La entrevista de Mónica González al agente del Comando Conjunto - El Mostrador

Lunes, 11 de diciembre de 2017 Actualizado a las 10:30

Testimonio fue recreado por “Los Archivos del Cardenal” de TVN

La entrevista de Mónica González al agente del Comando Conjunto

por 26 septiembre, 2011

La entrevista de Mónica González al agente del Comando Conjunto
En el marco de los 12 capítulos que contempla la serie nocturna sobre los casos reales de derechos humanos que acogió la Vicaría de la Solidaridad durante la dictadura militar, se rescata la entrevista que la actual directora de CiperChile realizó a Andrés Valenzuela Morales, alias Papudo, un desertor de la Fach y agente del Comando Conjunto, quien narró la forma brutal en que los detenidos eran subidos a helicópteros Puma (del Ejército) y luego trasladados y lanzados al Océano Pacífico. Su versión fue confirmada más tarde por los tribunales.

La actual directora de CiperChile, Mónica González, entrevistó en 1984 a Andrés Valenzuela Morales, alias Papudo (un desertor de la Fach y agente del Comando Conjunto) quien relató –por primera vez- cómo los servicios de seguridad torturaron, asesinaron y desaparecieron a los opositores a la dictadura militar.

Veintisiete años más tarde, la serie nocturna de TVN: “Los Archivos del Cardenalretoma, recrea, rescata la entrevista. A continuación parte de ese trabajo periodístico que fue reflotado por la Escuela de Periodismo de la Universidad Diego Portales:

“Quiero hablar de detenidos desaparecidos” dijo y su voz hizo eco en las paredes. En sus manos estrujaba uno de los últimos ejemplares de la revista Cauce, donde se denunciaban crímenes cometidos en la zona norte de Chile por los mismos servicios de seguridad a los que él hasta ese día (27 de agosto 1984) perteneció. Trémulo, ansioso, consciente de la desconfianza que inspiraba, las palabras salían de su boca a borbotones.

Era uno de esos hombres a los que once años de régimen militar transformaron primero en carceleros, luego en torturadores y más tarde en asesinos. “Sin querer queriendo, me fui transformando”, susurró luego de muchas horas, agobiado por el cúmulo de detalles relatados. Cientos de hombres y mujeres pasaron por sus manos, por sus ojos y oídos. Muchos de ellos fueron salvajemente torturados. Hasta la muerte. Otros, despojados de toda dignidad, obligados al límite de la resistencia a entregar a sus propios compañeros, fueron luego expulsados a la calle. Hombres sin hueso y sin alma. Una manera diferente de matar. Todos ellos dejaron sus huellas en Andrés Antonio Valenzuela Morales, 28 años, miembro del servicio de inteligencia de la Fuerza Aérea de Chile, FACH.

El relato que a continuación se transcribe es un episodio más en una larga historia de once años de violencia, muerte y destrucción. Es una historia simple que involucra a centenares de personas. Muchas de ellas han luchado durante años para que sus familiares –detenidos desaparecidos– regresen algún día con vida. Este relato les cortará las esperanzas para siempre. Una historia simple que retrata en forma descarnada la crueldad de un régimen, el abuso de poder que transformó a campesinos, jóvenes ciudadanos de Chile, en vulgares asesinos al amparo de la autoridad.

Esta es la historia de Andrés Valenzuela y de todos aquellos que hicieron que un día este hombre quisiera “volver a ser un humano”.

¿Cuántos murieron sin haber claudicado jamás, sabiendo que su testimonio quedaba en las manos de sus captores asesinos?

Este relato es una prueba fehaciente de que todos esos sacrificios no fueron en vano. De alguna manera cada uno de esos prisioneros aportó para que un día Andrés Valenzuela se decidiera y relatara lo que hasta hoy el régimen militar ha intentado por todos los medios acallar.

