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Fidel ha muerto y el mito de la posverdad

por 14 diciembre, 2016

Fidel ha muerto y el mito de la posverdad
No podemos hablar de “posverdad” como si alguna vez hubiésemos conocido la verdad. Siempre hemos estado, en nuestra vida personal y en la vida ciudadana, en la “preverdad”, en la Caverna de nuestra mente donde las emociones y sus modulaciones dominan sobre nuestro análisis lógico del mundo. Hay una visión que se hace cada vez más común, que nos hace conscientes de que la construcción de la realidad que hemos hecho se cae a pedazos y amenaza la vida misma.
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La muerte de Fidel ha hecho aflorar una vez más discursos radicalmente antagónicos respecto a su figura y su papel histórico.

Desde una izquierda conservadora, estatista y doctrinaria, Fidel es casi un mesías latinoamericano, un líder descomunal que se atrevió a enfrentar al imperio más poderoso del mundo con una dignidad heroica, un líder que hizo, de un país pequeño y pobre como Cuba, un escudo de dignidad ante el estrangulamiento económico del imperio y aún así conseguir logros sociales impresionantes en educación y salud, que son reconocidos por todo el mundo. Con una educación depurada de los males del capitalismo y una gestión centralizada controlando todo y promoviendo la igualdad socialista en la isla.

Todo lo negativo que se dice de la Revolución cubana proviene de medios de comunicación sesgados debido a los intereses de clase de sus dueños, que son los mismos dueños del capital y del poder político económico de sus sociedades. Esos medios están al servicio del imperio y tienen como misión desinformar acerca de la realidad y dominar las mentes a través de mentiras e infinitas distracciones. Los medios tienen como misión “perfeccionar la ignorancia” y así domesticar y dominar a las masas. Pensamos de acuerdo a la construcción mediática de la realidad que hacen los medios interesados en manipular nuestras mentes imponiendo sus temas y conclusiones. A pesar de todo su poder mediático, el imperio y los poderosos de América no pudieron con Fidel.

Si a Fidel se lo confronta con Pinochet, aparecen las distinciones retóricas que excusan el mal en nombre del bien. Uno hizo algo de mal, pero históricamente necesario y justificado, por necesidad de un gran fin, un fin superior: la construcción del Socialismo y del Hombre Nuevo. El otro solo es un criminal que perseguía su riqueza personal y la de sus auspiciadores.

Todo eso me suena y me resuena coherente, lógico.

Por su parte, ciertos sectores de derecha y de centro consideran que con Fidel se muere el último gran dictador del siglo XX, un tirano que sometió a su pueblo a la miseria, al hambre y la desesperación que hizo lanzarse al mar a miles de familias, arriesgando todo para salir de su miseria. Dicen que Cuba en tiempos de Batista era económicamente mejor que el resto –salvo la Argentina de entonces– de los países latinoamericanos. Que Cuba tiene sus logros, no gracias a la genialidad de Fidel sino por la intervención soviética, que la trasformó en su parásito. Fue Rusia la que artificialmente hizo de la Revolución cubana un modelo de éxito como propaganda socialista, mientras en su propio hogar los rusos se esclavizaban para solventar los gastos de la Revolución y la Guerra Fría. Pero sin URSS Cuba se vio enfrentada a su más cruda realidad, donde hasta los perros fueron servidos en la cocina popular.

Forma parte de la propaganda comunista el éxito en educación y salud de Cuba, pero los médicos y profesionales que genera no tienen calidad de vida en la sociedad socialista, trabajando como sirvientes de los turistas y huyen de la isla, perdiendo sus casas y la posibilidad de volver a visitar a sus familiares, mientras dure el gobierno revolucionario. Y prefieren perder su historia cubana y comenzar a vivir en libertad fuera de su tierra amada.

Dicen que Fidel se aferró al poder, no como Pinochet, que supo entregar un país con crecimiento económico y con un creciente y rápido bienestar social expandiéndose junto a la liberalización del mercado y la protección de la democracia mediante una Constitución garantizadora del orden. La intervención de Pinochet en el golpe de Estado fue una necesidad histórica para salvar a Chile de caer en una dictadura de corte comunista como la de Castro o la soviética. Dictaduras que empobrecen y esclavizan a sus pueblos.

