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Estado unitario, descentralización y globalización: desafíos territoriales

por 18 julio, 2017

Asistimos a una creciente territorialización de la política y de la gestión pública.  Mientras la política del siglo XIX estaba centrada en las multitudes y las masas, la del siglo XX fue la política de las instituciones y los “aparatos”, y la política del siglo XXI se construye alrededor de redes y  territorios.

Las pertenencias territoriales –basadas en la cultura, tradiciones e identidades- han pasado a tener preponderancia, al tiempo que en todo el mundo los Estados nacionales se ven presionados “por arriba” por las tendencias globalizadoras y supranacionales, y también “por abajo” por el creciente protagonismo de las regiones, las provincias y las comunas.

En Chile podría leerse toda la historia política e institucional desde 1818 en adelante, como una constante tensión entre la fuerza centralizadora radicada en la capital de la República y las provincias y regiones, un conflicto más o menos abierto o soterrado entre “centro y periferia” que no ha terminado de resolverse.

Debemos reconocer que el centralismo es un virus ideológico que atraviesa y afecta a todas las instituciones y a toda la sociedad: son centralizados los partidos políticos y las centrales gremiales y sindicales, las empresas y los bancos, todos los organismos públicos y también las corporaciones empresariales.

Y como Chile no es un Estado federal –y enhorabuena- la fórmula para distribuir más equitativamente el poder en el aparato público y en el territorio, manteniendo la unidad del Estado, ha sido la creación de regiones, la desconcentración de servicios, la descentralización de atribuciones y facultades y la elección directa de las autoridades regionales.   Aún así una de las grandes tareas pendientes es la descentralización fiscal, de manera de radicar en los territorios  la recaudación y la gestión de los recursos tributarios provenientes de impuestos regionales.

La sola lentitud con que estos cambios tienen lugar, es un reflejo evidente de las enormes dificultades, barreras ideológicas y culturales, y rigideces institucionales y políticas con que se enfrenta la profunda demanda ciudadana de la descentralización.

Debemos reconocer que el centralismo es un virus ideológico que atraviesa y afecta a todas las instituciones y a toda la sociedad: son centralizados los partidos políticos y las centrales gremiales y sindicales, las empresas y los bancos, todos los organismos públicos y también las corporaciones empresariales.

Existe una relación inversamente proporcional entre la residencia en una región o comuna y la distancia física que ésta tiene del centro político y económico del país, a través de la cual los ciudadanos reclaman poder de decisión de sus autoridades locales y regionales.

No hay lugar para exasperarse sin embargo: en Francia (uno de los Estados más centralizados de Europa) la regionalización duró más de 20 años en instalarse y aún no han terminado de percibirse sus efectos.

Nos abrimos a una época en que las redes de las comunicaciones y los intercambios, nos ofrecen la posibilidad de conectarnos con el mundo en forma instantánea: en la sociedad de las multitudes inteligentes y de las plataformas digitales, los ciudadanos reclaman que sus identidades y territorios sean reconocidos en su diversidad.   Al mismo tiempo, las regiones de países ganan presencia y protagonismo internacional.

La política ciudadana del presente siglo, es una política de relaciones horizontales, donde los territorios reclaman voz y voto, atribuciones y recursos.

El siglo XXI es el siglo de las regiones, es la época de la descentralización del poder en los territorios, es el momento histórico en que la geografía se toma los titulares y cautiva la imaginación y las aspiraciones de los ciudadanos y las comunidades. No se trata solo de democratizar la descentralización, se trata también de descentralizar la democracia.

El centro del mundo o el centro del país, deja de ser el centro de las vidas de las personas.

Un desafío mayor de nuestro Estado es descentralizarse sin perder su condición unitaria e integrarse desde los territorios en la sociedad global.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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