Este es el mérito del relato de Andrés Valenzuela. Es el primero que compromete a muchos torturadores, asesinos, responsables de muertes fríamente planificadas. Es el primero también que entrega la verdad sobre algunos detenidos desaparecidos. Es el primero que penetra en el agobio y la desesperanza acumulados en los hombres que dicen representar el poder. Muchos hombres más, como Andrés Valenzuela, esperan algún día tener la valentía de dar un salto y hablar.

La preparación

Papudo Interior“Sólo necesito hablar” musitó, mientras extendía su tarjeta de identificación militar (TIFA) número 66.650, válida hasta el 3 de septiembre de 1986.

“Quiero hablarle sobre cosas que yo hice, desaparecimiento de personas…”

-¿Recuerda nombres?

Sí. Los hermanos Weibel Navarrete, por ejemplo…

-Explíquese. Usted está muy nervioso y la carga emocional que ambos tenemos es grande. No será fácil este trabajo pero es necesario que explique y con detalles. Grabaremos todo y después veremos qué se publica. ¿Está de acuerdo?

Me da lo mismo.

-Yo no quiero que a la salida lo maten.

Va a suceder, pero al menos hablé.

-¿Cuándo entró a los servicios de seguridad?

El año 1974. Llegué a hacer el Servicio Militar al Regimiento de Artillería Antiaérea de Colina. Allí seleccionaron personal para llevarlo a la Academia de Guerra de la FACH, en avenida Las Condes. En ese momento estaban terminando los procesos de los prisioneros. Al parecer, a mí los jefes me consideraban vivaracho y por eso creo me sacaron para trabajar en los “grupos de reacción”.

-¿Qué hacían en los grupos de reacción?

Acompañábamos a los que hacían allanamientos.

-¿Quién los seleccionó?

Un instructor cuyo nombre no recuerdo. Pero él no tiene nada que ver porque la selección fue al azar, no más. Fuimos alrededor de 60 conscriptos los seleccionados. Nos dividieron en dos grupos. La mitad se fue a trabajar a la Academia de Guerra; el resto, trabajamos directamente con prisioneros.

-¿En qué lugar?

En los subterráneos de la Academia de Guerra.

El primer prisionero

-¿Usted venía de Papudo?

Sí. De ahí llegué a Colina y luego pasamos a depender de la Fiscalía de Aviación. Nosotros pasamos a los subterráneos, el lugar donde estaban los detenidos. Era la primera vez que veía a un prisionero. Creo que no lo voy a olvidar nunca…

-¿Por qué?

Nos formaron y nos dijeron que lo que íbamos a ver teníamos que procurar olvidarlo y el que hablara algo… Empezaron las amenazas y uno, que era muy joven, se impactaba. Descendimos al sector de la cocina. Bajamos una escalera de caracol, que era como un vértice; había tubos. Me dio la impresión de ir como en un submarino, un barco. Cuando salimos, pasamos cerca de unos baños. Éramos seis o siete hombres que íbamos a relevar a los reservistas, los primeros conscriptos. Los otros eran sólo reservistas, gente que habían llamado a cumplir ese trabajo. Recuerdo que, al doblar, lo primero que vi fue mucha gente de pie, con esposas, algunos con uniforme de la Fuerza Aérea. El capitán Ferrada (Gustavo Ferrada) estaba entre ellos. Ese fue el primer impacto. Uno viene de un regimiento donde tiene que saludar a medio mundo. Todavía recuerdo que se rieron cuando le pregunté al oficial cómo me dirigía a Ferrada; si le decía capitán. El oficial me dijo: “¡No, huevón, son prisioneros! Están con uniforme porque no tienen otra ropa”.

Lo que más me impactó fue ver a unas mujeres detenidas. Estaban de pie, con unos letreros que decían: “De pie 24 horas” y firmaba el “Inspector Cabezas”. Después supe que Cabezas era el coronel Edgar Ceballos, está en servicio activo todavía. Yo no entendía nada, hasta que el oficial me explicó que había que sentarse en la puerta de las piezas, con fusil, y “protegerlos”: es decir, impedir que conversaran. Había un reglamento interno que había que hacer respetar. La primera pieza que me tocó a mí fue la número dos; en ella estaban una señora de edad y Carol Flores (1), quien pasó luego a ser nuestro informante.