En Chile la izquierda radicalizada en el MIR y en el PS, más otros grupos revolucionarios, preparaban las condiciones para asaltar el poder mediante el pueblo armado y lo habían hecho explícito en sus actos y alocuciones. O se golpeaba o se iba directo a una guerra civil. Los excesos cometidos eran una necesidad histórica con un fin superior: recuperar la democracia y lograr el progreso económico del país, ambas cosas que se cumplieron.

Esto también suena lógico y coherente. ¿Cuál es la verdadera percepción de los hechos? ¿Quiénes dicen “la Verdad”? ¿Es una más sincera que la otra?

Las dictaduras propias son buenas, porque el fin es bueno, mientras las otras son las malas, porque su fin es malo. El fin justifica los medios, ya se sabe. Ese es el axioma de la política. Seleccionamos los datos de acuerdo a nuestras experiencias interpretadas bajo el peso de las emociones y optamos sesgadamente por una u otra. Una parece más razonable que otra de acuerdo a las limitaciones de nuestra subjetividad y los filtros culturales, emocionales y neurológicos, finalmente, que definen nuestra manera de entender y participar políticamente del mundo. Muchos han comenzado a hablar de la posverdad como si alguna vez hubiésemos vivido a partir de la verdad.

Difícil desentrañar la sinceridad de las opiniones, los cambios radicales en muchos modos de ser y en los discursos de distintos personajes: comunistas que se hacen derechistas y derechistas que se hacen revolucionarios, aunque más escasamente estos últimos, no pueden ser deducidos explicativamente como traiciones o evoluciones. Tal vez se trate de involuciones.

Gente que cree y que deja de creer, o que hacen transitar sus creencias entre polos antagónicos, no se explican únicamente como gente inconsecuente, sin convicciones o que son sinvergüenzas psicopáticos que ocupan cualquier discurso que les de dinero y poder. Hay mucha gente honesta que cambia de opiniones, a veces severamente, producto de nuevas creencias que reemplazan a las anteriores con la sensación subjetiva de corrección y honestidad. Si no podemos saber la Verdad, ¿cómo podemos saber si ha llegado la hora de la posverdad?

Y si dicho concepto se reduce a estimar que las emociones priman sobre los datos de la realidad, la que es manipulada inventando noticias y hechos que fermenten en nuestras cabezas, entonces a falta de este concepto habría que decir que siempre hemos estado alienados y que las informaciones sociales son falsedades que se pretenden imponer como mecanismo de control y propaganda desde hace décadas. Siempre han sido las emociones nuestras guías. Nunca nos ha guiado la verdad, porque no podemos saber qué es la verdad.

¿Qué es lo que infiero desde mi subjetividad?:

Cierta izquierda tradicional excusa todos los atropellos a la dignidad humana que han cometido dictaduras que han operado con un discurso basado en la terminología de Marx, Lenin y otros escolásticos, por decirlo así, en referencia a los seguidores e intérpretes de la realidad, o de lo que percibimos como realidad, dentro de los marcos interpretativos de uno o algunos pensadores axiales. En el caso de la izquierda moderna las ideas de Marx, Engels, Lenin y otros a través de estos tres grandes pensadores y hombres de acción, describen la realidad social a partir de una matriz conceptual que los provee de una epistemología y lógica que la transforma en un pensamiento capaz de deducir las causas y los entretelones de la realidad social con bastante coherencia y profundidad, así como también provee los insumos suficientes para operar políticamente en la sociedad.

Entiendo el marxismo como una teoría interpretativa de la historia y la sociedad de corte materialista, es decir, que considera al ser humano ya no en su espiritualidad, sino como un ser de carne y hueso cuya esencia es el trabajo, la transformación de la naturaleza mediante su labor productiva y creadora, creando riqueza y valor, generando de ese modo la cultura y las estructuras sociales, estructuras que dividen la riqueza y el poder entre sus miembros, de acuerdo a la división del trabajo, generando a su vez los conflictos sociales, luchas de clases, que se materializan históricamente en guerras y revoluciones.

