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CULTURA|OPINIÓN

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Espacio público: stickers, luces y democracia 

por 26 mayo, 2020

Espacio público: stickers, luces y democracia 
La democracia que transversalmente dicen defender todos los sectores político-partidistas implica más que el compromiso electoral que le exigen a la ciudadanía, implica generar espacios e instancias de diálogo, apertura a nuevas formas de manifestación ciudadana, y por el bien de la coexistencia dentro de una rica vida cultural, el reconocimiento y protección de las actividades artísticas e intervenciones urbanas.
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El espacio público es aquel en que la ciudadanía toma acción, comparte, manifiesta, se informa, opina, fiscaliza y debate sobre lo concerniente a lo público, es decir a lo que a nosotros como sociedad o “pueblo”, nos atañe a todos por igual, idea siempre en tensión con el espacio de lo privado, tanto en lo material como en lo simbólico. La progresiva reducción del espacio público como un lugar de participación común y representación de opiniones e ideas (más allá de la “representatividad” que ofrece el actual régimen democrático-liberal imperante), se ha visto reducido a tal punto que los únicos hablantes válidos en el espacio público urbano son la publicidad, el mercado y la actividad gubernamental, desplazando cualquier manifestación que no encaje dentro de esos límites comunicativos a una de dos posibles categorías: el vandalismo o el arte. Esto último ha quedado más que evidenciado las recientes semanas con la búsqueda legislativa de una nueva forma de tipificación delictivas queriendo añadir los “stickers” a la lista de daños a la infraestructura, para perseguir y castigar a quienes celebren la práctica de pegar afiches, “tallarines”, stickers o similares. 

Llama la atención la aparición de movimientos que buscan censurar a diferentes niveles las manifestaciones ciudadanas, como fue el caso hace unos meses atras del re pintado forzado de un recinto privado como el GAM. Este movimiento de censura ha tomado su forma más persistente intentando, por medio de focos y un camión (volvemos aquí sobre el tema del factor económico y la legitimidad en el espacio público) bloqueando las palabras proyectadas por el colectivo Delight Lab durante la noche del pasado martes 19 de mayo.

La justificación más obvia para esto es de carácter económica: el estado gasta una cantidad millonaria de dinero al año en reparar rayados y daños a la propiedad pública; una explicación que se ajusta a la medida de un juicio de valor que privilegia la idea de “minimizar los costos y maximizar los beneficios”. Bajo esta misma lógica, es propicio preguntarse ¿A quién o a quiénes beneficia una ciudad, una planificación urbana, un espacio público en definitiva, donde se omite, niega e incluso se pretende perseguir la representación y afirmación de la reflexión individual? Podríamos también tratar de argumentar aquí, apelando a una suerte de idiosincrático “sentido común”, que los espacios públicos deben ser limpios y neutros destinados así para un uso transicional y funcionalmente planificado (pensemos en los parques con juegos de acondicionamiento físico por ejemplo), bajo dicha lógica, tampoco deberíamos aceptar la publicidad comercial, la que muchas veces emergen como contaminación visual más que como escaparate de mercancías y servicios; publicidad ante la cual nos vemos bombardeados de antemano por los medios de comunicación y redes sociales ¡ah, pero ellos pagan para poner su publicidad allí! una objeción más que válida, si es que ingenuamente suponemos que toda publicidad es pagada por estar donde está; sin embargo eso nos deja con otra pregunta ¿La legitimidad de lo que se presenta en el espacio público está mediada por la cantidad de dinero que se invierte?, ¿la voz de los individuos tiene el alcance que le permiten sus bolsillos únicamente? 

A través de estas preguntas inevitablemente comenzamos a palpar los límites de nuestras posibilidades comunicativas en relación a la esfera pública. Sin embargo, si logramos trascender el enfoque mercantil y nos planteamos desde una óptica y escala de valores que privilegien el desarrollo y desenvolvimiento de las personas en sociedad, podemos empatizar y entender la importancia de estas manifestaciones para el diálogo ciudadano, la promoción de ideas, el debate y la construcción de cultura. Desde este enfoque somos capaces de entender la fuerza y potencialidades de las manifestaciones visuales en el espacio público y como estas ayudan a ensanchar nuestro conocimiento en el ámbito de lo sensible y lo visible; la democracia que transversalmente dicen defender todos los sectores político-partidistas implica más que el compromiso electoral que le exigen a la ciudadanía, implica generar espacios e instancias de diálogo, apertura a nuevas formas de manifestación ciudadana, y por el bien de la coexistencia dentro de una rica vida cultural, el reconocimiento y protección de las actividades artísticas e intervenciones urbanas. La apertura de espacios públicos para la participación de las manifestaciones e intervenciones ciudadanas puede, en el mejor de los casos, disminuir el gasto en reparaciones mencionado anteriormente y fortalecer la cohesión social. Democracia sin participación es como un teatro sin espectadores, donde se sigue escenificando una ficción que cada vez menos creen y aún menos personas prestan atención. 

Por otro lado, llama la atención la aparición de movimientos que buscan censurar a diferentes niveles las manifestaciones ciudadanas, como fue el caso hace unos meses atras del re pintado forzado de un recinto privado como el GAM. Este movimiento de censura ha tomado su forma más persistente intentando, por medio de focos y un camión (volvemos aquí sobre el tema del factor económico y la legitimidad en el espacio público) bloqueando las palabras proyectadas por el colectivo Delight Lab durante la noche del pasado martes 19 de mayo. Pudiese alguien también pensar ¡Pero lo que hace la gente que borra e interfiere con mensajes de igual manera es manifestarse en el espacio público! Si bien corresponde a una interacción en el espacio público no cabe, a mi entender, en la categoría de enunciación, pues no construye, ni interpela, simplemente niega. En la censura no hay palabras, solo negación. Hay quienes pudiesen afirmar por otro lado que existe una suerte de “Aprovechamiento político” por parte de quienes proyectan frases en espacios públicos. Seamos ecuánimes, la idea de un “aprovechamiento”, entendiendo este como “La obtención de un beneficio personal”, es más que lejana a la luz de los amedrentamientos que el colectivo ha denunciado sufrir; ahora, sobre lo de político ¡por su puesto! todo arte es político en el sentido que permite la emergencia de nuevas significaciones, nuevas maneras de entender y observar, solo que en este caso el escenario no es la conocida caja blanca del espacio expositivo, donde muchas veces el arte hace simplemente eco de sí mismo, si no la polis donde se ejerce y transcurre la política. La fricción que se produce cuando el espacio del arte se expande abarcando lo público lleva, en algunos casos, a un reduccionismo político-partidista que más que denunciar ocultas intenciones deja entrever los miedos ideológicos de cada quien. Si se pretende transitar esta crisis socio-sanitaria por un camino que integre y que nos lleve de cara al próximo plebiscito dentro de un consenso de reflexión, debate y empatía para re articular y reafirmar las confianzas sociales, es un imperativo dar apertura a la pluralidad de lenguas en el espacio común para afirmar la soberanía de lo público sobre su espacio.

Sebastián Ábrigo. Magister en Arte, mención Artes Visuales| Productor Visual

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