-¿Recuerda otros nombres?

Se suponía que había prisioneros considerados de cierta importancia y que podrían venir otros a rescatarlos. Por eso, las medidas de seguridad eran muy severas. Los reservistas pasaban junto a un prisionero y le decían: “A ver, huevón, párate, te quedai de pie”. Mandaban a sus presos como se les daba la gana. Yo comencé a preguntar por los prisioneros y decían: “Mira, con este hay que tener cuidado, porque es karateca. Es Víctor Toro”. A mí me impactó mucho; lo había escuchado nombrar por los diarios, era famoso. Era como estar frene a un personaje conocido. Retamales había otro, Moreno. También conocí allí a Arturo Villabela Arauco, enyesado. Había caído en un tiroteo. Así terminó mi primer día en la AGA.

-¿Hizo turnos en la noche también?

Sí, y me asusté mucho. Nos habían dicho que en caso que sonara la alarma toda la academia se oscurecía y se encendían unos reflectores. Había más ametralladoras punto 50 y desde ahí mismo alumbraban los reflectores durante la noche. Una noche sonó la alarma. Teníamos orden de que, en ese caso, todos los prisioneros tenían que tenderse con las manos en la nuca, estuviesen como estuviesen, desnudos, heridos… Y si el oficial daba la orden debíamos disparar contra los prisioneros. Yo estaba frente a la pieza donde se encontraba la señora de edad, era la esposa de un diputado comunista, estaba con sus hijos…

-¿Era Jorge Montes?

Sí, él era. Bueno, comenzó a sonar la sirena, todo quedó oscuro y se encendieron unas luces. Los detenidos actuaban en forma automática. Esto lo venían viviendo casi a diario y, a veces, se hacía para probarlos. Esa noche vi que el oficial de turno tomo una granada, le sacó el seguro y empezó a pasearse con la granada por el pasillo. Miraba todo, trataba de controlarnos ya que estábamos muy tensos. Él decía: “Tranquilos, muchachos, si quieren rescatar detenidos, van a cagar, porque van a morir todos: yo tiro la granada en el pasillo”. Recuerdo que en esa oportunidad, Flores dijo que no nos asustáramos porque eso pasaba todos los días. Así comenzó el proceso. Yo hacía guardias diarias hasta que me sacaron para los grupos de “reacción”

La captura del MIR

-¿Cuánto tiempo estuvo en la Academia de Guerra?

No recuerdo exactamente, pero deben haber sido unos seis meses más o menos. Luego nos fuimos a casas de seguridad.

-¿Qué pasaba con los detenidos de la Academia?

Yo solamente hice guardias. Vi que  les pegaban, los castigaban y, además, continué participando en allanamientos.

-¿En qué consistían los castigos?

En golpes, aplicación de electricidad. En realidad, nunca vi morir a nadie, pero nosotros estábamos aislados, no existía confianza para… En un enfrentamiento, sí, murió el “Coño” Molina (José Bordaz Paz), del MIR (2). Murió también un oficial del Ejército (el teniente Hugo Cerda Espinoza, hijo de un oficial jefe del Hospital Militar, Hugo Cerda Pino), de mala suerte no más… En ese tiroteo yo participé, después me fui metiendo más.

-¿Qué más recuerda?

Había un hombre de cuyo nombre no me acuerdo, que intentó suicidarse. Tenía incluso la marca en la garganta: se había cortado con una botella o un vaso, en el baño. La verdad es que yo en ese momento era centinela no más, después me fui metiendo más.

-¿Cómo sucedió?

Sin querer queriendo, fueron seleccionando gente y todas las veces me incluyeron.

-¿Sabía usted lo que estaba haciendo?

Sí. Me daba cuenta.

-¿Y lo hizo?

Tenía que trabajar en alguna cosa.