Tanto Marx como Engels pensaron que sus teorías eran una ciencia, no una ideología más, donde también situamos a gran parte de la filosofía. Sin embargo, a pesar de su pretensión científica, sus seguidores han solido caer en la religiosidad y sus estructuras arcaicas para progresar operativamente: libros sagrados, santos, templos, mártires, ritos, dogmas, sacrificios, escatología, papel mesiánico de los justos, los explotados y abusados del mundo. Una teoría científica y contrastable que, merced al apostolado y ejemplo de personajes justos y heroicos –sublimados por la literatura propagandística, propia de los credos–, se va transformando en un credo más, en una religión donde Dios es suplantado por el Estado-Partido hegemonizado por los sumos sacerdotes u hombres de conocimiento superior de las ideas motoras.

Estructuralmente hay similitudes innegables –el mesianismo judío, según algunos– entre Cristianismo y Comunismo. No estamos hablando de las posibilidades de verdad del marxismo clásico –el marxismo-leninismo, tan reclamado por adversarios como Trotski y Stalin– sino cómo se ha desarrollado en su praxis histórica: gobiernos autoritarios, vigilantes absolutos del pensamiento y las conductas de sus pueblos, estados policiacos cultores de un relato único –el verdadero, fruto de la reflexión colectiva del partido– donde el Líder ocupa el corazón del relato, llevando obligatoria y condicionadamente a las masas, a través de los órganos propagandísticos y educativos del partido-Estado, al culto a la personalidad que hace derivar el poder hacia El Padre en desmedro de la distribución del poder entre la familia, que es lo que de fondo dicta la original doctrina revolucionaria. Paternalismo revolucionario y terror. Así las revoluciones que triunfan terminan siempre con Napoleón como emperador autocoronado.

Es que el objetivo no se ha cumplido, así que es necesario mantenerse como sea en el poder hasta lograr que los objetivos de la revolución se cumplan aun a costa de sacrificar mediante “períodos especiales” las necesidades de comida y libertad de los pueblos: hay una meta superior que exige el sacrificio de las masas en beneficio del bienestar de sus hijos y nietos. Aún así, las dictaduras, de cualquier signo, por lo general tienen sus positividades: orden social –aunque se logre a través del miedo y el terror–, desarrollo económico –aunque se logre a través del robo de la riqueza que produce el trabajo colectivo–, alto nivel de cohesión social –aunque se logre a través del control de los órganos de difusión, TV, radio, prensa escrita, educación dirigida y controlada, uniformización mental conteniendo el pensamiento “verdadero”, suprimiendo libertades fundamentales–.

“No soy marxista”, dijo Marx, consciente de que sus ideas corrían el peligro de cristalizar en una matriz cerrada y autovalidante, alienada del pensamiento crítico y del afán de conocimiento objetivo de la realidad. Pero la subjetividad, ya lo sabemos, es inseparable del observador. Einstein decía que la Teoría determinaba lo que se observaba. Toda experiencia y relato pasa por filtros inconscientes que solo nos permiten construir en la mente “un” enfoque, “una” perspectiva detrás de los lentes de la cultura, los limitados sentidos que poseemos y nuestros propios procesos cerebrales, una mónada, una singularidad sentipensante en diversas modulaciones, incapaz de conocer la realidad en sí.

Ser comunista es muy parecido a ser católico o mormón, en términos emotivos, por un lado, y, por otro, es llevar tras de sí 100 años de experiencia en la lucha y ejercicio del poder. Y en las luchas por el poder en un siglo XX que pasó bulliciosamente y que los ha sorprendido con sus cambios económicos y culturales hasta llegar a transformarlos en secta, se ha ido perdiendo la coherencia entre el ser y el hacer, entre la teoría y la praxis, fundiéndose los marxianos en el sistema y captando pequeñas concesiones en espacios limitados de poder, permaneciendo más bien como símbolos de un pasado más romántico y heroico que este presente burgués. Así, en la ambigüedad total, comienzan a desaparecer, mientras mantienen el discurso tradicional pero se sientan en la mesa del poder y viven indistinguiblemente de los otros miembros de la burocracia gobernante en pseudodemocracias, hasta desaparecer casi por completo merced a su propia incoherencia, como ya pasó en Europa y pronto pasará en Chile.

