Malestar, diversidad y religión: los tres ejes para ganar en segunda vuelta - El Mostrador

Lunes, 11 de diciembre de 2017 Actualizado a las 14:36

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Malestar, diversidad y religión: los tres ejes para ganar en segunda vuelta

por 4 diciembre, 2017

Malestar, diversidad y religión: los tres ejes para ganar en segunda vuelta
Lo primero es dejar atrás toda esa verborrea del “derrumbe del otro modelo” voceada por los nuevos y jóvenes intelectuales de derecha (Mansuy, Alvarado, Herrera…) y todo ese afán refundacional infantil que los animaba (“la mayoría de las ideas”). Segundo, ignorar la idea de aferrarse a un ideal identitario, unidimensional y homogéneo. No, la diversidad con todos y cada uno de sus bemoles, llegó para quedarse. Y lo tercero que hay que dejar atrás es la falsa pretensión de capturar el voto religioso adulando a los “católicos pechoños” o a “los canutos protestantes”. Acá la cuestión es más compleja.

Son tres las tonterías que hay que dejar atrás por un largo rato. Fueron malos diagnósticos, interesados y amplificados por los medios ideológicamente interesados en agasajar, sobre todo, a la clase empresarial. Son tonterías demostradas por la contundencia de los hechos que hay que revaluar y, mientras tanto, como digo, dejar atrás por un largo rato. Más aún si lo que se quiere es ganar la segunda vuelta presidencial.

El giro hacia el Frente Amplio o hacia Manuel José Ossandón fue claro tanto para Guillier como para Piñera. Digamos, se “izquierdizó” un tanto el ambiente. Para la Nueva Mayoría y para Chile Vamos no es negocio mirar al pinochetismo o al partido del orden.

Así, pues, la primera de las tonterías que los candidatos deben dejar atrás no es solo la encuesta del CEP, sino sobre todo la inclinación que se ha tenido desde esta misma entidad en devaluar el malestar social que se vive en nuestro país con el modelo neoliberal. Harald Beyer se va del CEP y lo deja sin encuesta y sin brújula.

En efecto, se publicaron libros en contra del malestar (el CEP, uno de ellos); domingo a domingo el oráculo de Carlos Peña fustigó a “Pedrito” Güell, el hermeneuta del PNUD, de La Moneda y del malestar chileno; los medios radiales y escritos gastaron minutos y tintas en depreciar a la calle y sus descontentos; al estilo de Peter Sloterdijk, intelectuales bien pensantes como Matías Rivas (“cuicos calmos”, los llamé en su minuto) censuraron a Daniel Matamala, Tomás Mosciatti o Mirko Macari por darle tribuna al vociferante gentío diario (“la ira”) que marchaba por la Alameda.

Todo eso se debiera acabar. Los candidatos debiesen tomar nota de que el malestar es un hecho y que, ante los hechos, es más inteligente cambiar de opinión. El malestar es una realidad cierta y se vive cotidianamente. Sus causas son múltiples y sus expresiones son extremadamente heterogéneas, pero lo claro en toda esa multidimensionalidad es que los imaginarios que representan el Frente Amplio y Manuel José Ossandón (el hijo más ilustre del “cosismo” de Joaquín Lavín) se viven como respuestas políticas válidas por el cotidiano del hombre de a pie.

Son identidades, como se ve, que se construyen desde la fractura, el enojo y la reivindicación. Piden reconocimiento. Ahí el Frente Amplio naturalmente que lleva la delantera en acoger a cuanto ansioso de reconocimiento anda por ahí, que es por donde Guillier debiera crecer, él, que se supone, es un regionalista furibundo. Pero también debiese ser una oportunidad para los liberales de Evópoli darse cuenta de ese nicho, ser menos los “cuicos del Starbucks de Vitacura” y salir a conquistar ese espacio liberal que también puede ser de ellos. Piñera ahí debe escuchar más a Hernán Larraín Matte y a Felipe Kast que al ya herido Andrés Chadwick, que como estratega le achuntó bien poco, siendo bien honestos.