-¿Le había hecho daño a usted o a su familia, el gobierno de la Unidad Popular?

No, en nada.

-¿Qué edad tiene?

28 años.

-Eso quiere decir que tenía 19 años cuando fue destinado a trabajar en casas de seguridad de la DINA.

No, yo nunca estuve en la DINA. Pertenezco al SIFA, Servicio de Inteligencia de la Fuerza Aérea. En ese tiempo, teníamos problemas graves con la DINA, pensábamos que era inoperante. Por lo menos así opinaban nuestros jefes. Nosotros, siendo tan pocos, actuábamos más efectivamente que ellos. Por ejemplo, nuestro grupo logró detener a toda la cúpula del MIR.

-¿Y cómo siguió después su itinerario en la SIFA?

Ya le dije: pasé a los grupos de “reacción”. Realizábamos allanamientos, hacíamos guardia frente a las casas, controlábamos el tránsito mientras el resto allanaba, sacaba a la gente de la casa, detenían gente.

-¿A qué lugar llevaban a los detenidos?

Primeramente a la AGA. Pero nosotros en esa época no sabíamos más. No nos preocupábamos de los detenidos. Si los soltaban o los juzgaban, no teníamos idea. Sé que los torturaban. La primera vez que me tocó presenciar un trabajo de esos fue con una mujer. Me chocó mucho. Era una niña del MIR cuyo nombre olvidé.

-Descríbala.

Era una muchacha muy joven de buena situación económica, pelo rubio…

-¿Por qué le chocó?

Es que nunca había presenciado algo así. Yo estaba considerado entre los centinelas paleteados digamos. Entonces la hicieron pasar al baño y allí le sacaron la cresta y yo los vi. Otra vez me impresionó mucho un hombre que tenía la piel morada. Estaba enteramente morado, morado (Víctor Hugo Salinas Vilches, 55 años, detenido el 13 de septiembre de 1973. Le preguntaron una y otra vez por las armas sin creer que Salinas no sabía ni siquiera disparar).

-¿Qué le hicieron a la mujer?

Le pusieron corriente y ella gritaba. Era novia de un muchacho del MIR, karateca. No recuerdo la chapa que usaba, nos estaban haciendo una prueba para ver quiénes podían quedar definitivamente en el servicio.

-¿En qué consistían esas pruebas?

Nos empezaban a meter de a poco dentro del sistema y veían como aguantábamos, cómo reaccionábamos. Parece que yo reaccioné bien porque ya llevo diez años en esto.

La casa de seguridad

-¿Usted me habló de dos casas de seguridad que tuvieron?

Sí. Fue antes de irnos a Colina. La primera casa estaba ubicada en el paradero 20 de Gran Avenida (Santa Teresa Nº 037, expropiada al dirigente del MIR, José Bordaz). Hoy día funciona allí una sociedad no sé si de diabéticos o de antialcohólicos.

-¿Cuántos detenidos había allí aproximadamente?

Se iba rotando, pero llegamos a tener alrededor de 40 detenidos, repartidos en tres piezas. Incluso había algunos metidos dentro de los closets.

-¿Qué tipo de torturas aplicaban?

Corriente, los colgábamos, golpes de manos y pies…

-¿Murió gente en ese lugar?

Sí. Uno fue el llamado “Camarada Díaz”. Tenia unos 50 años, medio canoso, bajito, de contextura regular (Humberto Castro Hurtado) (3). El otro era un joven al que le decían “Yuri” (Alonso Gahona Chávez) (4). Fue colgado en una ducha y como antes le habían aplicado corriente, tenía mucha sed. Abrió con la boca la llave y tomó agua. Luego llegó un centinela y le cortó el agua, pero él nuevamente la volvió a abrir y nosotros dejamos que el agua corriera. Debe haber estado unas horas con el agua de la ducha corriendo por el cuerpo. En la noche falleció de una bronconeumonia fulminante.

-El “Camarada Díaz”, ¿era Víctor Díaz, subsecretario general del Partido Comunista?