Por otro lado, la derecha, hablo de Chile, nunca ha sido desbordante en generar poetas, filósofos o grandes teóricos políticos o sociales. Pragmática, ejecutiva, endogámica y elitista, no ha necesitado profundidad intelectual para gobernar y dominar finalmente, tanto en Chile como en el resto del  mundo, ya sea a través de dictaduras fascistas, gobiernos elegidos por votación popular o, si no, y lo que resulta más efectivo, corrompiendo políticos, partidos completos en sus jerarquías, y así gobernando desde detrás del sillón, comprando leyes, haciendo leyes a su medida, sobornando autoridades a través de favores millonarios.

La trenza entre poder económico y poder político es tal, que sus intereses son similares, salvo para un grupo que grita su oposición al sistema y simboliza testimonialmente su debilidad y resistencia desarmada al sistema. Y ahí mi subjetividad me dice que Marx tiene razón, que la infraestructura económica sostiene todo el aparataje cultural, intelectual, legal, moral y emocional de la sociedad que defiende alienadamente su propia opresión. Y este grupo dominante y controlador promueve un tipo de sociedad segregada, diferenciada y separada estatutariamente de acuerdo a su situación económico-cultural. No a la integración, no a la distribución de los bienes económicos, eso es populismo y demagogia, no a la liberalización de las costumbres, pues la moral debe cuidarse a sí misma en la familia tradicional y sus estereotipos clásicos.

Siempre cuidar las apariencias. El éxito está en proyectarse exitoso. Todo es un bien de consumo, todo es negocio, la salud, la educación, la inmigración, el agua, el aire, el mar, la religión, la política, todo es negocio. El marxismo y sus apóstoles, en cierto circuito, también son un negocio. Muy pronto las poleras de Fidel se venderán muy bien para cierto segmento que le gusta visitar las ferias de artesanía local, no cabe duda. La derecha no necesita de grandes pensadores, son hombres de negocios que hacen del interés personal o el de su segmento la única matriz para pensar. Si dejaran de hacerlo, se pasarían inmediatamente a la izquierda. Sus ideas son liberales en lo económico, darwinistas sociales, y católicas tradicionalistas en lo moral. La moral cristiana, eso sí, tiene que ver mucho más con el sexo que con las relaciones con sus subalternos. Su labor intelectual y cultural consiste en convencer a la sociedad de que sus propios intereses son lo mejor para todos, que sus intereses son una garantía para el orden, la seguridad laboral y el progreso social. Y si no se los puede convencer, entonces circo, farándula, fútbol, evasión, ilusión de felicidad para esconder la profunda alienación.

La palabra del año es “posverdad”, lo que sugiere: 1) hay una Verdad; y 2) en algún momento estuvo con nosotros y ahora ya no. Como veremos, ambas aseveraciones son muy dudosas, si es que verdad, como se entiende desde la lógica clásica, es la correspondencia entre el enunciado y el hecho y, en tal caso, como decía el primer Wittgenstein, solo las proposiciones o enunciados de la ciencia pueden calificar dentro de lo que se puede hablar con afán de verdadero conocimiento. Pero, a su vez, las proposiciones de la ciencia se dicen desde un ‘paradigma’ que les da validez y sentido.

Cambia el paradigma, la matriz de ideas, conceptos, supuestos y métodos propios de validación, para que la “verdad” científica cambie. Y cuando se trata de Filosofía, Metafísica, Moral, Psicología y Política, la verdad parece un concepto líquido, hasta gaseoso, pues adquiere múltiples formas dependiendo de la matriz ideológica o los intereses de distinto tipo que se defiendan o las creencias que se amen. En esta área de conocimientos que trascienden la capacidad de llegar a los consensos que presentan las ciencias físicas, la verdad depende de interpretaciones teñidas de emociones y sesgos presentados en distintos “juegos lingüísticos” que parecen autovalidarse con independencia de la recopilación de los datos empíricos, los que finalmente  se ajustan de acuerdo a la matriz desde la que se elaboran las proposiciones.

