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Cóncavo y convexo, Frente Amplio y el PC: ¿izquierda espectral o movimientos litigantes?

por 19 febrero, 2018

Cóncavo y convexo, Frente Amplio y el PC: ¿izquierda espectral  o movimientos litigantes?
Ahora están en juego dos escenarios entre cóncavo y convexo. De un lado, la agudización del individualismo propietario con altos indicadores de eficiencia en la consolidación de una sociedad de bienes y servicios (el milagro chileno) o, bien, el comienzo de un diseño de mixturas entre instituciones y movimientos, modernización y subjetividad. Esto, asumiendo la sedimentación de una democracia pospartidaria: provisoriamente la tarea del FA se debe mover en la segunda dirección, mientras el PC se refugiará en un lenguaje normativo cruzando planos incompatibles... en un universo que va desde Ignacio Walker hasta Cristián Cuevas.
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Por estos días resulta indispensable revisitar la relación entre neoliberalismo y comunicación. Esto, en virtud de que la nueva "economía mediática" nos ayudaría a comprender no solo el triunfo de la derecha (55% luego de un prolongado silencio del progresismo), sino también la irreversible decadencia ideológica de las "izquierdas espectrales", apelando a la destrucción de los cimientos culturales y simbólicos del orden normativo. Tal tarea comprende hurgar en otros mapas cognitivos y obviar cierta pereza intelectual (la metáfora dramática de los jacobinos y el anacronismo del "Consenso de Washington"), donde este término persistentemente repudiado –por poderosas e innumerables razones– en el campo de las izquierdas contemporáneas, y parcialmente rechazado en el universo de un "progresismo promiscuo", no resulte aritméticamente homologado al Ébola o, bien, a la lepra, tal cual aparece en los exuberantes trabajos de Michel Foucault.

Sin perjuicio de lo último, y pese al crecimiento expansivo del país en un cúmulo de indicadores modernizantes y equilibrios macroeconómicos reconocidos en el contexto regional, la sociedad chilena –por momentos– tiene patrones similares a una "comedia bastarda" que debe ser erradicada por las nuevas gramáticas generacionales, o bien por un proyecto cultural sin retórica evangelizadora. El fascismo capilar de los últimos días, y la voraz crisis axiológica que circula en nuestra atmósfera, nos invita a mirar con rubor las nuevas economías de las subjetividad.

Dicho esto, será el oficialismo cultural el encargado de defender la relación productiva entre "neoliberalismo (evolutivo) y democracia" para descifrar los nudos críticos que comprende la empresarialización de la subjetividad. Ergo, por qué deberíamos admitir que el neoliberalismo –pese al poderío de la Escuela Austriaca– representa una estricta evolución hayekiana en nuestra modernización mestiza cincelada sin reforma luterana ni iluminismo secular, y no una forma de "sublime" (aunque siempre eficiente) control cognitivo de la vida cotidiana para garantizar la producción suntuaria como único formato de modernización –¿capitalismo alegre?–.

Si el neoliberalismo es una "economía mediática" indispensable para la gobernanza, hacemos mención a un conjunto de formaciones textuales-discursivas que prefiguran una realidad en estado de mutación: imágenes, liderazgos mediáticos, violencia ciudadana, construcción visual de la gobernabilidad, couching lingüístico que ha permitido, por ejemplo, que la ex Nueva Mayoría se haya proclamado como una fuerza de centroizquierda, en fin, todo ello da cuenta de un orden postsocial.

A la sazón, la administración de la simbolicidad que prefiguran las elites dentro de una "democracia audiovisual" ha contribuido a un inédito empoderamiento de rostros de la nueva "izquierda postsocial": tal fue el caso de un conjunto de voces críticas que se abrieron camino desde la "biblioteca del 2011" y que, con una fuerte dosis de economía virtual, escalaron velozmente a posiciones públicas estableciendo distintas alianzas de mediatización que remecieron el panorama visual –so pena de su inoperancia a la luz del 55% del piñerismo–.

Dicho eso, y hasta aquí llegan las concesiones, ha tenido lugar la devaluación simbólica de toda imagen de futuro, la comunicación en su sentido más radical nos hace transitar por un "materialismo semiótico" donde migra velozmente un significante tecno-comunicacional compuesto de códigos, circuitos y flujos. De tal suerte, la política (lo político en el sentido de Rancière) explota como un "presente sin horizonte" y la realidad solo puede ser concebida como un "orden temporario" de burocracias laxas donde la palabra "destino" se comporta como el subterfugio de diversos tedios existenciales.

Y así hemos transitado "de Chopin a Lyotard", ahora no se trata de entender nuestra experiencia desde algún libro de Baudrillard, basta con mirar la destrucción de la realidad en la vida cotidiana; la pequeña Sofía, un selfie policial y un estado de instituciones afásicas.