No, no era él. Llegó en una oportunidad un equipo que no sé de dónde provenía, podría haber sido DINA. No los conocía y empezaron a interrogarlo sobre armamento. Tengo entendido que Díaz sabía dónde estaba el armamento del Partido Comunista. Él no contestó nada y le pegaron bastante. Eran alrededor de nueve hombres lo que conformaban el grupo y entre todos le dieron. Antes ya le habían pegado, estaba bien golpeado.

-¿Habló?

No. No habló. Lo dejaron después allí y dijeron que iban a volver al día siguiente para seguir interrogándolo. Parece que notaron que estaba muy débil. Falleció esa misma noche.

-¿Qué hicieron con el cuerpo?

No lo sé. En el grupo que lo sacó estaba Roberto Fuentes Morrison.

-¿Dónde estaba la otra casa de seguridad?

En el paradero 18 de Vicuña Mackenna (“Nido 18” estaba ubicada en Avenida Perú Nº 9.035). Esa casa parece que pertenecía a un hombre de apellido Sotomayor, del MIR (Humberto Sotomayor). Era una casa grande de madera que tenía un taller mecánico y unos maniquíes. Parece que la esposa de él era modista. Allí se suicidó un hombre alto que andaba con una chaqueta de cuero café claro y pantalón café (5). Eran dos hermanos, comunistas. En ese tiempo trabajábamos solamente al Partido Comunista.

-Cuando dice nosotros, ¿a quiénes se refiere?

Al Comando Unido que actuaba junto a gente de Carabineros y la Armada (6).

-Usted habló de los hermanos Weibel Navarrete, ¿qué pasó con ellos?

En ese tiempo nosotros trabajábamos en la Base Aérea de Colina. Allí estaba el menor de los Weibel: Ricardo (Fue detenido el 26 de octubre de 1975). Estuvo con nosotros algunos días (hasta el 6 de noviembre). Yo conversaba mucho con él porque me tocaba hacer guardia si es que no tenía que salir a los operativos. Supe que era chofer de micro de la línea Recoleta-Lira. La primera vez que lo detuvimos yo participé, era en la avenida El Salto, cerca del Regimiento Buin. Luego fue en la casa, un equipo que integró el propio comandante Fuentes Morrison. Un día, cuando iba entrando a mi servicio, lo vi y le pregunté: “Y ¿qué pasó?”. No sé, me contestó, parece que hay algunas cosas que aclarar. Estaba muy nervioso, me dijo que creía que lo iban a matar. Ricardo se impactó mucho por la operación del helicóptero. Ellos sintieron cuando aterrizó.

-¿Se lo llevaron en un helicóptero?

No, se fueron en un vehículo, junto a (Miguel Ángel) Rodríguez Gallardo (7). Yo después saqué conclusiones y pienso que lo fueron a buscar por eso, porque lo iban a matar…

-¿Quién lo detuvo en la segunda oportunidad?

Recuerdo que fue Fuentes Morrison. Yo no fui. Lo fueron a buscar amistosamente. Llegó con una polera solamente. Lo sacaron varios más y lo mataron a balazos.

-¿En qué lugar?

En Peldehue. No sé exactamente el lugar, pero sí sé que fue en Peldehue, en los terrenos militares.

-¿Cuántos prisioneros más iban en esa operación?

Como ocho o nueve personas.

-¿Qué hacían con los cadáveres?

Me imagino que los quemaron porque iban con combustible. Llevaban un bidón con diez litros de combustible, llevaban además chuzos y palas. Me imagino que los quemaron para desfigurarlos y después los deben haber enterrado. También como le dije iba “El Quila” Rodríguez Gallardo, dirigente de la Juventud Comunista (detenido el 28 de agosto de 1975). “El Quila” incluso se despidió de nosotros.

-¿Cómo estaban cuando partieron?

