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¿Lagos un estadista?

por 19 abril, 2017

Es impresionante como casi tres décadas de co gobierno y síndrome de Estocolmo con la derecha pinochetista, tejen mitologías torcidas en los medios de comunicación. Ahora, resulta que Ricardo Lagos Escobar fue y es un estadista. No me sorprende, en Chile el primero que habla de corrido es un intelectual y cualquiera que logre la piocha de O´Higgins es un estadista.

Ahora que Lagos ha visto como su porte fue superado dentro de su propio sector, se enarbolan llantos hacia la montaña sagrada, pues habría pasado a mejor vida política un tribuno del calado de Pedro Aguirre Cerda o Balmaceda.

Los fundadores del acuerdo de co gobierno con la derecha económica de Pinochet, son catalogados en Chile como estadistas. Ese grupo de colaboracionistas, de esta Francia ocupada, miran por debajo del hombro a todo el que postule otra sociedad.

Lagos pertenece a un grupo de hombres partidistas de pensamiento y acción neo liberal, la más dañina y cortoplacista de las visiones que se puedan enarbolar para un país. Todo lo contrario, ser estadista implica edificar bases sólidas a futuro, sin pensar en cortar cinta alguna antes del final de un mandato.

¿Qué es ser estadista en Chile?, ¿Acaso es dibujar simulacros de políticas públicas, donde las reglas siempre favorecen al selecto grupo de los dueños del capital? ¿Es habérsela jugado para denostar el derecho internacional y liderar el  salvataje de un genocida,  enfrentado a  tribunales en Londres?

Un estadista conoce el alma profunda de un pueblo, respeta la sabiduría de los humildes, esos que no poseen ni ostentan las medallas del pensamiento académico. Un estadista enfrenta a los grupos inmobiliarios, artífices de ghettos indignos de 35 mts2, y no como el laguismo, esa corriente política que sólo les dice: “ojalá se autorregulen”.

Transantiago, por otro lado,  resume su legado, un engendro liberado por las calles antes de construir los corredores o cerrar expropiaciones, en que los bancos reciben a diario, en fresco, millones de dólares desde el bolsillo de un ganado enlatado, a tarifas de rango europeo.

¿Éso hace un estadista?, ¿Un estadista construye un negocio artero para vender las aspiraciones educacionales de millones de familias a la banca y la deja aplicar tasas superiores al 6%? ¿Un estadista entrega sin plazo final el tránsito por las carreteras a los avaros?, ¿Un estadista evita hacer una ley de puertos que había prometido?

Según la RAE un estadista es una persona con gran saber y experiencia en los asuntos del Estado. Creo que es limitada esa definición, pues hay que ver qué hace esa persona con ese conocimiento.

Lagos Escobar no fue un estadista, no nos vengan con cuentos, es un político del camino corto y del fatalismo, autor de unas de las frases más mediocres escuchadas a un mandatario: “Es lo que hay”. Su presencia de académico exitoso, le ha entregado laureles que no le corresponden.

Un estadista no hipoteca el destino de un país ante los grupos económicos. Theodore Roosevelt enfrentó a los capitanes de la industria, que en el siglo XIX hasta decidían al presidente.

Alessandri Rodriguez, un personaje de la historia chilena con el que no comulgo, lideró la construcción del actual edificio del Instituto Nacional a inicios de los 60 para legarle a esa importante institución, un edificio moderno que duraría más de cien años. Ha tomado cincuenta terminarlo, sabía que jamás cortaría una cinta.

Pedro Aguirre Cerda, negoció una postergación de la reforma agraria a cambio de industrializar e inició una década donde hubo un real proyecto de desarrollo. Alessandri Palma, no le dio patente de corso a una constitución de origen ideológico fascista. Allende, digan lo que digan, nacionalizó el cobre, donde estaría el fisco hoy sin Codelco.

Un estadista no se mide sólo por los golpes de espalda recibidos desde su grupo de pertenencia, uno donde sobreabundan los privilegios y tráficos de influencias entre lo público y lo privado. Un estadista se pondera en función de un legado, de obras trascendentes que no encadenan a futuro el bien común.

Un estadista conoce el alma profunda de un pueblo, respeta la sabiduría de los humildes, esos que no poseen ni ostentan las medallas del pensamiento académico. Un estadista enfrenta a los grupos inmobiliarios, artífices de ghettos indignos de 35 mts2, y no como el laguismo, esa corriente política que sólo les dice: “ojalá se autorregulen”.

Desde 1973 no hemos tenido estadistas, por favor, sólo administradores de un Estado de derecho que es un mero grupo de leyes tramposas. Una cosa es la realpolitik de Bismarck, lo otro ya es el colaboracionismo de Vichy.

Escarbo y escarbo en el palmarés de Lagos Escobar y no veo al estadista, sólo al partidista que  gobernó con el pensamiento único de su era, adepto hoy de las AFP e Isapres, cómodo habitante de la Constitución del 80 y que estuvo dispuesto a tragar, de feliz manera, los más repugnantes sapos del pinochetismo.

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