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Pobres y Violentos

por 13 febrero, 2018

Pobres y Violentos
Hay violentos ricos y violentos pobres, pero no hay pobres ricos y pobres pobres, la pobreza no es una condición del ser humano, no está en nuestro ADN… sin embargo, la violencia atraviesa el mundo moderno por la espina dorsal. La violencia está enquistada en el corazón de toda sociedad, la vemos, la toleramos, la perpetuamos. La TV, los videojuegos, las redes sociales son, en ocasiones, un escaparate de las diferentes expresiones de la violencia, y lo más peligroso es que muchas de ellas ya pasan inadvertidas, ya no volteamos a mirar, ya no nos producen nada.

La pobreza genera violencia. Este es uno de los mantras más repetidos en la conceptualización y etiquetado de los distintos grupos sociales, una frase que repetimos sistemáticamente, y sobre la que tal vez no nos hemos detenido a pensar demasiado.

¿En verdad la pobreza genera violencia?

Hace algunos días, durante la visita del Papa en Chile, la hermana Nelly León, capellana de la cárcel de mujeres de San Joaquín, le dijo: “En Chile, lamentablemente, se encarcela la pobreza”. A esta dura afirmación se podría añadir que, además, se encarcela la falta de oportunidades, se encarcela no tener estudios terminados (según el MDS, el 87% de las personas privadas de libertad no finalizaron 4° medio), y esa cifra aumenta año tras año, Chile es el país de la OCDE con mayor población reclusa.

Wittgenstein y Maturana decían que el lenguaje construye realidades y la realidad que hemos construido, como sociedad, es que la pobreza genera violencia.

La pobreza es multidimensional, y la violencia también lo es. Existen muchos tipos de violencia y también muchos tipos de pobreza. Hay violencias aceptadas socialmente e incluso celebradas, hay violencia económica, social y cultural, sin embargo, no aceptamos la pobreza, la rechazamos, le tenemos aún más miedo, la estigmatizamos y la bañamos con violencia para poder encarcelarla.

Si la pobreza generara violencia, entonces los lugares más pobres deberían ser, por ende, los más violentos y esto es completamente falso. Según Roberto Briceño León, sociólogo venezolano, en su estudio “Sociología de la Violencia”, la mayoría de los crímenes y hechos violentos en América Latina se producen en las grandes ciudades, que concentran la mayoría de la riqueza; por el contrario, los países que menos crímenes por habitante registran son aquellos más empobrecidos y con mayor densidad de población en contextos rurales.

Es un acto tremendo de cobardía tachar de violentos a los pobres y hacerles pagar las consecuencias de un sistema asimétrico y perverso. Mientras no nos deshagamos de la violencia no podremos entender que la pobreza tiene muchas aristas y que la solución no pasa por la estigmatización o la cárcel, sino por el acceso a oportunidades y la justicia social.

Las ciudades surgen como las grandes suministradoras de oportunidades, siendo la oferta laboral una de las principales razones de los éxodos rurales, pero su crecimiento ha sido tan desmesurado en las últimas décadas que ya no cubren las expectativas, muchas personas llegan a las ciudades en busca de mejores oportunidades y encuentran frustración y necesidades insatisfechas.  Las grandes ciudades juegan un papel fundamental en el desarrollo social y económico de los países, no obstante, están colapsando, y esta tendencia inexorable las convierte en armas de doble filo, lugares para prosperar o para hundirse, lugares para ser feliz o deprimirse, ojalá las tendencias de urbanismo y crecimiento moderno nos ofrezcan alternativas y ciudades diferentes y sostenibles.

Por lo tanto, no es la pobreza sino la falta de acceso a oportunidades, especialmente en contextos urbanos, lo que produce la violencia, y voy más allá, la frustración o la desigualdad generan violencia y esta, a su vez, perpetúa las condiciones de pobreza… La violencia no es resultado de la pobreza sino una causa.

Hay violentos ricos y violentos pobres, pero no hay pobres ricos y pobres pobres, la pobreza no es una condición del ser humano, no está en nuestro ADN… sin embargo, la violencia atraviesa el mundo moderno por la espina dorsal. La violencia está enquistada en el corazón de toda sociedad, la vemos, la toleramos, la perpetuamos. La TV, los videojuegos, las redes sociales son, en ocasiones, un escaparate de las diferentes expresiones de la violencia, y lo más peligroso es que muchas de ellas ya pasan inadvertidas, ya no volteamos a mirar, ya no nos producen nada.

Es un acto tremendo de cobardía tachar de violentos a los pobres y hacerles pagar las consecuencias de un sistema asimétrico y perverso. Mientras no nos deshagamos de la violencia no podremos entender que la pobreza tiene muchas aristas y que la solución no pasa por la estigmatización o la cárcel, sino por el acceso a oportunidades y la justicia social.

Parece difícil eliminar la violencia de un mundo cuya historia se ha escrito sistemática a través de la guerra y las armas, y aunque la respuesta sea evidente, la educación sigue siendo la llave. Debemos educar para la paz, a través del respeto, del reconocimiento y de la dignidad. Podemos llegar a tener un mundo sin pobreza, pero eso no garantizará que desaparezca la violencia. Hay sociedades sin pobreza, pero no las hay sin violencia.

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