Estaban enteros. Weibel se quebró un poco pero no como para llorar, muy luego se recuperó. Otro de los hombres que salieron era pintor o dibujante (Ignacio Orlando González Espinoza) (8).

El amigo informante

-¿Quién entregó a Miguel Rodríguez Gallardo?

El informante Carol Flores; nosotros le decíamos Ricardo. Él entregó a casi toda la gente del Partido y de la Juventud. Vivía en una casa en la calle Los Tulipanes.

-Pero, ¿a Rodríguez Gallardo también lo entregó?

Sí, tengo entendido que habían sido compañeros de estudio. Miguel Rodríguez Gallardo fue un prisionero que llegué a admirar por su valor. Fue respetado incluso por los mismos jefes nuestros, por su inteligencia, por su hombría. Murió por sus convicciones. Pensó que lo que hacía estaba bien. Nunca lo pudimos quebrar, en ninguna circunstancia, ni mental ni físicamente. Estuvo en un armario, vendado; para que no se le fuera la mente buscaba dibujos en las tablas, se imaginaba situaciones, estuvo tanto tiempo vendado que llegó a desarrollar el sentido del oído más que nosotros, el olfato. Él cayó detenido poco antes que florecieran los árboles y en el “Nido 20” (la casa de seguridad del paradero 20 de Gran Avenida) había árboles y un día dijo “yo sé donde estoy: en el paradero 20 de Gran Avenida, la sirena que suena y que da la hora, yo la conozco”. Parece que en su juventud había sido bombero en esa compañía. También reconoció un pito de una fábrica que había por allí. El escuchaba y sacaba cuentas.

Antes de eso lo tuvimos en un hangar en Cerrillos, en el lado civil del aeropuerto. Allí un día nos dijo que estaba detenido en Cerrillos. Nosotros le preguntamos: “Pero, ¿cómo sabes? Puede ser Pudahuel, la Base Aérea El Bosque”. No, dijo, “escucho todas las indicaciones que da la torre de control y nunca ha dado la salida de un avión de combate ni tampoco de pasajeros: tiene que ser Cerrillos”. Así nos fuimos haciendo amigos de él. Cuando lo llevamos a Colina, estuvo perdido un tiempo. Sabía que era un lugar donde se hacía instrucción, que era un regimiento porque escuchaba los conscriptos en la mañana que trotaban y cantaban.

-¿Cómo murió?

En los terrenos militares de Peldehue junto a Ricardo Weibel.

-¿Por qué esa gente tenía que morir?

No lo sé. Eso lo dictaminaba el jefe.

-¿Usted no sintió nada? ¿No se había hecho amigo de él?

Sí, sentí pena, a varios de nosotros les pasó lo mismo, porque cuando él se fue sabía que lo iban a matar. Incluso nos dio la mano, se despidió de nosotros, nos agradeció que le diéramos cigarrillos. Nos conocía hasta los pasos. El sabía quien estaba de guardia, cuando era yo me llamaba y decía: “Papudo, dame un cigarrillo…”.

-¿Qué pasó con José Weibel, miembro de la comisión política del Partido Comunista?

Yo participé directamente en su detención. Lo bajamos de una micro, lo seguíamos desde su casa. Hacía varios días que era vigilado. (Fue detenido el 29 de marzo de 1976). Actuaban otros tipos que no eran de la Fuerza Aérea, actuaban como agentes, era gente de derecha, habían sido de Patria y Libertad. En la micro iba con su señora.

-¿Qué sucedió?

No recuerdo bien. Hubo un robo. Nosotros buscábamos la posibilidad de bajarlo. Iba una señora que no tenía nada que ver con nosotros ni con la DINA, le robaron y nosotros dijimos que éramos de Investigaciones y lo bajamos culpándolo del robo. Lo conducimos luego a una casa de seguridad que teníamos en Bellavista.

-¿En qué lugar?

Cerca de donde hay unas canchas de tenis, casi al llegar a la esquina. Creo que ahora construyeron un edificio de departamentos y parece que en el primer piso de la casa reparan lavadoras. Allí vivíamos los solteros del servicio y también teníamos detenidos.

