos gladiadores bárbaros de talla imperial: un reciario con red y tridente contra un secutor con espada y escudo grande, que una pelea de campeones barrio de Roma.

El público se acostumbró al espectáculo de calidad y no acepta menos, le gustó la globalización.

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