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Cultura - El Mostrador

Germán Marín: "Yo no practico la carrera literaria; ejerzo una vocación"

por 24 agosto, 2006

El escritor, autor de La ola muerta, Las cien águilas y Círculo vicioso, dice sentirse aliviado ahora que ya se decidió el Premio Nacional de Literatura. Asegura que nunca pensó en serio que podría ganarlo, y que su plan era entrar en el juego para poder criticar el galardón desde adentro, aunque, confiesa, al final el ejercicio no resultó tan divertido.



Era uno de los favoritos para el Premio Nacional de Literatura, junto a Diamela Eltit y el ganador, José Miguel Varas. Cuando se anunció el nuevo galardonado, hubo más de una cara larga entre los varios que creían que era Marín quien debía ganar y, hay que decirlo, una que otra discreta celebración de sus numerosos detractores.



Y es que ni su literatura ni su persona dan lo mismo. Entre las generaciones jóvenes, especialmente, hay quienes lo consideran un amigo personal y lo defienden a brazo partido, y también los que lo acusan de liderar una suerte de camarilla. A él, dice, todas esas consideraciones lo tienen sin cuidado. En el fondo, sigue siendo un chico díscolo, con todos sus años a cuestas. De hecho, ya resuelto el tema del premio nacional, explica que fue para él un alivio no ganar un trofeo que había criticado hasta la saciedad, y poder dar vuelta la página.



Instalado en las nuevas oficinas de Random House Mondadori, cuenta que tiene proyectos que le interesan más, como la reciente reedición de Las cien águilas, el segundo volumen de la trilogía biográfica llamada Historia de una absolución familiar, compuesto además por las obras Círculo vicioso y La ola muerta. O su nueva novela, La princesa del Babilonia, una historia ambientada en un cabaret de San Antonio. La escritura biográfica, sin embargo, no se ha terminado, advierte. "Creo que no, que no se termina. Se finiquita un trabajo que estaba enmarcado en un período, pero el tema de la memoria es el alimento espiritual para mi escritura. Por lo tanto, es una cosa continua."



-Al volverse hacia la memoria uno siempre busca algo. Usted ha dicho que es a partir de la desestructuración existencial de la dictadura que se ve impulsado a mirar su propia historia. ¿Encontró lo que buscaba, se encontró en este ejercicio?
-No. Me ha servido para provocar una profesión intelectual, pero no me ha llevado a una cierta tranquilidad. Sí tuve una crisis de desintegración de personalidad, eso es irrecuperable, sobre todo a esta edad. Por lo menos, hacer esta mirada a través de la memoria me sirve para algo que puedo resumir en una frase que parece frívola: para matar el tiempo. Si yo no tuviera el ejercicio permanente, diario, de la literatura, sería un desastre. Cuando no escribo tengo mayores enfermedades, más inestabilidad emocional, menos realización con el prójimo. La literatura me es absolutamente necesaria, como para algunos es el psiquiatra.



-Mirar hacia atrás genera también las impotencia de no poder cambiar ni la historia ni el sitio en que uno está parado.
-Yo no pretendo cambiar nada de la historia del país. Interpretarla, a lo más, pero la historia fue dada y punto; las cosas no vuelven atrás, y si vuelven, muchas veces es una caricatura.



"Cuando uno duerme, termina soñando"



-Historia de una absolución familiar ha sido clasificada como una trilogía de novelas. ¿Qué hay de ficción en esta ficción?
-Al caminar por el terreno de la memoria muchas veces no se llega al documento, o la veracidad; muchas veces se llega a la imaginación, a lo que yo recuerdo de las cosas, que a lo mejor no es como fue. La memoria se confunde con la imaginación, y no por eso dejo de ser veraz, pero a veces constituye una ficción. Cuando uno se duerme, termina soñando, aunque no tenga por propósito soñar.



En 1997, cuando Las cien águilas se publica con primera vez, hubo mucha molestia en el Ejército por la irreverencia con los símbolos militares...
-Sí. Les molestó mucho que alguien que estuvo en sus filas, que fue incluso subordinado del general Pinochet, hubiera salido con esas cosas.



-En ese momento se dijo que se habían desacralizado valores como la lealtad en ese libro. Y sin embargo, buscarse en la escritura es otro modo de lealtad, hacia uno mismo.
-Por supuesto. Yo fui desleal con los principios generales del Ejército, pero a la vez fui leal con otras cosas.



"Quise hacerle el juego al Premio Nacional"



-Eso se relaciona con la parábola del hijo pródigo, que es una figura que usted siempre ha rechazado: la del que asume los valores de los que un día renegó.
-Claro. Yo no quiero ser traidor de los valores que he tenido durante mi vida, y especialmente en la juventud. Quizás por eso he tenido esta actitud díscola con el Premio Nacional también. Quise ser crítico, pero para hacerlo tenía que estar en el juego mismo, y hacerlo a través de los medios de comunicación. Si yo no me hubiera presentado, si me hubiera mantenido al margen, no habría tenido esa ocasión. Pero me presenté, y pude hacer el juego que yo quería, que era criticar ese premio. Estoy conforme porque no me lo dieron a mí; para mí habría sido incómodo recibirlo, tras las críticas que había hecho. Pero tenía ganas de criticarlo desde adentro.



¿Y se divirtió haciendo el juego?
-No me divertí; terminé muy agotado, y sentí un gran alivio cuando se lo dieron a Varas, porque ya se terminaba esto. La verdad es que fui muy asediado por la prensa.



-¿Tuvo algún nivel de ansiedad al pensar que podría ganar realmente?
-No. Yo tenía claro que no me lo iba a ganar. Bueno, ya pasó, hay premio y me parece bien. Yo no practico la carrera literaria. Si lo hiciera estaría tras el premio y detrás del dinero que significa. Yo ejerzo una vocación, y no la persigo: es la necesidad de escribir sin interés de reconocimiento personal o de carrera. Puedo seguir como todos los días: ahora estoy pensando en otro libro que voy a publicar en marzo y estoy pensando en otro libro.



-¿No piensa volver a postularse, a jugar este juego?
-¡Nooo! Eso ya pasó, eso ya terminó. No voy por ahí, no puedo estar pendiente de esas cosas todos los días. Tengo otros temas, tengo que trabajar para sobrevivir en forma digna.



En general se le pregunta por aquello de lo que usted descree, que es casi todo. ¿En qué cree, detrás del escepticismo?
-Tengo creencias elementales: creo en la luz del sol, creo en la condición humana, que puede ser pavorosa y puede ser exquisita. Tengo una visión general muy matizada. No juzgo a los hombres por sus generalidades, sino por sus particularidades.



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