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Editorial

Las virtudes del gobernante y la candidatura deficitaria del ciudadano Piñera

por 24 marzo, 2017

Las virtudes del gobernante y la candidatura deficitaria del ciudadano Piñera

Todos los analistas sostienen que la próxima elección presidencial será ad hominem, es decir, un debate sobre candidatos y personalidades. La mayoría de ellos olvida que la vida de una República depende del funcionamiento sano de sus instituciones, que a todos igualan en derechos y deberes, y no solo del talante de quienes las dirigen tratando de mostrar mayor eficiencia o eficacia.

Es ese talante, con el cual los gobernantes exhiben sus acciones ante los ciudadanos, la impronta ética de su gestión, porque tal como lo expresan todos los filósofos políticos, desde Aristóteles hasta nuestros días, pasando por escolásticos como San Agustín, la ética de un gobernante se juzga por sus acciones y no por las intenciones ni lo que promete.

En relación con Sebastián Piñera y su discurso de lanzamiento de candidatura, esta consideración es esencial para apreciar el vacío ético en todo lo relacionado con sus negocios. En un discurso vacuo, lleno de invocaciones a Dios y de amenazas terrenales veladas, el candidato Piñera solo dedicó cincuenta y dos segundos –noventa palabras, incluidos artículos y conjunciones– para abordar lo más sensible y controvertido de su candidatura: la colisión de intereses y conflictos que generaría su enorme y diversificada fortuna frente al interés de la República y del Estado de Chile.

El ex Mandatario solo dijo, textualmente (minuto 19, 23”): “Con respecto a la administración de mi patrimonio, como candidato y si soy elegido Presidente, cumpliré estrictamente con la letra y el espíritu de la exigente ley que el Congreso acaba de aprobar. Y, además, no participaré en la administración ni gestión de ninguna empresa, y tomaré todas las medidas que sean necesarias, incluso yendo más allá de la Ley, para separar totalmente mi rol de Presidente y abandonar cualquier interés, por legítimo que sea, de carácter privado (min 20, 10” - min 21,13”). “Más adelante daré a conocer los caminos a seguir en esta materia” (min. 21,18”).

De las frases llenas de generalidades y vaguedades recién citadas, queda en evidencia que Sebastián Piñera no ha variado la postura que ya tuvo sobre este relevante tema hace 8 años, y ahora vuelve a realizar –en lo básico– la misma promesa que hizo a la ciudadanía en ese entonces y que evidentemente no cumplió (son de público conocimiento los múltiples antecedentes que permiten afirmar esto). Y nada indica que ahora sí la vaya a cumplir, cabalmente y sin “letra chica” ni pillerías ni medias verdades.

De las frases llenas de generalidades y vaguedades recién citadas, queda en evidencia que Sebastián Piñera no ha variado la postura que ya tuvo sobre este relevante tema hace 8 años, y ahora vuelve a realizar –en lo básico– la misma promesa que hizo a la ciudadanía en ese entonces y que evidentemente no cumplió (son de público conocimiento los múltiples antecedentes que permiten afirmar esto). Y nada indica que ahora sí la vaya a cumplir, cabalmente y sin “letra chica” ni pillerías ni medias verdades.

Al parecer, en el candidato Piñera la compulsión por el dinero y la manipulación es más fuerte que la ética de la responsabilidad. Ni siquiera hizo mención a qué hará con sus inversiones en países limítrofes, tema muy delicado si vuelve a ser Presidente de la República.

Todo indica que solo de manera declarativa parte relevante de las elites políticas están de acuerdo en que el país vive una crisis de anomia y legitimidad institucional, pues siguen escuchando y/o apoyando las promesas ligeras de Piñera sobre el esencial tema en comento. La principal causa no sería la mala voluntad de unos contra otros, sino las formas corruptoras de la relación política y negocios, y la complacencia de esa elite frente a un poder económico que, sin control, llega a administrar el poder político del Estado. Hasta ahí las cosas son preocupantes. Pero si, además, los mecanismos de control y balance se licúan y las instituciones pierden carácter frente a ese poder económico sin control, la democracia está en peligro y el dinero suplanta a ciudadanos.

Por su parte, el reproche de Sebastián Piñera al Ministerio Público está subido de tono, pues él es un ciudadano que se encuentra imputado o vinculado a causas de naturaleza criminal, y debiera, más que ningún otro –por la magistratura a la que aspira– comprometerse a la observancia de la Ley y someterse a la acción de la justicia. Las amenazas a sus adversarios y  detractores con calificativos como canallas y mentirosos, en un contexto nacional que describe como de corrupción, terrorismo y  delincuencia, borra cualquier intento de mostrarse dispuesto al diálogo y a formas no autoritarias o manipuladoras en la solución de los problemas.

Para la República de Chile hoy resulta más que relevante la dimensión ética que debe poseer la persona que se elija Presidente, pues será un elemento clave para superar los desafíos que tiene el país en su economía, su integración social y su sistema político.

Es una verdad histórica que la prudencia es una de las virtudes cardinales de todo gobernante, absolutamente necesaria para llevar a su nación al logro de sus objetivos de una manera sostenible en el tiempo. Asimismo, es necesario que el gobernante sea técnicamente apto, ya que el liderazgo que debe ejercer la cabeza de una República es una compleja ecuación entre confianza, obligación, compromiso, emoción y voluntad, entre otras cosas sobre el bien común y el desarrollo moral del Estado y sus ciudadanos. También de esa prudencia deviene la confianza ciudadana, elemento indispensable para la legitimidad del gobernante.

Por eso, cuando un  candidato trata de conseguir adhesión con efectos de auditorio y frases vacías, sin respetar la dignidad y la inteligencia de los ciudadanos, y sin rectificar sobre los gruesos errores propios cometidos, como los de Piñera con sus negocios y promesas de desligarse de ellos, estamos en presencia de un interés manipulador que a todos nos afecta y vulnera. Por lo tanto, es obligación de todos controlarlo, pues –como se dijo al principio– la ética política se juzga en los actos y no en las intenciones o promesas. Ahí descansa parte importante de la salud de la República y en ello se resuelven las virtudes del verdadero gobernante.

 

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