Toda la verborrea del “derrumbe del otro modelo” voceada por los nuevos y jóvenes intelectuales de derecha (Mansuy, Alvarado, Herrera…), todo ese afán refundacional infantil que los animaba (“la mayoría de las ideas”), toda esa furia en contra de Ossandón (Pablo Ortúzar, un furibundo antiossandonista, lo trató de “el último patroncito”), toda esa nostalgia patética por Jaime Guzmán y Edgardo Boeninger (“nos fuimos quedando en silencio”), debe ser reemplazada por interpretaciones más sutiles y sofisticadas respecto a lo que es el verdaderamente malestar.

La segunda de las tonterías, claramente, fue aferrase a un ideal valórico identitario, unidimensional y homogéneo. En rigor, la diversidad identitaria llegó a Chile y llegó para quedarse.

La diversidad social, cultural o de género; la diversidad de los animalistas, veganos o vegetarianos; la diversidad étnica supervalorada que recorre el país; las causas por los enfermos de cáncer, sida o Alzheimer; los progresistas de izquierda que defienden su barrio Yungay o los hipsters RD arriba de sus bicicletas que quieren que Providencia sea Copenhague o Ámsterdam; las identidades de provincias, las más duras como las de Magallanes, las más líquidas como las del centro huaso; los barrios, los territorios, la defensa de la naturaleza, el agua, los bosques, la biodiversidad, la ranita de Darwin, las identidades que de un día para otro se pueden organizar por Facebook y marchar por el Paseo Ahumada, todos, todas y todes llegaron para quedarse.

Son identidades, como se ve, que se construyen desde la fractura, el enojo y la reivindicación. Piden reconocimiento. Ahí el Frente Amplio naturalmente que lleva la delantera en acoger a cuanto ansioso de reconocimiento anda por ahí, que es por donde Guillier debiera crecer, él, que se supone es un regionalista furibundo. Pero también debiese ser una oportunidad para los liberales de Evópoli darse cuenta de ese nicho, ser menos los “cuicos del Starbucks de Vitacura” y salir a conquistar ese espacio liberal que también puede ser de ellos. Piñera ahí debe escuchar más a Hernán Larraín Matte y a Felipe Kast que al ya herido Andrés Chadwick, que como estratega le achuntó bien poco, siendo bien honestos.

Y la tercera de las tonterías que hay que dejar atrás es la de pretender que el voto religioso se gana adulando a los “católicos pechoños” o a “los canutos protestantes”, las alas más conservadoras del cristianismo. Aquí Piñera, y la derecha sobre todo, tienen mucho que aprender. Ni por un momento se debe pensar que porque la familia multimillonaria del obispo Durán se apoltrona ahora en el Congreso, se tiene ganado el voto protestante; pero tampoco se debe creer que los votos de Ossandón o José Antonio Kast, que representan al catolicismo puentealtino popular o cuico ultramontano, son endosables así de rápidamente. Acá la cuestión es más compleja.

Lo que sería un craso error, sería apelar para esta segunda vuelta solamente a las minorías identitarias de las que hablábamos más arriba, y no hacerlo a los ejes tradicionales y religiosos que atraviesan Chile y que sobrepasan con creces la militancia en alguna iglesia determinada. Se debe apelar también al “sentido de los mundos de vida” que por todas partes vemos en el Chile de hoy.

Es cierto, por ejemplo, que la institucionalidad de la Iglesia católica está por los suelos, es cierto que los columnistas más “come curas” de la plaza llenan sus páginas contra la visita del Papa argentino, es cierto que la Pontificia Universidad Católica hace agua con su neoliberalismo ramplón, todo eso es cierto, pero aquello no significa que ese “mundo de la vida” no tenga sentido para el hombre y la mujer del Chile profundo. Lo tiene. Es un sentido líquido. Nostálgico. Más ético que moral. Más cura Berríos que monseñor Ezzati. La cuestión es entender lo que dicen filósofos como Gianni Vattimo o Richard Rorty cuando debaten el rol de la religión hoy: después de la muerte de Dios, la gente quiere escuchar al Papa predicar sobre el evangelio, no sobre la constitución “correcta” y “natural” del ser humano y sus conductas. Y esto es muy latinoamericano, un continente donde los creyentes salvan a sus iglesias del pecado de sí mismas.

Así, más o menos, quedó Chile después de la primera vuelta. Y esta es mi apuesta de 3 ejes para ganar la segunda vuelta: malestar, diversidad y religión.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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