El PC ha devenido un sujeto escatológico-reactivo, y por estos días ha despachado un conjunto de adjetivos hostiles ("matonescos") frente a los aparatos emotivos del Frente Amplio, ¡cóncavo o convexo! Tal histeria responde a su incapacidad para articular un contenido transformador y producir nuevas narrativas que gocen de apoyo ciudadano, cuestión que deja al descubierto su carácter de partido instrumental, identitariamente desdibujado y conceptualmente reaccionario.

A la luz de este diagnóstico caleidoscópico, debemos concebir una subjetividad postsocial (léase líquida, para efectos editoriales) donde reverbera un sujeto plástico, pragmático y ludópata –una cita de xenófobos y pedófilos– que nos obliga a repensar el nuevo reparto de las subjetivaciones. Todo ello migra por oposición a unas anquilosadas identidades modernas, conceptualmente nombradas pero inservibles, típicas de un sujeto ético y disciplinado.

En suma, el futuro se ha tornado brumoso; el fin de la izquierda ya no pasa por el incumplimiento de su promesa, hay que reiterarlo majaderamente, sino porque lisa y llanamente no existe "retrato de futuro". Tampoco es dable –dado el estado de vulgaridad de un progresismo sin teoría– la producción de un lenguaje caritativo sensible a las frustraciones de la vida cotidiana. Más que abundar en una segunda modernización, como lo pregonan los nostálgicos de la gobernabilidad, el quid del problema consiste en analizar la viabilidad institucional de una modernización que no se hace cargo de las disrupciones de la subjetividad, superando radicalmente la conocida tesis de Norbert Lechner respecto a una "modernización sin modernidad".

Pues bien, en un plano más pedestre, en los últimos días nuestro paisaje político ha puesto de relieve las fricciones mediáticas entre dos fuerzas políticas, ello sin olvidar sus predecibles pactos de gobernanza, ¡cóncavo y convexo!

De un lado, la nueva izquierda mesocrática expresada en Revolución Democrática (Jackson Drago y su incurable vocación de consensos) y, de otro, los herederos del capital cultural (Boric Font); se trata de una "generación mesocrática" que nos recuerda los sutiles eslabones que existen entre elite e insurgencia. Debemos esperar para saber si esta vez –de acuerdo a su carta fundacional– el nuevo conglomerado será capaz de sostener la disidencia y luego generar un mecanismo de institucionalización donde la protesta social sea ingresada en un nuevo sistema de alianzas sin perder el "activo" del poder constituyente.

Sin embargo, y a la luz de la evidencia, el Frente Amplio abrazó la escena del antagonismo cultural contra ideólogos, "tecnopols" y poderes fácticos de la alicaída gobernabilidad, articulando temporariamente un conjunto de "movimientos de resistencia", subjetividades litigantes que han declarado interdicta a la política institucional. Todo ello se pondrá a punto en el juego congresal y en la expansión del polo deliberativo.

De acuerdo al Napoleón de "época" el frenteamplismo debería impulsar la tarea de construir la imagen programática del futuro, sea por la demanda NO + AFP y otras reivindicaciones donde el progresismo PPD carece de legitimidad, contra nuestra sacrosanta democracia de partidos e instituciones. El FA tiene la tarea de articular una "comunidad de deseos" y demandas frustradas que requieren de una "cohesión semiótica" –la consolidación de una marca– que pueda mantener en el tiempo los imaginarios emergentes que circulan en torno a esa vocación antielitaria, so pena de todos los éxitos electorales del 2017... este sería su primer desafío.

Por fin la infranqueable procesión del PC, actual PPD del bajo pueblo, y comisario de los deseos de transformación, pero que durante la administración Bachelet abrazó el "conformismo burocrático" desde la política pública aportando un mazazo de empleomanía a los camaradas. Se trata de una desdibujada identidad que se afilió de bruces a una pálida imagen de centroizquierda, apelando a un realismo huero, sin horizonte, y aún reclama para sí (¡qué diablos!) un privilegio patrimonial y mesiánico dentro de la izquierda chilena, fijando los términos de la nueva oposición, ¡desautorizando el potencial político del FA!, y todo ello en nombre de grandes "acuerdos nacionales"; la vieja República, el tronco histórico y martiriológico, la UP, sus muertos en Dictadura, ¿bonos de capital político?, etc. ¡Esperpéntico!

