Domingo, 23 de julio de 2017 Actualizado a las 22:40

¿Corrección política en declive?

por Jorge Muñoz Palacios. Psicólogo por la U. de Chile y la U. Autónoma de Barcelona 20 abril, 2017

Señor Director:
Como concepto, la corrección política está indisolublemente ligada al de progresismo. Ambos, de tanto manosearse, admiten interpretaciones para todos los gustos. Quizá para aclararnos, debamos reflexionar sobre dónde y cuándo han actuado dichos conceptos a través de unos cuantos ejemplos:

La ONU ha admitido en su Comisión de Derechos Humanos a Arabia Saudí, un país con pena de muerte, con mutilaciones como “castigos legales”, donde no hay los mismos derechos para mujeres, hombres, homosexuales, etc. Un país que financia mezquitas por el mundo, exportando el wahabismo (islamismo radical), pero prohíbe la justa reciprocidad de crear templos cristianos en su territorio.

En España, cuando se permitió a Josu Ternera integrarse en la Comisión de Derechos Humanos con escándalo general, especialmente de las víctimas de ETA. Ternera, dirigente de esta banda terrorista en su período más sangriento, estuvo detenido y condenado en Francia. Se le vincula directamente al asesinato de 23 personas entre ellos niños.

En la Araucanía chilena, con incendios intencionados (muertes incluídas) y agresiones diversas, cuando los gobiernos no se atreven a denominar dichos actos como terroristas y a actuar en consecuencia.

En Europa, cuando varios gobiernos han ocultado violaciones y crímenes cometidos por inmigrantes islamistas. En el mejor de los casos, se refieren a ellos mediante evasivas y coartan a los medios que pretenden revelar su cuantía y extensión.

En Sudamérica, cuando los gobiernos se muestran sumamente tibios ─cuando no francamente admiradores de─ a la hora de denunciar las atrocidades demostradas y los fracasos socioeconómicos de las dictaduras de Cuba, Venezuela, Corea del Norte y otras.

En España y Colombia, cuando se premia a la organización terrorista ETA y a la narcoterrorista FARC, con legalizarlas, legitimarlas, darles acceso a cargos políticos y otras muchas prebendas, después de décadas de crímenes resueltos y juzgados, es cierto, pero con otros muchos aún pendientes de resolver.

En España y Chile, cuando se aprueban o tramitan “Leyes de Memoria Histórica” evidentemente sesgadas y revanchistas. Más en general, cuando se celebra urbi et orbi el centenario de la “gloriosa Revolución de Octubre” (sic), con sólo unos pocos medios independientes que se atreven a denunciar los atroces crímenes y mentiras que la impregnan, así como los cien millones de muertos que la ideología marxista ha dejado a su paso allí donde se ha hecho con el poder.

El lector medianamente informado recordará fácilmente otros ejemplos en esta línea.

Hemos llegado a estas situaciones debido a una incesante labor de propaganda diseñada por Willi Muenzenberg, allá por 1930.

Desde entonces y a partir de la presunta “superioridad moral de las izquierdas y su destino histórico”, se emprendió una labor sistemática de erosión de los valores liberales y democráticos, mediante estrategias de ingeniería social. Por resumir, estas han recurrido al adoctrinamiento temprano ─desde la niñez, si cabe─, al uso y abuso del doble lenguaje (denunciado por Orwell y globalizado hoy por hoy), a la distorsión y mitificación de la historia y a la apropiación y control de significativos áreas de la cultura (intelectuales, artistas, cine), de la educación y de medios de comunicación. Especialmente grave es la erosión de la imprescindible independencia del Poder Judicial, favoreciendo inauditos y escandalosos casos de corrupción político/empresariales que, afortunadamente, empiezan a revelarse después de décadas de impunidad.

Desde el punto de vista de partidos políticos, los Socialdemócratas (marxismo en versión light) han retrocedido en toda Europa. Los Socialistas padecen conflictos de identidad y fracturas internas, perdiendo votos a chorros. Los Comunistas nunca han pasado de un 10% testimonial. Hillary Clinton (socialdemócrata), en USA, ha sufrido una derrota tan inesperada como histórica. Sin embargo todos ellos, desde el poder que han ejercido con corrección política, progresismo y buenismo, han sido los principales responsables de los ejemplos antes mencionados. Se trata siempre de optar de preferencia por el apaciguamiento frente al agresor, olvidando a Chamberlain con Hitler.

También nos han dejado un multiculturalismo fracasado. Recuérdese la “Alianza de Civilizaciones” de Rodríguez Zapatero, pactada con Erdogan, el presidente de Turquía que ha amenazado a Europa. Este relativismo cultural pasa por alto la evidencia de que las culturas no son iguales. Por mucho que el progresismo se esfuerce en negar ─y con frecuencia atacar violentamente─ las raíces judeocristianas de la cultura occidental, es en ellas donde se asientan la Declaración de Derechos Humanos, la democracia y el verdadero progreso (que no “progresismo”) de nuestras sociedades. Más grave aún es el avanzado programa de ingeniería social consistente en imponer y adoctrinar desde la infancia, en una ideología de género, coludidos con el poderosísimo lobby gay.

Mientras las Administraciones mundiales ─léase el establishment, las elites, la casta─ se embarcaban en grandiosas “primaveras árabes” o se devanaban los sesos acerca de cómo ganar o conservar el poder, se olvidaban de las clases medias, de las mayorías silenciosas, cuando no las asfixiaban con impuestos y burocracia. El primer trompetazo de atención lo ha dado Trump. Estúdiese muy bien lo ocurrido en Holanda para ver quién realmente ha ganado las elecciones y cómo. Además de las próximas elecciones de Francia y Alemania, se contemplan “focos de inestabilidad política en Croacia, Hungría, Rumanía, Lituania y la República Checa, donde también se llevarán a cabo elecciones y donde existe una alta probabilidad de que se produzca un gran avance de los partidos euroescépticos y populistas” (Bloomberg). 2017 marcará, sin duda, un fin de ciclo.
Se nos dirá que “han surgido partidos nuevos”, libres de lastres y de “mochilas corruptas”. Pero, ¿qué de sus ideologías y programas? Son evidentes las simpatías que muestran el Frente Amplio y muchos de estos nuevos políticos progres hacia Podemos y su líder, Pablo Iglesias, un sujeto que se dice feminista pero amenaza en un tuit con “azotar hasta que sangre” (sic) a una periodista. ¿No les dice nada que Podemos sea un partido financiado por el Irán de los ayatolas y por la Venezuela del dictador Maduro? ¿Es el modelo bolivariano el que ellos proponen para Chile?

Jorge Muñoz Palacios. Psicólogo por la U. de Chile y la U. Autónoma de Barcelona

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