Einstein lo afirmaba: la Teoría determina lo que será observado. Heisenberg decía finalmente que era el observador el principio de incertidumbre, el que definía lo que mediría la observación. Nuestro Humberto Maturana ha elaborado una consistente teoría donde da cuenta de nuestra imposibilidad de percibir objetivamente la realidad, cosa que ya habían decretado hace cientos de años algunos sofistas como Gorgias y Protágoras y, más al Oriente, Siddharta Gautama, el Buda, quien calificó nuestra percepción sensorial como “Sunyata”, que suele traducirse como ‘Vacío’, ese vacío que la mente llena desde su claridad u oscuridad de acuerdo a su nivel de evolución. Nietzsche lo vio desde su óptica dionisiaca: si estamos condenados a vivir en la mentira, dentro de la caverna, la caverna de las Ideas, la caverna de nuestra matriz epistemológica y lingüística, inventemos una verdad que nos haga felices y más fuertes. Una verdad embriagadora que nos haga bailar durante la tragedia de la vida humana.

Las dictaduras propias son buenas, porque el fin es bueno, mientras las otras son las malas, porque su fin es malo. El fin justifica los medios, ya se sabe. Ese es el axioma de la política. Seleccionamos los datos de acuerdo a nuestras experiencias interpretadas bajo el peso de las emociones y optamos sesgadamente por una u otra. Una parece más razonable que otra de acuerdo a las limitaciones de nuestra subjetividad y los filtros culturales, emocionales y neurológicos, finalmente, que definen nuestra manera de entender y participar políticamente del mundo.

Muchos han comenzado a hablar de la posverdad como si alguna vez hubiésemos vivido a partir de la verdad. No sabemos qué decimos cuando decimos “verdad”. Los antiguos griegos comenzaron la tarea de averiguar dónde y cómo encontramos la verdad y dieron geniales respuestas que se fueron desarrollando históricamente hasta llegar a la conclusión de que no existe una tal verdad aparte de nuestras construcciones mentales, que buscan satisfacer nuestro mundo emocional en vez de encontrar la verdad. No podemos hablar de “posverdad” como si alguna vez hubiésemos conocido la verdad. Siempre hemos estado, en nuestra vida personal y en la vida ciudadana, en la “preverdad”, en la Caverna de nuestra mente donde las emociones y sus modulaciones dominan sobre nuestro análisis lógico del mundo.

Hay una visión que se hace cada vez más común, que nos hace conscientes de que la construcción de la realidad que hemos hecho se cae a pedazos y amenaza la vida misma. Hay que repensar un modelo que, si bien no nos permitirá llegar a la verdad, busque trascender la subjetividad a través de la empatía y la consideración por otros relatos que “debemos” estimar como sinceros. Si la desconfianza reinante y tan justificada por la masificación de mentiras no da paso a una actitud de entendimiento pragmático, es nuestro destino el que se juega: hoy por hoy se trata de seguir habitando la Tierra. Si no se abre la mente a la aceptación de la ‘preverdad’, nos encontraremos una y otra vez con un destino similar a la lucha política del siglo XX: guerras, campos de concentración, destrucción armada de la Tierra y sobreexplotación de sus recursos, estimando solo los intereses de una parte de la sociedad y del mundo para operar en el mundo. Como si ellos no dependieran del destino del mundo.

Para comenzar, lo primero sería la humildad de reconocer que vivimos en la parcialidad absoluta de nuestro punto de vista y que, si abandonamos la ceguera psicológica que nos determina a pensar que nuestro punto de vista es privilegiado y que percibo de un modo más exacto el mundo, recién podemos mirar con más respeto la percepción del otro. El Escuchar como acto superior del entendimiento humano. “Escuchando no a mí, sino al Logos, Sabio es reconocer que Todo es Uno”, nos advierte Heráclito en el comienzo del pensar. Tal vez esa sea la gran tarea del mundo actual: aprender a Escuchar, no solo al que percibe el mundo estableciendo distinciones que a mí no me hacen sentido en lo inmediato, sino también escuchando el lamento profundo del mar y del aire y de toda la Tierra, que sufren por nuestro modo de desperdiciar los dones y riquezas materiales y espirituales que se nos han ofrecido.

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