Por estos días, el partido de la hoz y el martillo improvisa como "PC teórico" –oportunismo mediante– y se esmera en presentar al FA como una experiencia inmadura de la política y con ello se autoimputa una comprensión aristotélica del proceso político y una relación privilegiada con la emancipación. En suma, un PC hermafrodita que hasta el 2006 motejaba de neoliberal al primer gobierno de Bachelet, cual lepra de los tiempos, pero que hoy pregona el legado bacheletista donde cumplieron con un comportamiento honorable en el caso Caval, ¡ay realidad temporaria, las cosas cambian!

Mientras migran las primeras diferencias de la futura oposición, la “izquierda PC” –si acaso es posible tal rótulo– vuelve a mirar hacia "los márgenes" y promete litigar nuevamente contra la iconografía de la dominación, ficcionando ser el auténtico portador de la inclusión simbólica. El PC ha devenido un sujeto escatológico-reactivo, y por estos días ha despachado un conjunto de adjetivos hostiles ("matonescos") frente a los aparatos emotivos del Frente Amplio, ¡cóncavo o convexo! Tal histeria responde a su incapacidad para articular un contenido transformador y producir nuevas narrativas que gocen de apoyo ciudadano, cuestión que deja al descubierto su carácter de partido instrumental, identitariamente desdibujado y conceptualmente reaccionario.

En suma, constatamos una coalición que carece de una densidad político-cultural para pensar las transformaciones de la subjetividad, lo que la llevará a una resistencia de salón congresal y a una actitud ambigua –con prácticas de penumbra– en la protesta urbana.

La infernal rutinización del carisma partidario, el uso sovietológico de la palabra "programa", la amnesia frente a la calle Mandelstam, su falta de libido transformador (¡la comunidad imaginada!) y su condición edipizante frente al Estado, se entremezcla con su obsesión por materializar anacrónicas alianzas partidarias, sin asimilar las transformaciones que comprende una modernización híbrida que ha derogado la vieja matriz sociopolítica –Garretón y Cía.–.

A ello se suma la ausencia de una teoría hegemónica sobre el "capitalismo cognitivo", cuestión que responde a un vacío epistémico-discursivo que representa una letanía catastrófica y adicionalmente impide la elaboración de un horizonte común con el frenteamplismo, so pena de un paquete de acuerdos instrumentales, ¡y algo más¡ La tarea del PC post-Gladys ahora consiste en empujar al FA hacia una dimensión normativa para la nueva era de gobernabilidad, y aquí no podemos subestimar la poderosa genética institucionalista que esta coalición ha cultivado a lo largo de una historia innegable (1938-1970), ello al margen de peritajes clandestinos y juegos de contrainteligencia en sus orgánicas internas.

Ahora están en juego dos escenarios entre cóncavo y convexo. De un lado, la agudización del individualismo propietario con altos indicadores de eficiencia en la consolidación de una sociedad de bienes y servicios (el milagro chileno) o, bien, el comienzo de un diseño de mixturas entre instituciones y movimientos, modernización y subjetividad, ello asumiendo la sedimentación de una democracia pospartidaria: provisoriamente la tarea del FA se debe mover en la segunda dirección, mientras el PC se refugiará en un lenguaje normativo cruzando planos incompatibles... en un universo que va desde Ignacio Walker hasta Cristian Cuevas.

Por fin, dada la espantosa precariedad ideológica del "pedazo" de izquierda que aún pernocta en los "partidos progresistas", es necesario considerar la disputa por la hegemonía cultural que se avecina. En los últimos años ha irrumpido un grupo de intelectuales neoconservadores que, descreídos y sin nostalgias pinochetistas, están tratando de mapear el nuevo estado de los malestares. En parte son "hijos no deseados" de la pantalla moral del 2011 y pueden restituir una neoderecha (de momento simbólica) con mayor eficiencia interpretativa que la intricada trama del Frente Amplio.

Se trata de una "aristocracia cognitiva", pretendidamente culturalista (superación definitiva de Onofre Jarpa y el despotismo hacendal), que también se ha propuesto leer la escala de la subjetividad y mapear el campo de las transformaciones dotando de un nuevo aparato conceptual a este sector: me parece recomendable no subestimar el trabajo del IES (entre otras instituciones) y conviene considerar con toda distancia reflexiva a los nombres vinculados al proyecto pospinochetista en construcción.

Con todo, y pese a todo, la hegemonía sigue abierta. La conflictividad puede precipitarse en múltiples formas de microinsurgencia si el piñerismo se empeña en una lectura fascista del 55% de apoyo ciudadano –como un target económico ganado a la causa– y no descifra la nuevas economías de las subjetividades plásticas.

Como alguna vez me dijo Carlos Ossa, habitamos "un tiempo de desiertos y orfandades, de luces breves y lenguas vulgares...". Para tales efectos nunca debemos olvidar la máxima de Dante: que abandone toda esperanza quien entre aquí, ¡Inferno!

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