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Miércoles, 22 de noviembre de 2017 Actualizado a las 13:50

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El fantasma del Sename

por 11 julio, 2017

El fantasma del Sename
La nueva ley que tipifica el maltrato de menores posiciona a Chile como un país con altos estándares en protección de la infancia, sin embargo, el Informe del Sename II, donde debían analizarse los mecanismos para dar mayor protección a los niños que precisamente son víctimas de esta violencia, trajo consigo solo rencillas políticas, conflictos entre distintos partidos y acusaciones que nuevamente dejan a un lado y en el olvido el propósito de dicho informe y del mismo Sename. La discusión mostró las mezquindades del mundo político, sin escuchar ni observar a las reales víctimas: los niños y las niñas vulnerables, víctimas de maltratos, abusos y negligencias que llevaron a que hoy sumemos 1.313 fallecidos y fallecidas en 10 años.

Parece difícil de creer, paradójico al menos, que en el mismo periodo en que el Gobierno de Michelle Bachelet promulga una ley que, de acuerdo al Consejo Nacional de la Infancia, posiciona a Chile como un país con altos estándares en protección de la infancia, aparece el segundo informe de Sename mostrando nuevamente una trágica realidad sin respuesta aún.

La nueva ley que tipifica el delito de maltrato de menores y otras personas vulnerables, sanciona las conductas de violencia física que no producen lesiones y aquellas que provocan un trato degradante, humillación y menoscabo a la dignidad humana de las víctimas. Sin duda, a nivel legislativo en materia de infancia es un avance, pero se ve tan distante respecto de esos mismos niños y niñas que se desea proteger, especialmente cuando el organismo que debe hacerlo está bajo un duro cuestionamiento y supuesta exhaustiva investigación.

El informe de Sename II debía cumplir esta investigación, sin embargo, trajo consigo rencillas políticas, conflictos entre distintos partidos y acusaciones que nuevamente dejan a un lado y en el olvido el propósito de dicho informe y del mismo Sename. La discusión mostró las mezquindades del mundo político, sin escuchar ni observar a las reales víctimas: los niños y niñas vulnerables, víctimas de maltratos, abusos y negligencias que llevaron a que hoy sumemos 1.313 fallecidos y fallecidas en 10 años.

Sename entonces aparece como una figura fantasmagórica a lo largo de tres gobiernos, como un secreto familiar, que todos saben que existe pero nadie quiere realmente saber, como un trauma transgeneracional que circula y transita de generación en generación, del que nadie desea hacerse cargo. La realidad es terrible y a veces es mejor no verla, buscar soluciones rápidas, buscar soluciones mágicas, decir “terminemos con Sename”, como si borrando su nombre elimináramos la  injusticia, pobreza, discriminación y abandono de miles de niños, niñas y adolescentes. Pero, realmente, ¿qué deseamos finalizar al terminar con Sename? ¿Le cambiaremos el nombre para seguir con las mismas lógicas? ¿Inyectaremos recursos económicos para calmar nuestras conciencias?

Sename como fantasma sigue ahí, se muestra a través de crisis: de fallecimientos de niños y niñas, de escándalos y de rencillas políticas. Estos hechos son su grito de ayuda, porque, de lo contrario, los habitantes del Sename viven en silencio, marginados de la sociedad, de los medios de comunicación, de los servicios de salud, de los partidos de fútbol y de sus héroes. La realidad es demasiado dolorosa y tal vez preferimos escuchar cómo los diputados se culpan de negligencias y cuoteos políticos, a enfrentar la desolación y muerte de inocentes.

Sename como fantasma sigue ahí, se muestra a través de crisis: de fallecimientos de niños y niñas, de escándalos y de rencillas políticas. Estos hechos son su grito de ayuda, porque, de lo contrario, los habitantes del Sename viven en silencio, marginados de la sociedad, de los medios de comunicación, de los servicios de salud, de los partidos de fútbol y de sus héroes. La realidad es demasiado dolorosa y tal vez preferimos escuchar cómo los diputados se culpan de negligencias y cuoteos políticos, a enfrentar la desolación y muerte de inocentes.

El fin de Sename debería ser entonces medidas para terminar con la desigualdad y la marginación de estos niños y niñas, debería ser su reestructuración, modernización, en la cual participen los principales involucrados, que son las víctimas.

El fantasma seguirá presente mientras el reconocimiento, de parte del Estado, de la desprotección y transgresión que existió y existe hacia la infancia más vulnerable no ocurra. Seguirá apareciendo esta presencia fantasmagórica de los ausentes y discriminados, mientras no se juzgue y condene a los responsables, ya que el silencio, la negación, las soluciones mágicas, solo llevan a la repetición de las tristes y fatales historias de los 1.313 fallecidos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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