lunes, 20 de agosto de 2018 Actualizado a las 03:48

La iglesia en la encrucijada de la transparencia

por Humberto Palma Orellana 13 junio, 2018

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Señor Director:

No hace mucho que Byung-Chul Han publicó «La sociedad de la transparencia». En ella nos advierte de un mundo en donde la vida privada de las personas es expuesta hasta en sus mínimos detalles. Y lo mismo ocurre a las instituciones. A mayor connotación pública más sobreexposición. Lo que está detrás de esto es el requerimiento de transparencia impuesto por los movimientos sociales en particular, y por la ciudadanía en general. Actualmente vivimos en una suerte de «panóptico digital», en donde todo se puede rastrear y exponer bajo la supuesta necesidad ética de transparentarlo todo. ¿Hasta dónde se puede correr el límite de la vigilancia, y quiénes tienen el derecho a correr o transgredir esos límites, y además con qué fines? Es algo que aún no está del todo claro. El reciente caso Facebook ha sido, en este sentido, uno de los más paradigmáticos de los últimos tiempos.

La sociedad de la transparencia, que es también la sociedad de la hypervigilancia de todos contra todos, tiene sin dudas su lado positivo. Pero no por ello deja de ser una seria amenaza para la posibilidad de convivir con otros. Y esto porque la hypervigilancia que instala la transparencia, lesiona la confianza que se necesita no solo para trabajar en colaboración con otros, sino además para estar y compartir con esos otros en una relación de muto respeto (Humberto Maturana). De este modo, la vida social se nos vuelve imposible. Y cuando esto afecta a instituciones, como la Iglesia católica, que fundan su misión en la comunión de personas, inteligencias y voluntades, entonces se entiende que el desafío es enorme.

No estamos aquí ante una simple percepción, ni tampoco frente a una paranoia social. De hecho, el mismo autor publicó también «En el enjambre». En dicha obra da cuenta del reverso que, en una cultura de masas y redes socio-cibernéticas, tiene la transparencia. Y esto es el ruido ensordecedor de una pseudo-comunicación que no busca la verdad, sino solo el insulto. Así quedamos expuestos y vulnerables a lo que él llama «shit-storm», una verdadera avalancha de críticas insultantes, que constituyen a su vez la nueva forma del linchamiento público (J. Ronson).

Todo parece indicar que este es el nuevo escenario al que deberá habituarse la Iglesia, y no solo ella, sino también todas las personas e instituciones, pues a juzgar por el desarrollo tecnológico, la sociedad de la transparencia ha llegado para quedarse. Falta discutir cuáles son sus límites, y quién se arroga el derecho a moverlos o transgredirlos. El debate recién comienza.

Humberto Palma Orellana

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