Corte de pelo por dos huevos y un plátano: la dura vida en Caracas - El Mostrador

martes, 22 de mayo de 2018 Actualizado a las 17:58

Corte de pelo por dos huevos y un plátano: la dura vida en Caracas

por 7 mayo, 2018

Corte de pelo por dos huevos y un plátano: la dura vida en Caracas
Un barbero en el campo corta pelo por yuca, plátanos o huevos. Los conductores de mototaxis lo llevarán a uno donde necesite ir por un cartón de cigarrillos. Los dueños de uno de mis restaurantes mexicanos favoritos ofrecen un plato de burritos, enchiladas, tamal y tacos a cambio de algunos paquetes de servilletas de papel. En un local de comida rápida cerca de mi oficina, el tipo que trabaja en la caja registro me dejó salir con un pedido de pollo, arroz y verduras sin pagar el otro día, confiando en mi promesa de volver con los 800.000 bolívares.

Nota del editor: hay pocos lugares tan caóticos o peligrosos como Venezuela. "Vida en Caracas" es una nueva serie de historias breves que busca capturar la calidad de vida surrealista en una tierra en total caos.

El otro día, hice un intercambio de una baguette por estacionamiento. Funcionó maravillosamente.

Tenía tiempo pero, como de costumbre, no tenía bolívares. El encargado del lote donde se recibe solo efectivo tenía algunos billetes pero no tenía posibilidad de dejar su puesto durante los fugaces momentos en que la panadería cercana ponía a la venta su pan favorito. El trato: me dejó salir de mi auto y volví con un pan extra, adquirido con mi tarjeta de débito. Me reembolsó, dándome cambio en billetes para mi conveniencia.

Así es como nos arreglamos en nuestra economía colapsada. Si alguien tiene muchas cosas de algo y muy poco de otras, se puede hacer un arreglo. He intercambiado harina de maíz por arroz con amigos de la escuela secundaria, huevos por aceite de cocina con mi cuñada. Los vendedores ambulantes también intercambian, por ejemplo, un kilo de azúcar como pago por uno de harina. Hay páginas de Facebook y grupos de chat dedicados a la capacidad de intercambio de todo, desde pasta de dientes hasta fórmula para bebés.

Un barbero en el campo corta pelo por yuca, plátanos o huevos. Los conductores de mototaxis lo llevarán a uno donde necesite ir por un cartón de cigarrillos. Los dueños de uno de mis restaurantes mexicanos favoritos ofrecen un plato de burritos, enchiladas, tamal y tacos a cambio de algunos paquetes de servilletas de papel. En un local de comida rápida cerca de mi oficina, el tipo que trabaja en la caja registro me dejó salir con un pedido de pollo, arroz y verduras sin pagar el otro día, confiando en mi promesa de volver con los 800.000 bolívares.

Actuar con ese tipo de confianza era algo inaudito hace solo unos años. La caridad también es algo nuevo. No crecí con las tradiciones de campañas de comida enlatada y voluntariado que son comunes en EE. UU. Ahora los padres de la escuela de mis hijos recogen ropa para quien lo necesite y los vecinos reúnen juguetes para un hospital infantil. Mi amiga Lidia, una abogada de derechos de propiedad, ofrece sopa casera a las personas sin hogar.

Me gusta pensar en todo esto como una noble expresión de solidaridad, como evidencia de la decencia de mis compañeros caraqueños en un momento de escasez de bienes básicos y explosiva inflación. Sé que en la mayoría de los casos la motivación es la necesidad, incluso la desesperación. Es así. La entrega de la baguette recién horneada al encargado del estacionamiento hizo que los dos nos sonriéramos, aunque solo sea por un segundo.

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