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¿Modernización sin modernidad?

por 8 diciembre, 2017

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Hace ya algunas semanas ha vuelto a reflotar parte del debate en torno al concepto de modernización. En una entrevista con el diario La Tercera, el Rector de la Universidad Diego Portales (UDP), Carlos Peña, ha sostenido que Chile está inmerso en una disyuntiva en torno a la necesidad de continuar el proceso de modernización del país agudizado a partir de los años noventa. El problema de fondo que se plantea respecto de la izquierda –aunque podría extrapolarse a las diversas corrientes políticas– es “si acaso se persistirá en el proyecto modernizador de las últimas décadas o si, en cambio, se torcerá su curso”. En lo que sigue no pretendo inmiscuirme en el debate respecto del curso de la modernización, tanto como reparar brevemente en una suerte de olvido, posible de observar en la exaltación de dicho concepto como eje o paradigma único. Esto último parece ofrecerse como síntoma del problema general.

Lo que el Rector Peña parece olvidar es que el concepto de modernización, como señalara Norbert Lechner hace más de 25 años, permanece en una relación de tensión directa con el concepto de modernidad. Mientras la modernización encierra un proceso general de desarrollo capitalista, basado en principios de eficacia, competitividad y productividad, todos los cuales son resumidos al alero del pensamiento técnico-instrumental, la modernidad remite a un proceso general de autodeterminación político-social, sustentado en un tipo de pensamiento normativo. Aquella immanente distinción, desatendida por el Rector de la UDP, no por nada ha estructurado los cimientos de la sociología como ciencia de la sociedad. Ella da cuenta del rostro jánico de la “doble revolución” descrita por Eric Hobsbawn en La era de la revolución (1789-1848), que terminará dando nacimiento a dicha ciencia “moderna”. Mientras que la modernización puede ser reconocida a partir de los avances generados por la Revolución Industrial (c. 1848), la modernidad ha de ser identificada con el proceso de Ilustración detonado por la Revolución Francesa (1789).

Observada con ojos contemporáneos, la dualidad modernización-modernidad ha sido representada por la tensión existente entre capitalismo y democracia, entre crecimiento económico e integración y/o cohesión social. Aquella distinción da cuenta del debate sociológico actual al respecto, que  no parece adecuado soslayar cuando se persigue comprender al Chile de hoy. Por cierto que la modernización capitalista es condición necesaria para el desarrollo del país. Sin condiciones materiales no hay nada que repartir ni organizar. Sin embargo, el olvido del concepto antagónico de modernidad supone la omisión de premisas tan o más importantes para el desarrollo pluridimensional del país. No basta con realizar obras de infraestructura, crear más empresas o re-industrializar Chile para tener un país con una convivencia democrática “sana”. La promoción aislada de la modernización capitalista conlleva la generación de diferentes y nuevas formas de exclusión de la gran mayoría de la población. En la medida en que la modernidad es omitida en el debate sobre el desarrollo del país, la raigambre democrática asoma entonces secundaria, ignorando de paso que las condiciones materiales son, como lo dice la palabra, condiciones (medios) y no fines.

¿Cuánta modernización y cuánta modernidad es deseable para Chile? Lo que en cualquier caso parece evidente, es que un análisis y/o política estatal ceñida solamente a una de tales dimensiones está condenada a naufragar en la complejidad de los tiempos modernos.

Lechner afirmaba en 1990 que Chile se encontraba en una situación de modernización sin modernidad, que ponía la convivencia entre ambas dimensiones en serios aprietos. Un diagnóstico del Chile actual no podría romper fácilmente con aquella visión. El proyecto de modernización parece imponerse por sobre y a costa del proyecto de modernidad. El pensamiento técnico-instrumental parece imperar por sobre y a costa de la equivalente inclusión de todos en la autodeterminación democrática del país. La actividad política queda así circunscrita a tareas técnicas, cercenando los elementos de legitmidad democrática (Habermas). La pregunta que, sin embargo, cabe plantearse, es si este balance histórico es fácticamente necesario. Lo interesante es reflexionar si es que modernización y modernidad permanecen en una relación dialéctica irresoluble. No se trata entonces de poner aquella relación sencillamente de cabeza. A pesar de las dificultades que la misma conlleva, el desafío parece residir más bien en la fórmula que empleemos. ¿Cuánta modernización y cuánta modernidad es deseable para Chile? Lo que en cualquier caso parece evidente, es que un análisis y/o política estatal ceñida solamente a una de tales dimensiones está condenada a naufragar en la complejidad de los tiempos modernos.

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