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¿Por qué la derecha está ganando la interpretación?

por 17 julio, 2017

¿Por qué la derecha está ganando la interpretación?
La derecha chilena, sin duda, ha aprovechado bien el espacio de jugar en una cancha donde el rival parece estar más bien preocupado de cuidar el área chica y resolver los problemas de una defensa sin fiato y poca convicción. Y aquí viene la primera paradoja. Chile Vamos ha tenido la audacia de entrar en el campo del rival sin complejos frente a su propia historia, llegando a arrebatarle a la centroizquierda conceptos que forman parte de su relato, de su ADN. Volvamos al caso Sename. La oposición no solo ha negado cualquier responsabilidad de sus parlamentarios –y de los cuatro años que fueron Gobierno–, sino que además instaló un discurso de “defensa de los derechos humanos”, logrando descolocar al oficialismo en un tema sensible. Fue tan agresiva la estrategia, que llegó a circular por redes una comparación entre el número de Detenidos Desaparecidos y los niños fallecidos en los recintos del organismo estatal.

Qué duda cabe, la derecha está pasando por un buen momento. Se nota en el ambiente, se percibe en su relato. En cierta forma, han asumido una actitud y postura de triunfadores de manera anticipada. Lo curioso es que aún no cuentan con cifras objetivas que avalen esta posición. Pese al bálsamo anímico que significaron las primarias para la coalición opositora, lo cierto es que su abanderado no logra superar el 30% en la intención de voto –cifra que se acerca al techo que ha tenido la derecha históricamente–, y quienes fueron a apoyar a sus candidatos llegaron a poco más de un millón y medio de personas, versus los dos millones cien mil que lo hicieron por Bachelet en 2013.

Este ambiente de euforia está, principalmente, vinculado a dos factores.

Por un lado, las malas cifras económicas que presenta el Gobierno –incluida la baja crediticia– y los avatares que está viviendo el bloque oficialista, tanto por la falta de definiciones en materia de lista parlamentaria como por los roces entre sus dos cartas presidenciales, y de Guillier con los partidos que lo apoyan. Y, por otra parte, debido a un clima de “carrera ganada” que el propio ex Mandatario ha instalado como parte de su estrategia comunicacional.

Piñera ha intentado convencer a los chilenos de que, más que un candidato, es el Presidente electo para 2018. El diseño apunta a que se perciba que Chile tiene dos presidentes en la actualidad y la crisis del Sename es un buen ejemplo de esta situación. El candidato de Chile Vamos hizo todo lo posible por opacar a Michelle Bachelet, llegando al extremo de hacer anuncios similares a los de la Presidenta, pero un par de días después. Su propuesta fue lanzada con una solemnidad similar a la de quien está ejerciendo el cargo y, por supuesto, careció de detalles acerca de cómo se pueden implementar, lo que es propio de un candidato.

Pero lo cierto es que Sebastián Piñera y su entorno están proyectando que la elección de noviembre es, a estas alturas, un trámite, llegando incluso a insinuar, algunos de sus dirigentes, que el triunfo podría ser en primera vuelta. Este solo dato –un escenario prácticamente imposible– permite entender por qué la derecha está on fire. 

¿Qué es lo que pasó en poco más de tres años que permita entender este giro político de la ciudadanía? Porque lo cierto es que, en caso de que gane Piñera, el país estará viviendo una situación digna de una serie de Netflix al tener, alternadamente, dos presidentes que representan polos opuestos por largos 16 años. Bachelet-Piñera-Bachelet-Piñera. Una sucesión que permite entender las contradicciones profundas de Chile.

La derecha chilena, sin duda, ha aprovechado bien el espacio de jugar en una cancha donde el rival parece estar más bien preocupado de cuidar el área chica y resolver los problemas de una defensa sin fiato y poca convicción. Y aquí viene la primera paradoja. Chile Vamos ha tenido la audacia de entrar en el campo del rival sin complejos frente a su propia historia, llegando a arrebatarle a la centroizquierda conceptos que forman parte de su relato, de su ADN.

Volvamos al caso Sename. La oposición no solo ha negado cualquier responsabilidad de sus parlamentarios –y  de los cuatro años que fueron Gobierno–, sino que además instaló un discurso de “defensa de los derechos humanos”, logrando descolocar al oficialismo en un tema sensible. Fue tan agresiva la estrategia, que llegó a circular por redes una comparación entre el número de Detenidos Desaparecidos y los niños fallecidos en los recintos del organismo estatal.

La derecha chilena, sin duda, ha aprovechado bien el espacio de jugar en una cancha donde el rival parece estar más bien preocupado de cuidar el área chica y resolver los problemas de una defensa sin fiato y poca convicción. Y aquí viene la primera paradoja. Chile Vamos ha tenido la audacia de entrar en el campo del rival sin complejos frente a su propia historia, llegando a arrebatarle a la centroizquierda conceptos que forman parte de su relato, de su ADN. Volvamos al caso Sename. La oposición no solo ha negado cualquier responsabilidad de sus parlamentarios –y  de los cuatro años que fueron Gobierno–, sino que además instaló un discurso de “defensa de los derechos humanos”, logrando descolocar al oficialismo en un tema sensible. Fue tan agresiva la estrategia, que llegó a circular por redes una comparación entre el número de Detenidos Desaparecidos y los niños fallecidos en los recintos del organismo estatal.

La derecha también ha jugado a traspasar las barreras ideológicas, y en eso las primarias fueron muy claves para proyectar un panorama más amplio de un sector político conservador. Kast y Ossandón le abrieron el abanico, mostrando una cara algo más progresista.

En el caso del senador, llegó a proponer “más Estado” y a criticar duramente la relación política-negocios y la colusión. Varios de sus proyectos apuntaban a una sociedad colectiva, que comparte valores como la solidaridad versus el individualismo, esta última, premisa que siempre  ha caracterizado el relato de la derecha chilena. Pero con Piñera ya ratificado, la coalición debería retomar la “normalidad” y ajustar su discurso y propuestas de manera que le hagan sentido a quienes son su base de apoyo. Mal que mal, la UDI es el partido clave de su campaña y en esa colectividad hay pocos espacios para algunas iniciativas que planteaba Ossandón, como la de mantener la gratuidad en la educación, eje central del actual Gobierno.

Y Chile Vamos ha hecho un evidente esfuerzo por no entrar en contradicción con el “Chile progresista” –ese que avala situaciones y conductas que la derecha no comparte–, pero sí hacerle guiños a ese desencantado que estuvo entre el 82% que terminó respaldando a Bachelet I y que votó por Bachelet II.

Hasta aquí todo parece indicar que Piñera será Presidente, se está consolidando una suerte de profecía autocumplida, avalada por los partidos que componen la Nueva Mayoría. Sus líderes parecen estar más preocupados de enrostrarse públicamente, de descalificarse, de decir que lo que hace el comando de su candidato es una pendejería.

Si Goic o Guillier creen que pueden romper lo que parece inevitable, deberán hacer un gran esfuerzo por dejar de jugar en su propia área e intentar contraatacar. Pero eso supone instalar contenidos y, al mismo tiempo, perder el pudor para pelear por una interpretación de la sociedad. El progresismo, o los valores comunitarios, fue lo que históricamente le dio vida a la Democracia Cristiana o al Partido Socialista. Eso que algunos llaman visión del mundo y que la Nueva Mayoría parece haber olvidado repentinamente. Y la verdad es que la peor derrota no sería la electoral, sino la ideológica.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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