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Esperando marzo

por 21 febrero, 2020

Esperando marzo
en la crisis institucional del país existen primeros actores por los papeles que les incumben o por las actitudes que personalmente adoptan. Primer y notorio rol lo tiene el Presidente de la República cuya  pérdida de autoridad y confianza es uno de los problemas más delicados que enfrenta el país. Un presidencialismo extremo como el de nuestro régimen político, no funciona si tiene un Presidente sin gestión ni incidencia en la realidad del país. Lo suyo no es un tema de popularidad o adhesión ciudadana, sino de la débil convicción que reina en todos los círculos de opinión, de que sea capaz de ejercer con adecuado criterio republicano su mandato.
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Lo más complejo de la coyuntura social y política no es la primacía de una violencia contumaz en pequeños grupos de la población que protesta, ni  su audacia para transformar el paisaje urbano del país en ciudades de latones. Lo preocupante es la demolición y ausencia de toda noción de autoridad en el ámbito político,  y la inexistencia de un poder institucional gravitante que traiga a tierra ese globo en que se mece la clase política, flotando en el aire sin ser capaz de hacer pie en la realidad. Todos por igual.

Por cierto, en la crisis institucional del país existen primeros actores por los papeles que les incumben o por las actitudes que personalmente adoptan.

Primer y notorio rol lo tiene el Presidente de la República cuya  pérdida de autoridad y confianza es uno de los problemas más delicados que enfrenta el país. Un presidencialismo extremo como el de nuestro régimen político, no funciona si tiene un Presidente sin gestión ni incidencia en la realidad del país.

Lo suyo no es un tema de popularidad o adhesión ciudadana, sino de la débil convicción que reina en todos los círculos de opinión, de que sea capaz de ejercer con adecuado criterio republicano su mandato. Que pueda sustraerse a sus impulsos y retóricas espontáneas, y medir los esfuerzos gubernativos en que se empeñe, acortando la agenda gubernamental a lo indispensable, y abocarse a una tarea de estabilidad que requiere de su impulso, pero que le exige operar desde la sombra, sin micrófonos, cámaras de TV o visitas sorpresa para ganar menciones en la prensa.

Tal vez lo más importante es que su equipo gubernamental se muestre coherente; que los pocos apoyos reales que puede exhibir estén cómodos con su presencia y no agradecidos como pretende cada vez que los convoca, y  que las FF.AA y de Orden evidencien que están efectivamente en la lógica institucional y no en el recelo frente al mando civil. Es verdad que poco ayuda la falta de experiencia y de eficiencia del mando civil, pero estamos en un momento clave del desarrollo de la democracia en el país, y al menos los encargados civiles debieran expresar su responsabilidad tomando medidas que eviten escándalos innecesarios  o situaciones de descontrol en las instituciones de la Defensa. El país requiere de ellas y, más allá de la prudencia operativa que exhibieron en las jornadas de octubre del año pasado, les pide derechamente  que generen la certidumbre  de que trabajan para mejorar su formación inicial pues, sin ánimo de justificar absolutamente ningún acto de provocación o violencia civil frente a ellas o frente al país, resultó evidente que producido el roce de control y represión con la ciudadanía en octubre pasado, se cometió vejaciones contra civiles y se violaron los derechos humanos. 

En política contingente, la percepción es que el gobierno, o al menos parte de él, trabaja de manera subrepticia para que no se superen los climas anormales que permitirían la realización pacífica y normal del plebiscito sobre la Nueva Constitución en abril próximo.

Es verdad que la oposición institucional no ha sido atinada para entender que la normalidad es esencial para que el plebiscito imante la voluntad del país y las cosas vayan por un camino institucional que tiene fechas y puntos de salida perfectamente claros. La oposición, que plantea tener la representación de una mayoría del país que desea el cambio constitucional debe ser categórica en volcarse a la ciudadanía para revalidar su representación política y ayudar a controlar la violencia detestable de los grupos anarcos y la delincuencia organizada.

En la tarea de la estabilidad y la normalidad institucional el Presidente tiene la opción de ser un actor de segunda línea, ordenando y permitiendo que las instituciones funcionen, o un activador de la primera línea, si encubierta o abiertamente demuestra ser partidario del rechazo. Más que nunca el país requiere de él principios e imparcialidad. Si efectivamente lo logra, es posible que la percepción sobre su persona mejore, pero ese no puede ser su target. Simplemente debe actuar para que las cosas salgan bien.

En este drama nacional, el Ministerio Público, más específicamente el Fiscal Nacional Jorge Abbott y el fiscal de la VI Región Emiliano Arias, ganan el palmarés. Porque definitivamente, entre ambos, van sencillamente a hundir toda la credibilidad de uno de los principales organismos del sector justicia del Estado. Discrecionalidad, confabulaciones para dañar a otro, favores a terceros –políticos o parientes-, omisión, posiblemente dolosa, de actuar. El Ministerio Público, gracias a estos dos fiscales, que están en el top ten del servicio, tiene hoy cero credibilidad y cero autoridad.

Puede que marzo no traiga tantos y tan peores presagios como los que se espera ocurran. El problema es que al parecer nadie trabaja mucho para que no ocurran y, de no concretarse, el globo seguirá dando vueltas en el aire hasta que alguien lo pinche.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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