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Opinión

Una campaña sin ideas

por 27 noviembre 2009

Una campaña sin ideas
La estrategia de los tres candidatos tiende a girar en torno a los defectos de sus contendores. Lo paradójico es que, en esa óptica todos tienen algunas razones de cierto peso. Mientras Marco apuesta al cansancio generacional y a las malas prácticas de la Concertación, Frei espera que los problemas de Piñera terminen por pasarle la cuenta, y este último confía en que el desgaste oficialista le alcance para ganar.

La campaña presidencial está entrando en su recta final, y quizás sea hora de ir sacando algunas conclusiones. Hasta ahora, ha sido un poco plana y los candidatos no han mostrado mucha osadía. De algún modo, es normal: cuando hay mucho en juego nadie quiere arriesgar. Sólo Jorge Arrate puede permitirse ese exquisito lujo de ser libre y decir lo que piensa sin calcular. Y aunque es cierto que a veces dice cosas rayanas en lo absurdo (las "distorsiones" cubanas), o pierde parte de su credibilidad proponiendo pactos mínimos, hay que reconocer que Arrate recoge mucho de nuestra mejor tradición política: se da el tiempo para hablar y para escuchar, explica bien, ordena sus ideas y respeta a sus adversarios. En una palabra, sabe dialogar y es innegable que, a veces, su talento hace ver muy mal a sus contrincantes.

Los otros candidatos han ido optando por una posición de expectante prudencia. Incluso aquellos que, en principio, deberían intentar mover un poco el escenario, han preferido esperar antes que apostar. Quizás alguno esté esperando la segunda vuelta para mostrarse más, pero ni siquiera eso es muy seguro: ni Frei ni Enríquez tienen garantizado su paso a la definición de enero. Con todo, creo que el problema encuentra su raíz en lo siguiente: la estrategia de los tres candidatos tiende a girar en torno a los defectos de sus contendores. Lo paradójico es que, en esa óptica todos tienen algunas razones de cierto peso. Mientras Marco apuesta al cansancio generacional y a las malas prácticas de la Concertación, Frei espera que los problemas de Piñera terminen por pasarle la cuenta, y este último confía en que el desgaste oficialista le alcance para ganar.

Pero lo decepcionante es que ninguno se atreve a ir mucho más allá. Incluso, a menudo, parecen retroceder. El otrora díscolo Marco se parece cada día más a los políticos tradicionales que tanto critica: si ayer aborrecía a Juan Pablo II, hoy quiere convocar al mundo cristiano; si ayer detestaba las transacciones bajo todas sus formas, hoy ha debido ir aceptando que la política consiste en aceptar compromisos. Es obvio que todo candidato, por definición, busca ser conciliador antes que frontal, pero la verdad es que Marco no ha logrado dar con un equilibrio coherente. En definitiva, no sabemos muy bien quién es ni qué piensa en muchos temas fundamentales. Por cierto, Enríquez-Ominami puede seguir apelando a la consigna vacía de recambio generacional, pero no le servirá de mucho: la cuestión no es tanto cambiar las caras como cambiar las prácticas. Y no será Marco, cuya primera incursión política fue elegirse diputado en la circunscripción del papá, quien podrá encarnar la aspiración de erradicar los malos hábitos que aquejan nuestra democracia.

Por su lado, Piñera no se cansa de repetirnos palabras bonitas (y no siempre tan bonitas) y de mostrarnos mundos cinematográficos impecablemente filmados, pero que dejan la desagradable sensación de constituir siempre una mirada externa, desde fuera. En cualquier caso, a Piñera le cuesta una enormidad salirse del aburrido libreto de las declaraciones de buenas intenciones: en esta campaña, la audacia no ha sido lo suyo. Es cierto que va primero, y que por lo mismo quizás no tenga mucho sentido apostar más, pero no hay que olvidar que Piñera tiene varios flancos abiertos, y nadie puede predecir con exactitud qué va a pasar con ellos. Basta que se salte una fila en un aeropuerto para que refloten todas las dudas sobre su verdadera identidad: ¿se saltó la fila en su calidad de candidato presidencial o en su calidad de accionista mayoritario de Lan? ¿O las dos cosas juntas? Son demasiadas las ambigüedades que Piñera ha preferido no aclarar y que le pueden generar costos en los momentos más inesperados.

Quizás la única excepción haya sido la polémica inclusión de homosexuales en su franja. Pero lo hizo de un modo tan equívoco y dubitativo que nadie sabe muy bien qué quiso decir. En un primer momento apoyó el proyecto de los senadores Allamand y Chadwick, para luego desdecirse proponiendo alternativas más bien vagas. Desde luego, si su franja buscaba afirmar que en su gobierno se respetará la dignidad de las personas sin discriminaciones, nadie podría estar en desacuerdo; pero la cuestión reside precisamente en si eso debe traducirse o no en nuevas formas jurídicas y de qué tipo. Piñera no ha respondido esa pregunta de modo claro. Los más liberales podrán alegar que ha sido muy tibio, y los más conservadores que ha ido demasiado lejos; pero el problema central, me temo, es otro: no sabemos qué piensa Sebastián Piñera sobre el tema, si es que acaso piensa algo más allá del oportunismo.

Así, la campaña se ha ido desarrollando sin que nadie esté muy dispuesto a mostrarse. Por de pronto, escuchamos día a día decenas de promesas de toda índole, pero nadie se da el trabajo de aclarar cómo piensa efectivamente resolver los problemas ni cómo piensa financiar su programa (con la sola excepción de Marco en el último punto). Todos queremos mejor educación y mejor salud; la pregunta es cómo la mejoramos y cómo financiamos esas mejoras. Los candidatos son prolíficos en lo primero -que en el fondo no dice nada- y silenciosos en lo segundo -que es lo importante.  Por otro lado, las ofertas electorales se parecen a una larga lista de supermercado detrás de la cual cuesta encontrar un eje común, ideas centrales más o menos consistentes. A veces, podría creerse que Chile es uno de los países más socialistas del mundo: todos los candidatos prometen y ofrecen a destajo, con una lógica asistencialista casi delirante. De tanto escuchar a los Pablo Halpern que habitan en cada comando, ya nadie se atreve a convocar a una aventura común, a una empresa colectiva en la que la exigencia sea bidireccional. Es siempre el gobernante que, graciosamente, concederá beneficios a este nuevo ciudadano convertido en cliente: curiosa alianza liberal-socialista.

Concluyendo, los chilenos tenemos pocos elementos sustantivos por lo que decidir nuestro voto. Los candidatos nos condenan a elegir a uno de ellos por razones anodinas: que tal es muy viejo, que el otro es muy inexperto, que el de más allá ya tuvo su oportunidad. Pero no se atreven a ir más allá, a dar más pasos, a mostrar más cartas y tratar de convencernos por qué deberíamos votar por ellos. Quizás sea simplemente porque no quieren arriesgar. Pero a veces la razón pareciera ser un tanto distinta: de tanto obsesionarse con el poder, han terminado por renunciar a tener ideas propias, a definir sus respectivas identidades: se trata de ganar sin detenerse mucho en el cómo. Ante tal escenario, el votante no puede sino quedar un poco perplejo. Es, al menos, mi caso.

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