-¿Qué hicieron con él?

Fue interrogado, estaba junto a René Bazoa, que también había sido detenido pero mucho antes y era nuestro informante. Lo usábamos para que sacara información a los otros. Había otro informante que le decían el “Fanta” (Miguel Estay), este cayó junto con René Bazoa y todavía es informante de los servicios de seguridad. Ahora usa el pelo muy corto, cortito, y barba.

-¿Está usted seguro?

Totalmente. Hace cuatro días lo vi llegar a una de las oficinas nuestras en Amunátegui N° 54 pero trabaja indistintamente para varios servicios, incluyendo SICAR.

-¿Qué pasó con José Weibel?

Bueno, él fue interrogado y de allí salió un equipo y lo mataron en el interior del Cajón del Maipo y luego lo tiraron al río.

-¿Podría identificar el lugar?

Creo que sí porque allí se hicieron otras operaciones, la de Carlos Bratti Cornejo, por ejemplo.

-¿Quién era Bratti Cornejo?

Fue colega mío. Soldado primero de la Fuerza Aérea, pero trabajaba en nuestro servicio, claro que llegaba esporádicamente a la Academia de Guerra porque trabajaba en la Base Aérea El Bosque, trabajaba todo el sector de La Granja. Lo mataron en el Cajón del Maipo junto al informante comunista (Carol) Flores.

-¿Los mataron a los dos?

Sí, porque intentaron cambiarse de servicio e irse a la DINA. En ese tiempo la DINA les ofreció mejor remuneración económica, automóvil, casa. Los jefes se reunieron y decidieron que eso era traición porque la información nuestra la estaban pasando a la DINA y entonces ellos llegaban antes que nosotros a ejecutar una operación. Por ejemplo, incautar automóviles. Una vez se descubrieron unos tanques de combustible que tenía el MIR, no recuerdo el lugar pero quedaba cerca de Las Condes, sólo nosotros sabíamos de su existencia y llegó la DINA y los requisó. Hubo sospecha de que alguien estaba pasando información y se supo que eran ellos. En la institución se les hizo un proceso y el director de Inteligencia lo dio de baja. Dos meses después salió la orden, los empezamos a buscar y los mataron.

-¿Recuerda usted detalles de la “operación Bratti”?

En ese tiempo nosotros estábamos viviendo en la casa de Bellavista, éramos ocho agentes más o menos. Me pasó a buscar Adolfo Palma Ramírez alrededor de las diez de la noche y me dijo que había una operación. Nos fuimos a “La Firma”, como le llamábamos nosotros, que es la casa de calle Dieciocho, el ex local del diario Clarín. Allí había otros oficiales de Carabineros, de la Marina. Estaban todos los jefes del Operativo Conjunto. Me sorprendió que hubiera pisco en la mesa, una especie de cóctel pequeño. Uno de los presentes me dio una pastilla y me dijo que me la tomara. Yo me di cuenta de inmediato que era droga. La conversación siguió hasta que el trago se terminó. Yo no sabía de qué se trataba. A un centinela le dijeron que trajera “el paquete”, así llaman a los detenidos. En ese momento vi que entraron con Bratti esposado y los ojos vendados.

-¿Desde cuándo conocía a Bratti?

Él ingresó antes que yo. Yo lo conocí el año 1974 en la Academia de Guerra, después dejé de verlo un tiempo hasta que apareció nuevamente trabajando con nosotros.

-¿Qué paso luego? Me refiero a cuando llegó esposado…

Le hicieron preguntas. Se notaba que estaba muy choqueado. Estaba drogado. Le dieron órdenes luego al centinela para que lo sacara de la especie de living en que nos encontrábamos y salimos a los vehículos. Creo que iban dos autos. Adolfo Palma iba en uno de ellos conduciendo. A mi lado iba un agente de Carabineros y otro oficial de Carabineros también. Nos dirigimos al Cajón del Maipo.

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